Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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Fantasmas

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Hay un gato en la escalera, tal vez un pariente lejano de aquél que se subía a mi regazo y pasaba acurrucado en él tantos minutos que llegaban a ser horas si no me movía del lugar.

Sarito (ostentaba dicho nombre en honor a su madre) era grande, atigrado en tonos canela, y un día desapareció. No era callejero pero le gustaba trastear en los tejados, casi siempre llegaba a casa con arañazos en el rostro, imaginábamos que eran heridas de guerra por conquistar el amor de su dama. Si regresaba de noche entraba por el entretecho y se acomodaba en el sofá o sobre el cojín rojo de tu silla para dormir hasta que alguno de nosotros le despertaba con caricias. Sin embargo, si el regreso coincidía con los rayos del sol maullaba para que le abriéramos la puerta y le dábamos comida. Adoraba el pollo, era un placer verle dar rienda suelta a la gula cuando le dejábamos los huesos mal arrebañados, para que tuvieran su pedacito de carne.

Podía pasar fuera dos o tres días pero cuando contamos el cuarto y el quinto sin aparecer, la preocupación de que le hubiera pasado algo empezó a invadirnos.

¡Cuánta razón!

Sarito no volvió. A veces le imagino en lo alto de la tapia que divide los patios, tan real que puedo escuchar su maullido, es entonces cuando recuerdo que yo, al igual que él, ya no habito aquella casa, que sólo soy un fantasma en permanente espera.

Dolores Leis Parra

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Tiempo

Nada es eterno, -me digo-
ni siquiera esta ausencia que no tiene fin.
Me preparo para la batalla.
Feroz enemigo las agujas del reloj.
La cuenta atrás ha comenzado.

Dolores Leis Parra

En un reino de titanes

Onírico

Hubo un tiempo en que el mundo se desmoronaba sobre ti,
un tiempo de sueños inalcanzables y muerte lenta.
Aprendiste que la noche no alumbra a todos por igual,
que por una triste jugarreta del destino, tu estrella vaga errante en el infinito.
Reemplazaron los sueños otros sueños, que marcaron episodios felices del camino
consciente de tus defectos en un mundo, donde siempre prima la perfección.
Ahora, desde la imperfección que te hace pequeñita en un reino de titanes,
desafías a la vida tomando las riendas del presente y del futuro.
Y son cientos las estrellas que iluminan tu noche.
Y otros tantos los sueños que te quedan por cumplir… y cumplirás.
Y sumarás momentos felices a los habidos en el pasado.
Y restarás lágrimas a los años que te quedan por vivir.

Dolores Leis

Un lugar llamado Navidad

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El hilo musical procedente del chiringuito llenaba la playa de villancicos. Te levantaste molesta, sacudiste con furia la toalla sin importarte llenar de arena a tu colorado vecino que, dormido como estaba, ni se enteró. Calzaste las chanclas, rebuscaste en el bolso de playa hasta dar con una camisola floreada que aún no lograbas entender por qué habías comprado y guardaste, como si se tratara de un trapo, la toalla húmeda.

Consciente de que en el otro hemisferio también era Navidad, te negaste a creerlo. Esas fechas son sinónimo de invierno, de frío, de nieve si vives en el norte de Europa, de lluvia si habitas en el sur. Abandonaste tu país huyendo de la última. Buscabas tres cosas: calor, playa y un nativo que te hiciera compañía. Las dos primeras las habías encontrado, la tercera estaba resultando más difícil de lo que imaginabas.

Le viste a lo lejos. ¡Uno más! Hubiera resultado gracioso si no fuera porque huías de las barbas canas, los trajes rojos de ribete blanco y los gorros con pompón. En un momento de debilidad, casi sentiste lástima. Cincuenta grados y en traje de franela.

A diferencia de otros con los que te cruzaste a lo largo de la mañana, éste parecía sentirse cómodo dentro del disfraz. Sonreía, a diestro y siniestro, provocando la risa de algunos muchachos que, en bermudas, jugaban a la pelota en el parque.

Venía hacía ti, calculaste los pasos. Diez, doce como mucho, antes de que tropezarais. A tu derecha una vía de escape pero otro títere vestido de rojo tapaba el camino y no sólo parecía incómodo, también incomodaba.

Optaste por el mal menor. Continuaste de frente. Al llegar a su altura te cortó el paso, hizo una reverencia y, dejando el saco en el suelo, te tendió una carta. La cogiste, asombrada. Sin decir palabra, Papá Noel sonrió y siguió su camino. Te giraste para preguntar pero sólo encontraste el paseo vacío.

No puedes huir eternamente de la Navidad. Allá donde vayas te encontrarás con ella. Regresa. El frío y la lluvia preguntan por ti.

Junto a la nota, un billete de avión. Destino: cualquier parte.

Caminaste hasta el hotel. Hiciste la maleta.

Regresar a casa era una opción; tan válida como cualquier otra.

 Dolores Leis Parra

Cuento publicado en Pandora Magazine (Especial Navidad)

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