Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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La falda muy corta

Cuando la viste entrar supiste que se iba a liar, en realidad lo sabías de antes, cuando sin esperarlo, tus hijos llegaron y ocuparon un lugar en primera fila. De nada sirvió el apresurado mensaje, ni tampoco ayudó el numeroso público que abarrotaba la sala, fue escucharse, en el silencio del poema, la puerta que se abría y todos, sin excepción, giraron la cabeza para ver quien era el desalmado que se atrevía a llegar tarde al recital.
Y allí estaba ella, altiva, arrogante, desafiante con quienes buscaban cuestionarla, hermosa como siempre, una exótica flor en aquel jardín de oscuros intelectuales, con la sonrisa pintada de rouge y la falda varios centímetros más corta de lo recomendable en un acto de esas características, pero… así era ella y todo se lo perdonabas, hasta aquella interrupción incómoda que hizo levantarse a los dos adolescentes que apenas empezabas a recuperar tras el divorcio y que la miraron de manera despectiva mientras abandonaban la sala.
Quizá algo bueno saliera de esa situación, pensaste, la presentación de tu nuevo libro andaría de boca en boca por muchas semanas, publicidad añadida que siempre es de agradecer, por lo que calmado el revuelo y gran parte de los murmullos, indicaste con un gesto a la mujer que aguardaba junto a la puerta que ocupara una de las sillas que había quedado vacía y carraspeando, para captar de nuevo la atención del respetable, diste comienzo a una nueva lectura.

Dolores Leis Parra

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Encuentro

Imagen de google

Pregunté, como se me dijo en el email, por la dueña del departamento, supe que había habido un error en las fechas y no me esperaban hasta el día siguiente aunque, por fortuna, la que iba a ser mi casera se encontraba en casa, la curiosidad del joven pasó por indagar si era «la española», como si sólo mi nacionalidad fuera importante en esa situación, para replegarse de nuevo en el silencio de los monitores que vigilaban los largos pasillos y al negocio que se cocía en su teléfono móvil.
Dos perros, uno blanco y otro negro, precedieron en las escaleras primero unas piernas, luego un grueso chaquetón de hombre para finalmente dar paso al rostro que intentaba ocultar la vejez con una capa de maquillaje de colores imposibles, pero lo más llamativo no era la pintura grotesca que cubría sus párpados o labios, sino la mata de pelo rojizo cardado que más parecía sacado de una tienda de disfraces que cabello natural. Soy coja, me dijo a modo de saludo, aunque yo nunca percibí su cojera, al contrario, siempre me costó seguirla el paso.
En España decimos que más sabe el diablo por viejo que por diablo; esa mujer, además de vieja, era la reencarnación femenina del demonio y yo, sobradita como llegué, creyéndome de vuelta de todo, caí de bruces en sus garras.

Dolores Leis Parra

Reflexiones sobre la muerte

 

No es la muerte, es ese miedo a reencarnarse en otro cuerpo que nunca recordará quien fuiste, los momentos que viviste ni lo que sentiste mientras los vivías.
No es la muerte, es el miedo a perder la identidad, son los recuerdos que abandonan el espíritu, ocultos en los bolsillos de ese traje que llamamos cuerpo y que, como él, serán devorados por las llamas o los gusanos.
No es la muerte, ni el dolor por los que quedan, es despertar y no saber en quien te has convertido ni que cuota de felicidad y sufrimiento te tocará pagar en esa nueva vida que te ofrecen.
No es la muerte, es el temor del más allá y la certeza de la desmemoria.
No es la muerte, es el olvido.

Dolores Leis Parra

Relatividad

Quien sabe lo que nos depara el pasado.
La frase no es mía, la he leído de un contacto que a su vez lo leyó en fb y me parece una frase genial, ¿qué es el futuro sin pasado? A veces hay que vivir el pasado y el futuro en el mismo plano, por igual y en paralelo, ambos son giros de una moneda lanzada al aire.
Se dice que somos la consecuencia de lo que decidimos en el pasado, no sólo ese pasado que recordamos y engloba nuestra niñez y adolescencia, no sólo de esos pasos certeros o equivocados que dimos en la vida adulta; también de todas las elecciones de las muchas vidas que nos tocó vivir en distintas épocas y con distintos cuerpos.
Podemos creer que el cuerpo que lucha por la supervivencia en este plano es el mismo que, en otras dimensiones, se manifiesta como envoltorio de una mente que necesita diferentes sueños para ser feliz de los que somos conscientes aquí y ahora… también podemos no creer.
Es cierto que nadie sabe lo que nos depara la vida, ni pasada ni futura ni presente por que éste cambia con un suspiro, una palabra, una lágrima… El presente es el más efímero de los tiempos y quizá por eso nos cuesta tanto vivir en él, es más sencillo regresar al pasado que, en su intemporalidad, se hizo eterno o renegar de ese futuro, de equilibrio incierto, en que se transforma la lágrima al deslizarse por la mejilla, y mientras, en un brevísimo lapso de tiempo nos asalta la inquietud  de no poder responder la más sencilla de las preguntas: si nos anclamos al pasado renegando del futuro ¿qué sentido tiene desafiar al presente?, y como no encontramos respuesta relativizamos, cual genio loco, los conceptos espacio-tiempo y seguimos respirando.

Dolores Leis Parra

Gatos en el tejado

 

Sarito

Talismán, mi gata imaginaria, paseaba por las planchas del tejado de los vecinos, sigilosa, al acecho, escondiendo el cuello tras la bola de pelaje que cubre su gran cuerpo mientras a la derecha, entre otras planchas de otra casa vecina, un gato plomo, no de pelaje sino de suciedad, caminaba distraído olisqueando las esquinas.
Hacía horas que Sarito se había marchado por la misma puerta que, a pesar de mi advertencia, siempre dejaban abierta las alumnas y empezada la clase no había posibilidad de abrir nuevamente hasta que el sonido de los cuencos la diera por finalizada, aproximadamente una hora después.
En mi afán de gata maternal y protectora le escuché arañar la puerta de aluminio que separa la sala del más pequeño de los patios, también oí como golpeaba con su patita la puerta de madera que da acceso a otro patio algo mayor, finalmente mi guía auditivo, que no instinto, me llevó hasta el piso superior donde lejos de hallar a mi gato encontré a los nombrados con anterioridad, ignorando la primera mi visión en la ventana, y sin dignarse siquiera a mirarme el segundo.
Soltar, no aferrarse, libertad, amar sin apegos… Entiendo todos y cada uno de estos conceptos pero el temor me impide relajarme cada vez que éste gato, alocado y jaranero, sale de paseo por el barrio. Y me asomo a la ventana buscando su pelaje canela en el jardín de los vecinos, y le llamo con la misma voz ñoña que usamos al hablar a los niños pequeños (¿cariño o estupidez?), y viene casi siempre y cuando no lo hace aguardo su salto al interior y corro a cerrar rascando de seguido su barriga blanca mientras él mordisquea suavemente y lame mi mano, besos que se hacen perdonar la intranquilidad que su ausencia me ocasiona.

Dolores Leis Parra

 

Hoy

Me siento bien, sonrío, es increíble como un pequeño logro me hace pasar de la preocupación a la euforia.
Paseo por Santiago, bajo por Estado en dirección a la Alameda, casi llegando descubro el Burger King donde un año antes hice una entrevista de trabajo, ¿porqué no? me digo, mi día bien merece un capricho. Elijo cuidadosamente, no quiero tomate, lechuga ni ninguna de las otras mariconadas que pretenden convertir la comida basura en algo saludable, sólo carne (doble), bacón y queso acompañado de mucho ketchup y mostaza.
La misma mujer que aquel día me permitió acceder a las oficinas me saluda sonriente mientras me pregunta si quiero subir al piso superior, creo ver en ese gesto que me ha reconocido, pero, quién sabe.
Me siento junto a la ventana, abro el envoltorio, saco el móvil y entre bocado y bocado me doy cuenta de que en lugar de saborear ese momento tan especial me dedico a mirar como un autómata el facebook. Apago. Me quito las gafas. Muerdo con deleite la carne jugosa que chorrea entre el tierno pan hasta mi mano, sorbo (casi rayando la mala educación) de la pajita que corona mi bebida y mientras observo la calle, y a sus transeúntes, me pongo a idear este relato. Al terminar el almuerzo bajo las escaleras, la misma mujer que me recibió se despide con un guiño, no me cabe duda, me ha reconocido.
Satisfecha, feliz, humana, recorro los pocos metros que me separan del metro.
Sonriendo, sonriendo, sonriendo…

Dolores Leis Parra

Salirse de ruta

Veo, escucho y leo, contenta ante este nuevo despertar de la consciencia y la conciencia, que algún amigo y otros conocidos virtuales, deciden dar carpetazo y empezar una vida diferente. No diré que nueva, porque nada más antiguo que recuperar la m(v)isión que se nos dio al nacer y que un alto porcentaje de seres, a fuerza de convencionalismo y cuadrícula, se vieron forzados a olvidar para sustentar una sociedad consumista que les convirtió en robot del sistema, sin alma ni sonrisa.

Va por todos aquellos que, a pesar del miedo, decidieron cambiar la comodidad de una ruta predecible para desplegar las alas, quebradas al crecer, y retornar al hogar.

Dolores Leis Parra

Cuero de chancho

«Cuando alguien decide ser fiel a si mismo y vivir de manera alternativa tiene que hacer cuero de chancho». Así le hablaba Alejandra a su hija que, con doce años, tiene muy claro lo que le gusta, lo que desea y como quiere vivir su vida a pesar de sufrir diariamente a los molestos compañeros que ni entienden ni quieren entender, mucho menos aceptar.
La intolerancia se instala en las aulas y en las calles; el intolerado se vuelve intolerante pero no sólo con los que son intolerantes con él, su grado de intolerancia se extiende a esas otras personas, siempre minorías, que como ellos ha decidido ser fieles a si mismos y vivir de manera políticamente incorrecta. De este modo se crea una especie de partido de tenis dónde la fuerza del saque tira a matar y en muchos casos mata.
Me han preguntado en varias ocasiones que cuando voy a buscar trabajo, también me han echado en cara, directamente, que no trabajo, parece que hacer joyas y venderlas (quien dice joyas dice cualquier tipo de artesanía), escribir una novela o un poemario, dar clases de yoga o artes marciales, ser entrenador personal, hacer el pino puente o bailar zapateado en la plaza principal, no es trabajo porque no te obliga a pasar ocho horas en una tienda u oficina. Si optas por ese tipo de vida te conviertes en un rebelde, por sacar los pies del tiesto, por tener el valor de abandonar matrix para regresar a tu esencia, pero es lo que has decidido y hace feliz aunque no te permita tener un lujoso coche en la puerta ni una boyante cuenta bancaria o ser el más popular de los compañeros de clase.
Me pregunto si yo también, desde mi manera actual y diferente de ver la vida me he vuelto intolerante o sólo es incomprensión y tristeza ante la manera de actuar de muchos de aquellos que no entendieron mi elección y se perdieron en el silencio, el desdén, la burla y el olvido.
Ante ello cubro mi piel con Cuero de chancho que, aún revestida, siente de cuando en cuando la cuchilla que sin querer o queriendo trata de degollarlo por intentar vivir fuera de los límites de la vanidad.

Dolores Leis Parra

Si yo te contara

No hay mayor riesgo en este oficio, aparte del de morir de hambre, que tus amigos y no tan amigos descubran a lo que te dedicas, todos tienen un conocido cuya vida (por no decir la propia) es digna de una novela y debes sentirte afortunado porque de entre los miles de escritores que pueblan esta tierra es a ti a quien han elegido para que la cuentes. Si me dieran un euro por cada vez que la famosa frase ha sido susurrada en mi oído no digo que sería millonaria pero, de seguro, para más de una noche de farra me llegaría; y por supuesto no creo ser la excepción.
Pensar que con nuestra vida se puede escribir una novela es la mayor prueba de vanidad que nos envía el universo, si a eso se le suma que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a la literatura, la vanidad, no cabe duda, se transforma en ego.
P.D: La sombra de la muerte planea sobre uno de los personajes.

La torre

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Tengo el blog ligeramente (¿ligeramente?) abandonado. Podría escudarme en que estamos en verano (vivo en el hemisferio Sur) y es bien sabido que en esta época todos colgamos el letrero de «cerrado por vacaciones» en la última entrada y no abrimos hasta que las noches estivales comienzan a refrescar; pero sería engañarme a mí misma porque lo cierto es que aunque los poemas han acompañado a la estación y al mar, no me decido a compartirlos pues me alimento de la esperanza (y la ilusión) de formar un poemario, digno y veraz, que emocione y guste al posible lector, y para ello creo que la sorpresa de lo inédito es importante, aunque quien sabe, quizá, como en tantas otras ocasiones, esta apreciación esté equivocada.
Canas forma parte de esos poemas de mar, escrito cuando las olas aún resonaban en los oídos urbanos y el bañador recién salía de la lavadora tras eliminar los últimos residuos de sal que, rebeldes, se adherían a la tela. No sé si como muestra sirve un botón, pero si persisto en la idea será el único que alcancen a leer. No se confundan no abandono su escritura, «mi escritura», tampoco cierro el blog, ni por vacaciones ni por derribo, es mi torreón, al que me subo cuando necesito otear el horizonte y encontrar palabras para sobrevivir.

Dolores Leis Parra

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