Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Archivar para el mes “abril, 2013”

Cuando la timidez deja de ser una cualidad

Siempre nos advierten contra el exceso de timidez, pero cuando uno la padece, es inútil cualquier consejo que amablemente se nos ofrece para vencerla.

Luchando contra lo que el diccionario tacha de cualidad, se hallaba Manuel en aquella sala. La parte racional de su cerebro decía “ve, acércate, habla con ellos”; la parte irracional por su lado, no dejaba de gritar “¿y si no es oportuno?, ¿si piensan que eres un arrimado, un adobado como tacha la juventud a ese tipo de personas? Qué dilema, que tortura; seguía con aquel diálogo interno; si opto por no ir, pueden pensar que soy antipático y maleducado, después de todo aquel caballero de la izquierda me ha sonreído al entrar, yo diría que hasta le conozco. ¡Claro, es el vecino del quinto!, pero nunca he hablado con él; maldito ascensor que nos hace perder el contacto con lo más cercano… Debería ir. Mira Manuel, parece que te sonríe de nuevo, pero… algo le está diciendo a la muchacha que está junto a él, seguro que están hablando de mí. Si ya lo decía yo, no tenía que haber venido. Aunque tal vez, no sea yo el objeto de su conversación… Pero claro… tengo que serlo; mírala, si hasta se está riendo. Por favor, por favor, que no sea de mí… ¿Qué hago pues? ¿Saludo o me voy sin decir nada? Si me acerco sé que enrojeceré, siempre este maldito rubor que sube y sube hasta la raíz del cabello… ¿Me marcho? Si lo hago perderé la oportunidad de conocer gente estupenda con la que probablemente pasaría una bonita velada. Tengo que decidirme, soy simpático, mi cultura es aceptable y además soy divertido, nada hay en mí que pueda provocar el rechazo en estas personas… ¿Y si me pongo nervioso, si digo algo que no es apropiado o tartamudeo? Mejor me voy, sonrío educadamente y les doy las buenas noches. Ves, no ha sido tan difícil. Ahora a casita, un tortillita de gambas y un cola cao. Mañana será un buen día para empezar a luchar contra la timidez”

Dolores Leis Parra

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Dos mujeres, dos protagonistas

Decía Virginia Woolf “una mujer para escribir sólo necesita dinero y un sitio donde hacerlo”, como yo tengo las dos cosas, escribo.

Gran inicio, pero al césar lo que es del césar y no puedo, ni debo adjudicarme ese mérito. Ha sido mi amiga Elena Muñoz, escritora de Rivas y autor de “Como el viento en la espalda” quien me ha dado frase tan estelar.

Compartimos refresco, aceitunas (en realidad las aceitunas quedaron en el plato) y conversación. El tiempo pasó volando, ella hablaba de Marta Nogales, su protagonista; y yo, le contaba sobre Jimena Martínez del Rosal, protagonista de mi novela “El último Bernal”.

Elena hablaba de una mujer fuerte aunque sensible, que intuye como su mundo se va desmoronando sin entender bien el porqué. Yo le hablaba de una joven, caprichosa y frívola, repleta de rencor hacía quien ocupa el lugar de su madre, y a quien culpa de todos los cambios que afectan a su acomodada vida en Madrid.

Marta es una mujer actual, dirige un negocio con éxito, casada, madre, hija y amiga. Jimena es una muchacha de finales del siglo XIX, cuyos horizontes no están definidos, y sin rechazar de plano, tampoco acepta que la sociedad le marque la búsqueda de un marido para ser feliz.

Una vive en Madrid, la otra en Andalucía. Marta es urbanita, el mar es el paisaje al que escapar; Jimena debe adaptarse a una vida rural que la horroriza…

¿Qué no tienen nada en común? Quizás… o tal vez sí… la única manera de saberlo es leyendo sus historias y no comparar, porqué las comparaciones son odiosas. Y esta última frase, aún sin ser mía, si ha nacido de mí.

Dolores Leis

Sevilla

De nuevo estoy sentada frente al ventanal que me muestra el Puente del V Centenario, con el flujo constante de tráfico que cruza sus extremos uniendo una y otra orilla del Guadalquivir.

Este puente, utilizado ya en algún relato anterior, me fascina por sus cables de acero colgantes que permiten sujetar semejante estructura sobre el nivel del río. Sé que también los pilares soportan su envergadura, pero me gusta imaginar que algún dios malévolo con enormes tijeras puede hacer caer la mole con un sencillo corte, precipitando hormigón y coches al fondo del río, permitiendo un entorno limpio de humo y ruidos ¿será tan malvado entonces?. Qué nadie se llame a engaño, tiras súper 8 de una mente fantasiosa, que no catastrofista.

El primer día que paseé por el centro histórico de la ciudad me pilló una gitana con la correspondiente ramita de romero; mira que Manolo me había dicho por activa y por pasiva que no cogiera nada que estas avispadas mujeres trataran de depositar en mis manos, pero yo, novata en esta lides, me creí aquello de “yo te lo regalo, no me lo vas a despreciar” y de pronto me vi con mi mano entre las suyas, leyéndome líneas que describían a una persona que en nada se parecía a mí. Cinco euros me costó la broma, y suerte tuve porque el único afán de la mujer era que le diera el billete de veinte que asomaba por un compartimento de la cartera. Después se me acercó otra, ésta vez no fui tan incauta, negué con palabras y gestos, más algo debió de ver en mi interior, porque  mirándome a los ojos me dijo más sobre mi vida presente, pasado y  futuro, que aquella otra que minutos antes leyera mi mano. Esta, si se hubiera merecido los cinco euros estafados por la anterior, pero escarmentada y resuelta a no soltar ni un duro más, hubo de conformarse con un cigarro que amablemente le ofreció mi hija.

Sevilla es una bonita ciudad, llena de misterio y romance. La hermosa catedral te embriaga de aromas y recuerdos, nave fría de múltiples retablos, oro, plata, enormes estatuas, capillas enrejadas… Subir las rampas de la mítica Giralda, hasta llegar al campanario, alardear que yo, como Nancy en la famosa novela de Ramón J. Sender, llegué a lo alto de la emblemática torre, acompañada de mi padre, que con más de 70 años se siente igual de orgulloso por su proeza.

Los Jardines de Murillo con los árboles de enormes raíces que en muchos casos has de saltar para no tropezar y caer. La antigua fábrica de tabaco, donde Merimée, ubicó su famosa obra publicada en 1847, convertida en la actualidad en sede de la Universidad de Sevilla. La Torre del Oro. El barrio de Triana por cuyas calles y tras varios intentos y muchas vueltas, logré encontrar a su Virgen, la Esperanza de Triana, que sin ser yo demasiado creyente, ni amiga de imágenes religiosas, me impresionó por su belleza y la gran devoción que hombre y mujeres postrados a sus pies mostraban, en cuanto a respeto y fe se refiere.

Son tantos y tan variados los paisajes que esta Sevilla nos ofrece que es muy probable que queden sin nombrar gran cantidad de ellos, porque Sevilla no es solamente una ciudad con historia, Sevilla es historia. La Semana Santa, la Feria… tradiciones de un pueblo orgulloso de sus raíces, tradiciones ancladas en el pasado que se sienten del mismo modo que se viven, con pasión e intensidad. Un pueblo que se toma la vida con la despreocupación de los que creen en el destino, ciudad de hechizos y embrujo;  y  la preocupación de lo que aún está por llegar.

Sevilla que te acoge y enseña. Que se ofrece sin permitir que te la lleves, más allá de los recuerdos que abarca la memoria. Porque Sevilla es el Guadalquivir y el puerto, es Remedios y Lebreros, la Catedral con su Giralda y la torre Pelli; Santa Justa y la plaza de Armas; Bermejales y Triana. Sevilla, como dice la canción, tiene un color especial, tiene duende. Sevilla es nada más y nada menos, Sevilla.

Dolores Leis Parra

Nunca subestimes el poder de una película de terror

― ¡Manuel, Manuel! Despierta ¿no oyes?

Manuel se revolvió incómodo en la cama. El codo de su esposa se clavaba en los riñones con cada una de las palabras que salía de su boca, rompiendo la espiral de sueño que tanto le había costado encadenar.

― ¿Escuchas?― insistió ella enfadada ante la falta de respuesta― ¡quieres despertar de una vez!

Sabiendo que el sueño ya estaba perdido, Manuel abrió los ojos, pero no a consecuencia de los codazos sino porque él también había escuchado el golpe seco que retumbó en la noche quebrando el silencio.

― ¿Qué ha sido eso?― se incorporó en la cama ante un nuevo golpe, desorientado, aturdido y adormilado, buscando en vano la luminosidad del despertador― ¿qué hora es?

― Apenas quedan cinco minutos para la media. ¿Quién es capaz de hacer semejante ruido a la una y media de la madrugada? ¿Y si vienen a robarnos?

― No digas tonterías mujer ¿qué van a llevarse? ¿Los yogures caducados de la nevera? De seguro que son otra vez los vecinos del tercero. Mañana sin falta hablaré con el administrador; hemos sido muy permisivos con esos jóvenes. En ésta casa― Manuel elevaba la voz conforme hablaba, hasta llegar a la frontera que separa el tono elevado, del grito, ni un decibelio más ni uno menos― hay personas que todavía madrugan para ir a trabajar.

― Calla insensato, vas a conseguir que algún vecino se moleste… Escucha― calló nuevamente la mujer aunque retomó la palabra en susurros a los pocos segundos― No es música como otras veces, además el ruido no viene de arriba… ¿oyes el ascensor? Viene del patio.

― Entonces te será fácil saber de quién se trata. Sólo has de asomarte a la ventana de la cocina.

― Pero ¿y si me ven?

― Pues les pides que por favor dejen lo que estén haciendo hasta mañana. No son horas de trajines.

Manuel hablaba solo pues su esposa, siguiendo el consejo que le diera, se había calzado las zapatillas abandonando la habitación. Se volteó en la cama y apenas cerraba los ojos cuando los gritos de ella le obligaron a abrirlos de nuevo.

― Está prohibido meter muebles en el ascensor ¿acaso no saben leer?― hacía referencia al cartel que meses atrás había colgado Manuel enumerando las prohibiciones para el uso del ascensor.

Así que se trataba de eso. Solamente era una mudanza, claro que a horas bastante intempestivas, pero con la nueva situación laboral era difícil cuadrar la vida personal y la profesional. Si al menos hicieran menos ruido…

― Tienes que levantarte y obligarles a cumplir las normas. Eres el presidente de la comunidad Manuel y tienes que hacerte respetar.

― Pero mujer son las dos de la mañana…

― Precisamente por eso ¿quién se traslada de casa a estas horas? De seguro que son maleantes. Terroristas o asesinos que quieren hacer de uno de los pisos su cuartel general.

― Siendo así puedo esperar hasta mañana para hablar con ellos. Nada podía alarmarles más que saberse descubiertos en plena noche.

― ¿Y si llamamos a la policía?

― Para decirles ¿qué? Buenas noches señor agente― se puso la mano en la oreja como si del auricular se tratara― verá usted que tenemos vecinos nuevos que han decidido hacer la mudanza de madrugada ¿pueden enviarnos un coche patrulla? No señores, ruido, lo único que están haciendo es ruido…

― Pero Manuel…

― Ves María, ya se han callado. ¿Qué te parece si haces lo mismo y nos permites dormir a ambos?

― Qué conste que sólo tú serás responsable de lo que puedan llegar a hacernos.

― Claro querida, lo que tú digas.― le dio la espalda tapándose la cabeza con las mantas para evitar escuchar el runrún que indudablemente acompañaría a María durante el resto de la noche.

María, aun sin estar conforme con la pasividad de Manuel, le hizo caso en cuanto a tumbarse de nuevo se refiere. Cierto que los golpes habían cesado, pero el subir y bajar del ascensor continuaba. ¿Cómo podía Manuel conciliar el sueño cuando la tranquilidad y el bienestar de los propietarios estaba en peligro? Porque ella no tenía ninguna duda de que nada bueno podía salir de un  acto llevado a cabo con nocturnidad y alevosía… entre sangre y gritos de pánico que nacían de su subconsciente cerró los ojos y siguió el camino del sueño que un rato antes iniciara su marido.

Despertó de nuevo sobresaltada, los primeros rayos de luz se filtraban por la ventana, las ocho y media. Manuel hacía rato que se había marchado, delicado como siempre, no quiso despertarla antes de irse. Ahora estaba sola y esos golpes cada vez más insistentes la llenaron de temor. De seguro, los asesinos que se habían instalado en el piso de abajo, habían reconocido en ella la voz que la noche anterior les gritara desde la ventana y venían a saldar la deuda que creían haber contraído con ella.

Se levantó sigilosa, entró en la cocina para armarse con el cuchillo cebollero, que no el jamonero cuya hoja consideró demasiado blanda para defenderse del más que probable agresor; miró por la mirilla de la puerta, pero nadie se manifestó al otro lado. Aguardó paciente, un nuevo golpe, esta vez suave, casi rozando la madera más que golpearla; nadie en el rellano de la escalera, recordó que tampoco vio a nadie la noche anterior ¿y si no eran asesinos, si no fantasmas? ¿Qué podía su cuchillo hacer con los espectros del más allá? Pero los fantasmas no necesitan muebles, ni usan el ascensor…

― ¿Quién es?― preguntó con un hilo de voz. Silencio― ¿Hay alguien ahí?

Pasó la cadena y muy despacio giró el picaporte para dejar una pequeña rendija desde la que poder mirar el descansillo y el hueco del ascensor. Ante el espacio desierto que se abría delante de ella se decidió a quitar la cadena y abrir del todo la puerta. Nada, nadie, vacío total, silencio total. El cuchillo calló de su mano ¿estaría soñando? ¿Habría sido todo producto de su imaginación influenciada por la película de terror que había visto antes de acostarse?

― ¿Puedo saber que haces?

María dio un respingo y agachándose rauda recogió el cuchillo que se hallaba a sus pies. Giró, Manuel estaba frente a ella, solamente una toalla cubría su cuerpo y con otra frotaba los cabellos que dejaban caer gotas sobre el parquet. Fue instintivo, adelantó la mano buscando el cuerpo donde hundir el frío metal. Él, a pesar de la maniobra de escape,  no pudo evitar que la hoja mordiera el brazo que quedó atrás.

― ¿Te has vuelto loca?

― Yo… los terroristas asesinos… los golpes y el ascensor…― balbuceaba María que al ver correr el hilo de sangre por el brazo de Manuel recobró al cordura― ¿No tenías que estar trabajando?

En el quicio de la puerta se agolpaban varios vecinos que habían escuchado los gritos de la pareja y acudían curiosos a conocer el motivo. Uno de ellos se abalanzó sobre María, una vez reducida y desarmada se atrevieron los demás a entrar y atender al pobre marido que miraba manar su sangre sin mover un solo dedo para detenerla.

― Hay que llamar a la policía.― dijo uno.

― Yo creo que a quien hay que avisar es a los loqueros.

― Con tirar el video es suficiente― dijo una de las mejores amigas de la susodicha― o cambiarle la filmoteca. Mira que le he dicho veces que tiene que pasarse a la comedia romántica.

Manuel asistía impasible a la escena que se desarrollaba, escuchaba sin mostrar ningún signo de turbación los comentarios de todos los reunidos. Por supuesto que no llamarían a la policía, ni a los loqueros, tampoco tiraría el vídeo  Con una semana más administrándole las pastillas que le facilitaran el día anterior, acompañadas de una sesión de cine terrorífico y sangriento, estaría en disposición de ayudar en el suicidio de su pobre esposa desquiciada, vender la casa y trasladarse junto a Nelly al pueblecito de Asturias donde la enfermera había encontrado plaza fija para trabajar en el nuevo centro de salud. Eso sí mejor retirar del piso toda arma cortante o punzante; lamentablemente, y aunque menos romántico que cortarse las venas, María, optaría por saltar al vacío desde el balcón.

Por cierto. No debía olvidarse de pagar la cantidad acordada a esa amable familia de enanos que se prestaron a ayudarle con la mudanza la noche anterior.

Dolores Leis Parra

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