Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Archivar para el mes “febrero, 2013”

Cuéntame un cuento

Erase una vez una mujer que durante muchos años se había sentido como la hermanastra de Cenicienta; esa persona más o menos agraciada que en apariencia lo tiene todo, pero lo cierto es que al final ve como le birlan el príncipe delante de sus narices…

Es evidente que se trata de una metáfora, cuando hablo de tenerlo todo me refiero a todo lo que materialmente se puede adquirir  y por supuesto el príncipe, es ese sueño que todos tenemos desde la más tierna infancia y que aún estando a nuestro alcance, nos negamos a cumplir.

Desde niña he soñado con ser escritora, a ser posible famosa y si encima puedo vivir de la literatura mejor que mejor. He emborronado papeles desde que aprendí a coger el lapicero, he terminado novelitas, noveluchas y novelas, imaginaros años y años llenando cuadernos; pero siempre he temido exponerlos a la opinión de los demás. Los que seguís fielmente mis relatos conocéis parte de mi historia, los que leéis por primera vez algo escrito por mí, os remito, si lo tenéis a bien, a relatos anteriores a este; en cualquier caso, unos y otros, entenderéis lo que trato de explicar, pues no conozco persona que pueda asegurar que ha cumplido todos y cada uno de sus sueños.

Sé que el miedo ha movido mis actos durante este tiempo, miedo a fracasar, a no poder, al que dirán. El miedo hace que te acomodes, que eches la persiana de tu cerebro para no ver más allá de lo que tienes dentro, olvidando que si quieres tu mente puede alcanzar mucho más. Primero soñar, luego conseguir, aunque no puedes evitar que entremedias se genere una lucha en la que el vencedor no siempre está claro. En algunos momentos me he preguntado por qué la hermanastra de Cenicienta no peleó por el amor del príncipe, no intentó convencerlo de que podía hacerle feliz, que no todo se basa en la hermosura, que el físico se marchita, que ella era inteligente, apasionada y tan soñadora como la que más, solamente necesitaba que alguien la rescatara de la nociva influencia de su madre.

Si me permitís volver al inicio de esta historia os diré que el final del cuento hubiera sido diferente si el autor se hubiera atrevido a desafiar los cánones establecidos, permitiendo comer perdices al personaje que ya desde el principio nos describe como feo, egoísta y envidioso, algo que nos lleva a pensar que la hermanastra partía con desventaja, que nunca le permitieron enfrentarse en igualdad de condiciones a la protagonista del cuento.

Hay que soñar señores, y hay que luchar por los sueños. Hay que tener los pies en el suelo y la cabeza en las nubes. Hay que dar el primer paso y confiar que el camino elegido sea el correcto y a ser posible el más corto, pero lo más importante es no quedarse con la frustración de no haberlo intentado.

Porque no vamos a engañarnos, las hermanastras son mucho más numerosas que las Cenicientas y contrariamente a lo que nos tratan de vender, también sus historias tienen un final feliz.

Dolores Leis Parra

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Y todo por un saco de harina

Angustias y Petra se encontraron como todos los días por casualidad, cuando la primera pasaba por delante de la puerta de la segunda, y ésta, como hacía diariamente a esa misma hora, salía con la bolsa de rafia y el monedero bajo el brazo camino del pan. Angustias que también iba a la panadería hizo un comentario sobre el frío que llevaba días asentado en el pueblo, dijo haber tenido que sacar el grueso abrigo de paño que no había vuelto a usar desde el luto de su adorado Manuel, que Dios tuviera en su gloria; mientras que en su mirada podía leerse el reproche hacía la bata guateada y la toquilla de lana que usaba su vecina para cubrirse aquel frío mes de enero y que utilizaba día sí y día también a pesar de las indirectas que ella, Angustias, modelo de elegancia, le lanzaba. “Por fortuna hoy no sale con las zapatillas de andar por casa” pensó al ver que gruesos botines forrados de borreguillo cubrían los deformados pies de la Petra.

Por su parte, la Petra habló del jaleo que escuchó de madrugada, con pelos y señales fue desgranando el revuelo, las voces e incluso la sirena de una ambulancia que rasgó el silencio de la noche; a tal extremo llegó la preocupación que sentía que no dudó en abandonar el cálido refugio de las mantas para mirar a través de la balconada y  averiguar qué era lo que estaba sucediendo. “Pero nada mujer― dijo con pesar― ni un alma cruzó por nuestra calle, que de todos es sabido que es la más tranquila de todo el pueblo.”

Llegaron a la panadería tras subir la penosa cuesta del molino, como se conocía en el lugar aquel tramo de la carretera, el aire cortaba la piel y por ello agradecieron el calor con que les acogió el interior del horno. No había nadie tras el mostrador pero como era habitual que la Crisanta si no había clientes, estuviera junto a su marido en la parte de atrás, ayudándole con la masa o los tiempos de cocción, no hicieron otra cosa que aguardar a que se dieran cuenta de su llegada; desde luego mejor allí con el calor, que en la fría calle. Pasaron unos minutos y al ver que nadie se asomaba la Petra empezó a impacientarse.

― Mira que he dejado a mi Dani en la cama, este muchacho no se levanta hasta que no le llevo sus magdalenas recién hechas, todavía quedan en la alacena tres o cuatro de ayer, pero nada, o son del día o no las quiere. ¡Crisanta!― gritó para hacerse escuchar― ¡Qué tienes clientela!

― No seas impaciente Petra― le recriminó Angustias al escuchar los gritos― estará ocupada, en cuanto pueda saldrá a despacharnos.

― Pero es que mi Dani quiere sus magdalenas― protestó de nuevo la otra― ¡Crisanta, Crisantaaaaaa!

La cortinilla que hacía las veces de puerta y que separaba la tienda del propio horno se hizo a un lado, Ambrosio, marido de la Crisanta y único panadero del pueblo se asomó desde el interior malhumorado, al ver a las dos mujeres se colocó bien el gorro que cubría los cuatro pelos contados que le quedaban sobre la cabeza y con paso torpe llegó al mostrador.

― Vaya gritos― dijo evidenciando el mal humor que sentía― conseguirá despertar a todos los vecinos señoa Petra.

― Si la floja de tu mujer estuviera donde debe no haría falta gritar pa que la atendieran a una. Dame un pan y una docena de magdalenas, pero de las calentitas, nada de las de primera hora de la mañana. Quiero de las que acabas de sacar del horno.― le apuntaba con el dedo para dar más énfasis a su petición.

Angustias no quitaba ojo, se fijó en que Ambrosio estaba muy pálido y ojeroso, un gesto de dolor cruzaba cada pocos segundos su rostro y gotitas de sudor perlaban la frente del panadero. Si a eso se añadía que la Crisanta no estuviera en la panadería, algo que solamente había sucedido veinte años atrás cuando hubo de acudir al hospital para dar a luz a Macarena, el único vástago del matrimonio, y que aún así, antes de la semana ya se encontraba de nuevo tras el mostrador despachando el pan, daba que pensar en que algo raro había sucedido.

― ¿Te encuentras bien Ambrosio? ¿Dónde está la Crisanta?― preguntó mitad curiosa, mitad preocupada.

Trató el panadero de esbozar una sonrisa, pero de nuevo el rictus de dolor cruzó su semblante, contestó con voz entrecortada.

― Una mala noche… Mala, muy mala.

Fue su única respuesta, pero como no era el Ambrosio hombre de muchas palabras, dejaron hacer al panadero sin indagar más, pagaron y cogiendo la Angustias el cambio que la fría mano le tendía se quejó de las muchas monedas que el hombre le daba, “de seguir así con tanta calderilla, habría de comprar un nuevo monedero, con lo caros que estaban en el mercadillo, que ni del Corte Inglés se tratara, que qué se habían creído los ambulantes ese año de crisis…” Dejó la frase en suspenso cuando la puerta de la calle se abrió de golpe. Con el rostro colorado y respirando agitadamente la María entró junto con una ráfaga de aire que hizo estremecer a las dos mujeres, en ese estremecimiento podía leerse a partes iguales el frío y el susto;  también la recién llegada se asustó pues no esperaba encontrar a nadie en el interior del local.

― Qué prisas son esas María― dijo Petra respirando aliviada al ver de quien se trataba― parece que te persiguiera el mismísimo diablo.

― ¿No os habéis enterado?― María ignoró el comentario de la mujer y ante la negativa de ambas se dispuso a explicarles.

Les contó, con el tono de superioridad que da ser el único en conocer de la verdad, que esa madrugada había sucedido una auténtica tragedia; se levantaba el Ambrosio, como todas las noches, a las cuatro de la mañana para amasar y hornear la primera remesa de pan cuando Crisanta, que una hora después se reunía con su marido, escuchó un golpe seco que provenía del cuarto donde guardaban los ingredientes que utilizaban a diario, en su prisa por averiguar, temiendo que le hubiera pasado algo a su esposo, saltó de la cama y corriendo hacía la planta baja cayó por la escalera con tan mala suerte que en la caída se había partido la crisma…

Conforme iba hablando la María, Angustias y Petra palidecían más, miró la  Angustias de reojo al mostrador, allí parado, pálido, casi trasparente, Ambrosio asistía en silencio a las explicaciones que daba la vecina, asintiendo de cuando en cuando pero sin mediar en ellas.

― Una desgracia― repitió de nuevo la María antes de continuar el relato― Cuando Ambrosio cargaba los sacos de harina uno de ellos se escurrió del montón yendo a parar al suelo con tal estruendo, que despertó a la Crisanta al caer y reventarse… pero el golpe que escuchó Ambrosio fue peor, cuando el hombre vio el cuerpo descoyuntado de su mujer sufrió un ataque al corazón. Sólo pudo llamar a emergencias, y eso gracias a que tienen el teléfono a los pies de la escalera, antes de caer desplomado junto a ella. Así los encontró la guardia civil, y el médico al que avisaron los guardias y que llegó en pocos minutos.

― Pero ¿cómo es posible?― Petra miraba fijamente al panadero que escuchaba impasible lo que contaba María cada vez más lejano, más etéreo.

― Hubo que avisar al juez de paz para que pudieran llevarse el cuerpo de la pobre difunta― la cara de estupor de las comadres iba en aumento, María malinterpretó su mirada sintiéndose ofendida― ¿No me creen? Pues pregunten al Isidro, el de la Sabina, menudo susto cuando llamaron a esas horas a su puerta, su hijo es el nuevo juez, lo sabían ¿no? Pues eso…, pero aún hay más.― continuó ella triunfal― La Crisanta murió en el acto, el Ambrosio anda to jodio, está en el hospital lleno de cables y tubos según cuenta la Julieta que llegó en el primer autobús y estando allí, acompañando a una tía, vio llegar la ambulancia. Vamos, que según dicen, de hoy no pasa… Y todo por un saco de harina…― suspiró teatrera― El señor cura no tarda en hacer replicar las campanas aunque la misa no será hasta mañana que llegue la Macarena de las Américas, parece que no ha encontrado vuelo que la traiga antes. Mejor, así ya sabremos si el réquiem es por uno de ellos o por los dos… En cuanto al entierro, no se sabe, quieren hacer la autosia esa para ver qué fue lo que pasó. ¡Está claro! un mal golpe y un fallo del corazón, porque lo que es ese, no lo cuenta.― sentenció la mujer muy orgullosa de su  razonamiento.

― Pues me temo que la misa será para los dos― le susurró Angustias a una Petra tanto o más asustada que ella.

Asintió la Petra pues hasta la voz había huido de su cuerpo conforme escuchaba a la María sin dejar de presentir tras ella al panadero. Ésta última, ajena a la visión, continuó explicando el motivo de su llegada.

“Ella había ido para asegurarse de que todo estaba en su sitio, sobre todo el horno apagado y para cerrar con llave la casa hasta la llegada de la hija, pues con la urgencia del momento, todo quedara tal cual estaba, suerte que el horno de leña apenas había cogido calor y ningún pan que pudiera quemarse había en su interior.” Reparó entonces la María en los panes que sus vecinas llevaban en la bolsa.

― Vaya, pues si que había llegado a sacar una hornada de pan. Bueno, yo también cogeré una barra, no creo que les moleste ¿verdad? Después de todo es una pena que se eche a perder.

Pasó tras el mostrador, ante el estupor de las dos comadres la figura del panadero se desvaneció como las volutas del humo de un cigarro, una mueca que pretendía ser sonrisa y un gesto de adiós en una persona que no era precisamente famosa por su simpatía, las dio más pavor que verle desaparece entre la nada. Abandonaron la tienda deprisa, con un rápido adiós a la María y sin parar de caminar ni abrir la boca hasta llegar a la puerta de la Petra.

― Será mejor que no digamos nada de lo que hemos visto.― dijo ésta en el momento de separarse.

― Pero el pan…

― Si el difunto nos lo ha dado será porqué quiere que lo comamos.

― Pan del demonio Petra, que Ambrosio era un mal hombre.― dijo la Angustias persignándose.

― Pan bendito Angustias― repuso la otra imitando su gesto― que la Crisanta hacía honor a su nombre.

Entró la una en su casa, marchó la otra hacía la suya, ambas decididas a olvidar lo que acababan de presenciar. No era bueno hablar de fantasmas, no en un pueblo donde todos, a pesar de negarlo, en algún momento de su vida habían recibido la visita de alguno. No, mejor no hablar sobre ello, no fuese que alguien las tachara de locas. Ya se sabe, en los pueblos mejor no dar que hablar.

                                   Dolores Leis Parra

Insomnio

“No me esperes despierta. El vuelo lleva retraso” Qué difícil conciliar el sueño cuando aguardas impaciente su llegada.

Y llegó al fin. Qué sosiego escuchar la llave girar en la cerradura, ver filtrase por la puerta el tenue resplandor de la luz de la entrada. Y ahora sí, quieres cumplir su deseo y tratas de dormir a pesar de que el insomnio acecha en la habitación.

El cuerpo propone pero es la cabeza quien finalmente dispone, y ésta, no estaba por la labor de dejarse envolver por los suaves brazos de Morfeo. Y saltó el insomnio sobre ti, meciendo tus atormentados pensamientos en tempestades marinas y vientos huracanados. Un torbellino de sentimientos que giran y giran y giran vertiginosamente mientras buscas en vano un segundo de paz que te permita huir del remolino, del  temor al cambio, del miedo a arriesgar, de fallar a los que te quieren, de haberte equivocado al elegir ese nuevo camino.

Pero cruje la cama, se hunde el colchón y su mano te rodea la cintura. Su respirar, cálido y acompasado acaricia tu mejilla llenándote de certezas. No, no erraste en el camino, no lo hiciste hace más de veinte años y tampoco lo has hecho ahora.

Por fin tu alma se entrega al descanso; huyen despavoridos vientos, torbellinos y tempestades. Morfeo te envuelve y tú te dejas agradecida mecer por él.

Desnuda frente al espejo

Desnuda frente al espejo como cada mañana, recorrió su cuerpo con la mirada. Aunque en aquellos meses había ganado algo de peso, sus formas no terminaban de recuperar las redondeces que hacían que los hombres se volviesen en la calle para mirarla.

Contó los huesos que se marcaban desde el cuello hasta el pecho, empezando por la clavícula, uno, dos tres, cuatro… cuando saliera del hospital se daría un atracón a donuts. Bajó la mirada, se detuvo al llegar a la cintura, era una lástima que los dulces que se iba a permitir terminaran en esa parte concreta de su cuerpo, nadie puede elegir donde han de asentarse los kilos que se buscan. La línea natural de la cintura le guio hasta la tripa, meses atrás le habían practicado una colostomía y aquella bolsa llena de heces estaba allí para recordarle que seguía viva gracias a ella.

Fueron muchos días de hospital, varios enfermeros, pero solamente uno, ante el miedo que reflejaba sus ojos y el temblor incontrolado de las manos se atrevió a preguntarle “¿la has cambiado alguna vez?- negó ella con un gesto- al menos ¿te has atrevido a mirarla?- insistió él.” Esta vez asintió, claro que la había mirado, era inevitable no toparse con ella.

Aquella pregunta no era tan simple como pudiera parecer. Aprendió a cambiarse la bolsa, primero con asco, luego con resignación, finalmente con agradecimiento. Durante meses formó parte de ella como un miembro ortopédico forma parte de un amputado.

Pero ese día, en su interior anidaban sentimientos encontrados, al agradecimiento ya mencionado, se sumaban la tristeza y el temor. Había llegado el momento de reconstruir la parte afectada; el colon volvería a su lugar y esa bolsa, molesta compañera e impuesta amiga, desaparecería para siempre del reflejo que le devolvería el espejo cada mañana.

¿Cumpliría cada órgano su función? ¿Habría complicaciones tras la operación? ¿Sería solamente un espejismo aquel vientre con nuevas cicatrices? Pensó en la playa que visitaría ese verano, en los vaqueros que no había vuelto a ponerse y aguardaban una nueva oportunidad en el armario, en las prendas ajustadas, en los abrazos sin obstáculos, en el amor sin temer ver el asco en su mirada…

― ¿Estás lista?― al no encontrarla en la habitación golpeó suavemente la puerta del baño― han venido a buscarte, te esperan en quirófano.

Lentamente se puso el pijama, a modo de despedida su mano acarició por última vez el bulto sobre la ropa y respirando hondo se enfrentó a las personas que esperaban en la habitación 428 de aquel hospital. Sonrió al celador y se tumbó en la cama.

― Llevo meses preparada.

Mentía para darse ánimos, también por qué sabía que los familiares allí reunidos no serían capaces de entender una respuesta diferente.

― Adelante pues, que hoy es el gran día. ― dijo la enfermera, más a las visitas que a la paciente.

Besos, palabras de aliento, adioses apresurados, nos vemos en un ratito… Cerró los ojos para retener ese momento en la memoria; la alegría que mostraban los ojos nada tenía que ver con lo que lucían el día de aquella primera intervención y sin querer olvidar la preocupación de aquel momento, pensó que era bonito leer esperanza en la mirada de los demás.

― Sí. Hoy es el gran día.

Dolores Leis Parra

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