Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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Gatos en el tejado

 

Sarito

Talismán, mi gata imaginaria, paseaba por las planchas del tejado de los vecinos, sigilosa, al acecho, escondiendo el cuello tras la bola de pelaje que cubre su gran cuerpo mientras a la derecha, entre otras planchas de otra casa vecina, un gato plomo, no de pelaje sino de suciedad, caminaba distraído olisqueando las esquinas.
Hacía horas que Sarito se había marchado por la misma puerta que, a pesar de mi advertencia, siempre dejaban abierta las alumnas y empezada la clase no había posibilidad de abrir nuevamente hasta que el sonido de los cuencos la diera por finalizada, aproximadamente una hora después.
En mi afán de gata maternal y protectora le escuché arañar la puerta de aluminio que separa la sala del más pequeño de los patios, también oí como golpeaba con su patita la puerta de madera que da acceso a otro patio algo mayor, finalmente mi guía auditivo, que no instinto, me llevó hasta el piso superior donde lejos de hallar a mi gato encontré a los nombrados con anterioridad, ignorando la primera mi visión en la ventana, y sin dignarse siquiera a mirarme el segundo.
Soltar, no aferrarse, libertad, amar sin apegos… Entiendo todos y cada uno de estos conceptos pero el temor me impide relajarme cada vez que éste gato, alocado y jaranero, sale de paseo por el barrio. Y me asomo a la ventana buscando su pelaje canela en el jardín de los vecinos, y le llamo con la misma voz ñoña que usamos al hablar a los niños pequeños (¿cariño o estupidez?), y viene casi siempre y cuando no lo hace aguardo su salto al interior y corro a cerrar rascando de seguido su barriga blanca mientras él mordisquea suavemente y lame mi mano, besos que se hacen perdonar la intranquilidad que su ausencia me ocasiona.

Dolores Leis Parra

 

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Hoy

Me siento bien, sonrío, es increíble como un pequeño logro me hace pasar de la preocupación a la euforia.
Paseo por Santiago, bajo por Estado en dirección a la Alameda, casi llegando descubro el Burger King donde un año antes hice una entrevista de trabajo, ¿porqué no? me digo, mi día bien merece un capricho. Elijo cuidadosamente, no quiero tomate, lechuga ni ninguna de las otras mariconadas que pretenden convertir la comida basura en algo saludable, sólo carne (doble), bacón y queso acompañado de mucho ketchup y mostaza.
La misma mujer que aquel día me permitió acceder a las oficinas me saluda sonriente mientras me pregunta si quiero subir al piso superior, creo ver en ese gesto que me ha reconocido, pero, quién sabe.
Me siento junto a la ventana, abro el envoltorio, saco el móvil y entre bocado y bocado me doy cuenta de que en lugar de saborear ese momento tan especial me dedico a mirar como un autómata el facebook. Apago. Me quito las gafas. Muerdo con deleite la carne jugosa que chorrea entre el tierno pan hasta mi mano, sorbo (casi rayando la mala educación) de la pajita que corona mi bebida y mientras observo la calle, y a sus transeúntes, me pongo a idear este relato. Al terminar el almuerzo bajo las escaleras, la misma mujer que me recibió se despide con un guiño, no me cabe duda, me ha reconocido.
Satisfecha, feliz, humana, recorro los pocos metros que me separan del metro.
Sonriendo, sonriendo, sonriendo…

Dolores Leis Parra

Fantasmas

fantasmas

Hay un gato en la escalera, tal vez un pariente lejano de aquél que se subía a mi regazo y pasaba acurrucado en él tantos minutos que llegaban a ser horas si no me movía del lugar.

Sarito (ostentaba dicho nombre en honor a su madre) era grande, atigrado en tonos canela, y un día desapareció. No era callejero pero le gustaba trastear en los tejados, casi siempre llegaba a casa con arañazos en el rostro, imaginábamos que eran heridas de guerra por conquistar el amor de su dama. Si regresaba de noche entraba por el entretecho y se acomodaba en el sofá o sobre el cojín rojo de tu silla para dormir hasta que alguno de nosotros le despertaba con caricias. Sin embargo, si el regreso coincidía con los rayos del sol maullaba para que le abriéramos la puerta y le dábamos comida. Adoraba el pollo, era un placer verle dar rienda suelta a la gula cuando le dejábamos los huesos mal arrebañados, para que tuvieran su pedacito de carne.

Podía pasar fuera dos o tres días pero cuando contamos el cuarto y el quinto sin aparecer, la preocupación de que le hubiera pasado algo empezó a invadirnos.

¡Cuánta razón!

Sarito no volvió. A veces le imagino en lo alto de la tapia que divide los patios, tan real que puedo escuchar su maullido, es entonces cuando recuerdo que yo, al igual que él, ya no habito aquella casa, que sólo soy un fantasma en permanente espera.

Dolores Leis Parra

Jazz

Ben Webster

Ben Webster

Entre cerveza y maní confitado me transportas al sótano del jazz. Nada tan puro y vibrante como amarnos al ritmo de esa melodía que inmortaliza el saxo de Ben Webster.

Dolores Leis Parra

Revelación

Boda espiritual

Cada vez que le preguntaba: ¿Qué somos?, no sabía muy bien que responder. Eran pareja, amigos, amantes…
Tardó en entender la verdadera naturaleza de su relación, eran eso y mucho más. Él lo había manifestado en varías ocasiones; eran la comunión del cuerpo y el alma, dos personas simples que conforman un todo.
Feliz por la revelación quiso gritarlo al mundo:
Tú eres mi esposo -escribió- y Yo soy tu mujer. Siempre.

Dolores Leis Parra

Contigo

CHIMENEA (1)

Bajo las mantas
un mundo de fantasía
donde no cabe el invierno.

Dolores Leis Parra

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