Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Archivar para el mes “abril, 2014”

Padre e hija

images

Hacía rato que Marcos no escuchaba a su hija, Eugenia parloteaba sin tregua sobre la clase de biología, aunque él no lo sabía esa era su única conversación desde que llegara a casa. Una palabra sin embargo, entró en su cabeza clavando lanza en el cerebro “universidad”, por primera vez prestó atención a lo que ella contaba.

―…  si todo sale como espero, conseguiré la nota para entrar en la carrera, sé que no es fácil, la media es bastante alta pero tengo mucha confianza.

― Estupendo.

Lo dijo con una alegría que estaba lejos de sentir, no dudaba de la capacidad de su hija ¡Cuando Eugenia se propone algo qué tiemble la tierra! Dudaba de su situación laboral cada vez más precaria, de esos ahorros que iban consumiendo porque llegar a fin de mes resultaba más difícil cada día, de las medicinas de Julieta que habían dejado de pertenecer a la seguridad social… Y por ende dudaba de sí mismo, de su capacidad como padre, incapaz de ofrecer tan siquiera un futuro a la niña que le miraba ilusionada.

Esa niña que apretaba su mano en el paseo, se ha convertido en el cabeza de familia. La ayuda que cobra apenas llega y sin ese sueldo de cajera le quedaría poco más que mendigar.

Es fuerte su Eugenia, piensa agradecido por tenerla.

Ella le ve y saluda con la mano, Marcos dirige el carro hasta la caja 7, la 4 está vacía pero prefiere esperar la que atiende su hija, observa como sonríe mientras devuelve el cambio a una pareja. Es bonita su niña, se dice orgulloso. Ayer cumplió diecinueve años, lleva seis meses en ese puesto “Y suerte tengo papá. Cuando vuelvas a encontrar trabajo y yo haya ahorrado lo suficiente me matricularé en medicina y verás como curo a Julieta”

Mueve la cabeza con pesar, nadie curará a Julieta; tampoco él a sus cincuenta y tres años encontrará trabajo… Pero ella sí irá a la universidad ¡Por sus huevos!

Estaba todo calculado. Para algo llevaba años pagando religiosamente el seguro de vida…

Dolores Leis Parra

Palabras

No habla la poesía, aunque

tus oídos prestos halla.

No mira la poesía, aunque

en tus ojos clave pestañas.

No palpa la poesía, aunque

tantea canas.

Grita la poesía

pero no habla,

no mira, no palpa.

Eleva la voz

pero no canta…

Y he de ser yo piel y alma

quien llena de poesía,

te engarce las palabras.

Dolores Leis Parra

Rozando el nuevo siglo

Texto de 1999

12 de junio de 1999

Estaba viendo por tercera vez “La casa de los espíritus” cuando volvió a asaltarme el deseo de escribir una novela tan maravillosa como la de Isabel Allende. ¡Pensé que es tan difícil hacerlo! Yo no tengo una abuela Clara que me ponga en contacto con los espíritus para crear un personaje tan entrañable, no he conocido una guerra cruel y devastadora en mi patria, ni mi familia ha sufrido las vejaciones y el maltrato que de un golpe de estado se deriva. Mi marido no es un Gregory Reeves con un pasado turbulento digno de figurar como protagonista de una novela; mi hijo de nueve años sólo tiene tres pasiones en su corta vida: el futbol, Egipto y la Game boy que por navidad le trajeron los Reyes Magos; en cuanto a la niña he de agradecer infinito que no sea Paula, mi pequeña es una mujercita que mañana cumple siete años y que espera ilusionada los regalos que ese día le traerá.

Cuando yo era una niña tenía una imaginación desbordante. No necesitaba juguetes, sólo tenía que ver una película para convertirme en Sissi Emperatriz; en Jo, la escritora rebelde en “Mujercitas” o en Pollyana, la niña feliz que vivía en un orfanato. Cualquier libro me transportaba a una isla desierta en las historias de Los Cinco, hasta de un perro de peluche usado (al que mi madre puso unas orejas de fieltro) me servía del fiel Tim; en las alumnas que poblaban el internado Santa Clara, o el de Torres de Malory es lo mismo; en la sensata Pam de las aventuras de Los Hollister… Cualquier personaje era bueno para introducirme en su piel y crear mis propias aventuras.

Recuerdo que iría a 3º de E.G.B. cuando comencé mi primer libro, era la historia de diez muchachos que resolvían misterios y ayudaban a los demás, los bauticé con los nombres de mis compañeras de clase a las niñas y nombres inventados para los niños (era un colegio mixto pero en las clases aún nos dividían por sexos), como no una de las protagonistas llevaba mi nombre, era todo lo que yo anhelaba ser, guapa, popular, con un hermoso pelo siempre recogido en una trenza hacía adelante… con trozos de tela vieja fabriqué esa trenza y con ayuda de un pasador la unía a mi corto cabello mientras jugaba a que nos encontrábamos en un castillo viejo y abandonado. Todo lo que sucedía durante la tarde era anotado en un cuaderno y así iba creando capítulo tras capítulo la trama de esa historia. Un día olvidé la trenza, olvidé el castillo y olvidé la novela. Yo que pensaba en escribir una colección de libros sobre Los Diez, ni siquiera fui capaz de terminar el primero. Pero no me preocupé, otra historia ocupó su lugar.

Adoraba bailar, grababa canciones de la radio en un viejo casete, la música de entonces, Miguel Bosé, Leif Garrett, Los Pecos… pasaba tardes y tardes recorriendo el salón, piruetas, giros, movimientos de cadera; me sentía feliz con ella, el baile me llenaba me hacía sentir una niña diferente, una niña ágil, armoniosa; alguien que no tenía nada que ver conmigo, larga, torpe y desgarbada. Me gustaba bailar, creo que todavía me gusta pero no puedo hacerlo, aún cuando me encuentro sola en casa y lo intento el ridículo a mi misma me invade e impide que mis pies y mi cuerpo se muevan al son de Manolo García o Alejandro Sanz.

Acabé mi primera novela gracias a mi marido, tenía dieciséis años y un montón de folios sin terminar separados por papeles doblados e intentando cada uno de ellos sobrevivir a la poca constancia que poseo. Cierto día, cuando me acompañaba al autobús le pedí que me escribiera una canción (le encanta tocar la guitarra, ahora apenas lo hace, los años siempre nos llevan a perder) lo haré el día que tú acabes una novela fueron sus palabras y como si fuera un reto lo hice. Nació “Lombourg” (título complicado que tomé prestado a Jane Austen de su “Orgullo y prejuicio”), era una novela romántica, ambientada en el inicio de la Guerra de Secesión americana con apenas 30 páginas y millones de erratas o concesiones a la época actual. Orgullosa como un pavo fui con mi carpeta bajo el brazo para entregársela convencida que en pocos días tendría mi canción. Han pasado dieciséis años y todavía continúo esperando.

Dolores Leis Parra

Frágil

images

Piel ajada, patas de gallo en torno a la mirada,

sonrisa sin dientes de nácar.

Senos que gravitan al centro de la tierra,

el otrora firme abdomen

sitiado por rollitos de grasa.

Finas venas que como arañas

recorren de la pantorrilla al muslo,

piernas cansadas.

Me veo en el espejo vieja y cana

¿dónde quedó la mujer ilusionada?

no me respondas,

la verdad dañaría mi frágil alma.

Dolores Leis Parra

Niebla

images

Brazos que el río extiende buscando tocar el cielo.

Noche que cede a regañadientes su espacio.

Ciudad oculta a unos ojos que amanecen.

(horas después)

El duelo sigue en tablas.

Dolores Leis Parra

Princesa de mi cuento de hadas

Trenzó el cabello para usarlo a modo de soga y descolgándose por la ventana, fue a caer en brazos del enamorado que la esperaba.

Nadie le habló de trenes que explotan al llegar a la estación de destino; ni de mártires que se inmolan, en medio del zoco un sábado por la mañana; tampoco de adolescentes armados en gimnasios de instituto.

No sintió puño alguno, descargar golpes sobre su rostro; ni escuchó palabras que humillan. Ni siquiera imaginaba, que existen dedos lascivos que manosean ansiosos, incipientes senos infantiles.

Sonreía ilusionada por escapar de su encierro, pero en tierra firme y frente a frente, vencido el rubor levantó la vista, cruzó su mirada con los ojos inyectados en sangre del caballero y horrorizada, utilizó el cabello a modo de escala para encerrarse de nuevo en su torre de marfil.

Dolores Leis Parra

Hay maneras y maneras

De siempre se ha dicho que escribir un libro es como parir un hijo. Tal vez la comparativa no sea muy acertada, después de todo el libro, una vez editado, no llora a las tres de la mañana porque tiene hambre o el pañal sucio, pero es cierto que por haber <<nacido>> de ti, lo muestras con el mismo cariño y orgullo con que muestras a tu hijo, aunque no sea todo lo guapo o perfecto que quisieras.

Soy de esas madres que siempre defiendo a mis vástagos, pero nunca me he engañado ni he engañado a los demás, tampoco he tratado de hacer que comulguen con ruedas de molino, si alguien me ha señalado algo malo y realmente es cierto, no lo he negado e incluso he avisado a otros de lo que van a encontrar. Acepto todas las opiniones, lo único que pido es es que lo digan con respeto, sin buscar hacer daño ni ofender.

Hace unos días puse un tweet en el que decía que era la última vez que me fustigaba con relación a las erratas de la novela, pero se ve que me faltaba éste último latigazo.

Ahora sí, ni uno más.

Dolores Leis Parra

Navegador de artículos