Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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El Loco y el Mundo


Ilustración: Zomí

Desaprender lo aprendido, desandar los pasos. Ir de la meta al inicio, del Mundo al Loco.
Desprenderse de lo impuesto, de los tesoros heredados, de las palabras nunca dichas.
Cometer errores, nuevos, por supuesto, no vale repetir.
Aprender de lo desaprendido y andar lo desandado en busca de la nueva senda. Volver al principio con la inocencia del Loco que te habita y en más de una ocasión has querido asesinar.
Desaprender, desandar, partir desde el viento al agua, del agua al vientre, del vientre a la matriz, de la matriz al óvulo y el esperma.
Dejar nuevas huellas, borrarlas para no perderse.
Viajar del Mundo al Loco y después, renacer.

Dolores Leis Parra

La calma del desierto

Viajaba de Roma a Santiago cuando tras varias horas de vuelo el bullicio de los pasajeros se detuvo, las pantallas dejaron de brillar, los motores apenas se percibían, todo quedó en segundo plano, la calma se hizo palpable, el silencio audible, un momento mágico en el que creí que el sueño me había vencido (he aprendido a relajarme en los aviones, de las 13 horas que dura el viaje al menos nueve las paso dormitando) pero estaba despierta con una paz que jamás había sentido. Busqué el mapa de ruta, todos los aviones, de largo recorrido al menos, te muestran que parte del mundo sobrevuelas en tiempo real, no sé que esperaba encontrar pero no me sorprendió ver que estábamos atravesando el Sahara, ese inmenso desierto que a pesar de que algún tratado dice pertenecer a Marruecos, es territorio de libertad.
Ayer, viendo la película de John Wick le vi caminar por desierto y con cada uno de sus pasos rememoré aquella tranquilidad que me invadió lo que duró mi paso por el Sahara, pensé en que si me había sentido así volando sobre él que no sería el poner los pies sobre su arena y tomarla entre mis manos.
Los pensamientos siguen su lógica particular y saltan de uno a otro sin orden, por asociación de ideas y en la noche recordé cuando años atrás, paseando por el H2O de Rivas encontré una mini feria esotérica, en uno de los puestos te mostraban tu vida pasada, una antigua reencarnación; era poco confiable, ponías la mano sobre un semicírculo con luz y en pocos segundos aparecía impreso de dónde provenías, costaba 3 euros importe que mi bolsillo se podía permitir, la muchacha, más atenta al móvil que a mí, me tendió un papel con la información de la máquina adivina. Provenía de África, había sido vendida y transportada a Europa como esclava. En ese momento me visualicé con la piel negra, el pelo crespo y los dientes salientes (supongo que influenciada por las películas y series de esclavos con que nos invade la tele), ahora, después de sentir el desierto, pienso que pude ser una beduina, África es África más allá del color de la piel, cuyo cuerpo sintió el llamado de los ancestros, de la raíz tirando de mí. Y cobró sentido aquel sinsentido que me dijo la máquina.
Si un día piso el desierto espero volver a sentir esa calma, ese silencio y tal vez encuentre las palabras para transportaros a su magia, aunque para poder contarlo deba esperar a que, con el paso del tiempo, una imagen o un acontecimiento le vuelva a dar orden y sentido a mis pensamientos.

Dolores Leis Parra

Somos leyenda

Siempre he creído en los poetas malditos, para mí es grata y tranquilizadora su lectura porque no pretenden dar ninguna lección de vida, ni mostrarte un mundo rosado que las más de las veces no pasa de ser un rojo desteñido. Ellos, los malditos, no pintan el universo como la panacea para todos tus problemas, al contrario, te hablan de fango, de miedo, de adicciones, tormentos, bucles, paranoias, más miedo. De la culpa que acecha detrás de una copa de vino, del pánico al escuchar la sentencia de una prueba médica, del amor que te abandona o del abandonado, de tantas pérdidas…

«Tú también eres una poeta maldita, has sido alcohólica, te has marcado una buena colección de cagadas, has visto monstruos en los espejos…»

Cierto que fui (¿es correcto usar el pretérito?) maldita, más en esa época no era poeta, entre la bruma de cervezas y gin-tonics, con la vista fija en una lámpara que no dejaba de girar, se perdieron el total de los versos, sin fuerzas ni conciencia para llevarlos al papel. Ahora escribo poesía, sé que ningún universo me va a dar por arte de magia lo que deseo, que odiar forma parte del ser humano y es necesario en algunos momentos para no perder la cordura, que el que da amor no siempre es pagado con la misma moneda y que a las mejores personas (casi) siempre les caga la vida.

Quizá la figura del poeta maldito sólo sea una leyenda pero me gusta pensar que es real y que alguna vez fui uno de ellos.

Dolores Leis Parra

 

Sopa de letras

Hacía algunos años que no lograba sentirme orgullosa de mi trabajo -cuando  hablo de trabajo me refiero al de escritor que, al fin y al cabo, trabajo es-, poesía, novela, relatos, el blog, todo se me hacía un mundo y nada de lo que quedaba plasmado en el universo virtual me hacía sentir conforme, unas veces porque mostraba más de lo que deseaba, otras porque me resultaba tan frívolo y lejano que no conseguía reconocerme en los textos; y yo no concibo escribir desde la distancia, sobre todo si hablamos de poesía; o está inundada de alma o es papel mojado (por supuesto una opinión personal que admite discrepancias).
Me costó mucho dar por terminado el poemario, confieso que todavía añado algún poema nuevo que se gesta en el insomnio y nace con la mañana, pero no puedo evitarlo, siempre me pregunto si los elegidos son los que deben estar y ante la ambigüedad de la respuesta lo dejo tal cual, relajarse o morir.
Pero a lo que iba que me pierdo, en los últimos tiempos he tenido la fortuna de que la Gaceta Peuco Dañe compartiera uno de mis poemas, de que otro haya sido seleccionado entre más de 1100 para formar parte de una antología de versos de amor que editará Diversidad Literaria, de terminar el citado libro de poemas, de retomar el blog cuando, por problemas tecnológicos, lo creí perdido, de impartir un taller de lectoescritura a niños de básica en el Liceo Luis Humberto Acosta en El Monte, por cierto, taller en el que todos aprendemos, yo la primera…
Confieso que hacía muchos años que no conseguía valorar mi trabajo, pensaba que si el reconocimiento no venía de fuera era un reconocimiento sin valor pero cuando empecé a creer de nuevo en lo que escribía, a dejar de temer a las palabras y a los sentimientos que estas mostraban, cuando recuperé la diversión que para mí siempre supuso sentarme frente a una máquina de escribir, logré dejar atrás toneladas de miedo y quintales de duda, y hoy, después de recibir tanto cariño y afecto por parte de amigos, conocidos y contactos de las redes sociales que se alegran conmigo de mis pequeños logros, me siento recompensada por todos esos meses en los que anduve perdida en el mar de las letras cual sopa en busca de lápiz que encontrara las palabras escondidas.
Gracias a todos los que estáis, también a los que son aunque no están.

Dolores Leis Parra

…más cine por favor

Fotograma de «Palmeras en la nieve»

Han sido jornadas de cine, tres películas en dos días, tres películas que me han llegado al corazón y a las tripas…
Debo confesar que no he sido nunca cinéfila y que es ahora, en la vejez, cuando empiezo a disfrutar de este maravilloso arte. Qué nadie se lleve las manos a la cabeza, no es mi cometido hacer crítica de ellas, tampoco estoy capacitada para criticar nada que no sea mi propia obra, pero no puedo dejar de nombrarlas por si alguien con gustos similares, y sensibilidad a flor de piel, se anima.

-El hilo invisible (2017)
-Hostiles (2017)
-Palmeras en la Nieve (2015)

Esta última es una adaptación de la novela de Luz Gabás que, por motivos tecnológicos, no pude leer en su momento y que ahora, tras ver la hermosa y dramática historia que esconde sus páginas, me hace cuestionarme mi capacidad como escritora. Si la película es maravillosa cómo no ha de ser el libro.

Pues nada a seguir echándole ganas sin caer en el desaliento…

¡A ponerle empeño no más!

Dolores Leis Parra

Un día como hoy

Hace tiempo que los recuerdos que facebook me trae cada mañana son escasos y totalmente anodinos, me cuesta reconocerme en esas frases sin fuerza, en esas fotos cliché, en esa mujer que parecía querer demostrar que seguía ahí a pesar de silencio al que estaba condenada.

Facebook es la constancia de lo vivido, a diario entremezcla actualidad y recuerdos que muchos vuelven a compartir intentando convencerse de que cualquier tiempo pasado (no) siempre fue mejor, recuerdos mostrados con orgullo, con nostalgia, con esa letanía de repetir, mientras que yo sólo puedo deslizar el ratón y dejar que continúen ocultos en ese espacio que la aplicación titula, casi a modo de burla, «un día como hoy», como si hoy fuera todos los días.

¿Vivimos para facebook? ¿Son reales esos momentos o sólo pose para acaparar pulgares hacía arriba y corazones? ¿Existe lo que no se comparte en las redes sociales? Miro ese pasado y no sé si es que no supe captar los momentos o simplemente mi vida se diluyó en esa nube que llamamos internet, pero me niego a creer que la Dolores de los primeros facebook y la de los últimos son producto de la madurez que nace de cumplir años y desperdiciar sueños. Lo bueno, y aunque alguno se eche las manos a la cabeza, es que creo estar recuperándola y quizá el año que viene los recuerdos sean dignos de ser recordados… y si no, no.

Dolores Leis Parra

 

Reflexiones sobre la muerte

 

No es la muerte, es ese miedo a reencarnarse en otro cuerpo que nunca recordará quien fuiste, los momentos que viviste ni lo que sentiste mientras los vivías.
No es la muerte, es el miedo a perder la identidad, son los recuerdos que abandonan el espíritu, ocultos en los bolsillos de ese traje que llamamos cuerpo y que, como él, serán devorados por las llamas o los gusanos.
No es la muerte, ni el dolor por los que quedan, es despertar y no saber en quien te has convertido ni que cuota de felicidad y sufrimiento te tocará pagar en esa nueva vida que te ofrecen.
No es la muerte, es el temor del más allá y la certeza de la desmemoria.
No es la muerte, es el olvido.

Dolores Leis Parra

Relatividad

Quien sabe lo que nos depara el pasado.
La frase no es mía, la he leído de un contacto que a su vez lo leyó en fb y me parece una frase genial, ¿qué es el futuro sin pasado? A veces hay que vivir el pasado y el futuro en el mismo plano, por igual y en paralelo, ambos son giros de una moneda lanzada al aire.
Se dice que somos la consecuencia de lo que decidimos en el pasado, no sólo ese pasado que recordamos y engloba nuestra niñez y adolescencia, no sólo de esos pasos certeros o equivocados que dimos en la vida adulta; también de todas las elecciones de las muchas vidas que nos tocó vivir en distintas épocas y con distintos cuerpos.
Podemos creer que el cuerpo que lucha por la supervivencia en este plano es el mismo que, en otras dimensiones, se manifiesta como envoltorio de una mente que necesita diferentes sueños para ser feliz de los que somos conscientes aquí y ahora… también podemos no creer.
Es cierto que nadie sabe lo que nos depara la vida, ni pasada ni futura ni presente por que éste cambia con un suspiro, una palabra, una lágrima… El presente es el más efímero de los tiempos y quizá por eso nos cuesta tanto vivir en él, es más sencillo regresar al pasado que, en su intemporalidad, se hizo eterno o renegar de ese futuro, de equilibrio incierto, en que se transforma la lágrima al deslizarse por la mejilla, y mientras, en un brevísimo lapso de tiempo nos asalta la inquietud  de no poder responder la más sencilla de las preguntas: si nos anclamos al pasado renegando del futuro ¿qué sentido tiene desafiar al presente?, y como no encontramos respuesta relativizamos, cual genio loco, los conceptos espacio-tiempo y seguimos respirando.

Dolores Leis Parra

Cuero de chancho

«Cuando alguien decide ser fiel a si mismo y vivir de manera alternativa tiene que hacer cuero de chancho». Así le hablaba Alejandra a su hija que, con doce años, tiene muy claro lo que le gusta, lo que desea y como quiere vivir su vida a pesar de sufrir diariamente a los molestos compañeros que ni entienden ni quieren entender, mucho menos aceptar.
La intolerancia se instala en las aulas y en las calles; el intolerado se vuelve intolerante pero no sólo con los que son intolerantes con él, su grado de intolerancia se extiende a esas otras personas, siempre minorías, que como ellos ha decidido ser fieles a si mismos y vivir de manera políticamente incorrecta. De este modo se crea una especie de partido de tenis dónde la fuerza del saque tira a matar y en muchos casos mata.
Me han preguntado en varias ocasiones que cuando voy a buscar trabajo, también me han echado en cara, directamente, que no trabajo, parece que hacer joyas y venderlas (quien dice joyas dice cualquier tipo de artesanía), escribir una novela o un poemario, dar clases de yoga o artes marciales, ser entrenador personal, hacer el pino puente o bailar zapateado en la plaza principal, no es trabajo porque no te obliga a pasar ocho horas en una tienda u oficina. Si optas por ese tipo de vida te conviertes en un rebelde, por sacar los pies del tiesto, por tener el valor de abandonar matrix para regresar a tu esencia, pero es lo que has decidido y hace feliz aunque no te permita tener un lujoso coche en la puerta ni una boyante cuenta bancaria o ser el más popular de los compañeros de clase.
Me pregunto si yo también, desde mi manera actual y diferente de ver la vida me he vuelto intolerante o sólo es incomprensión y tristeza ante la manera de actuar de muchos de aquellos que no entendieron mi elección y se perdieron en el silencio, el desdén, la burla y el olvido.
Ante ello cubro mi piel con Cuero de chancho que, aún revestida, siente de cuando en cuando la cuchilla que sin querer o queriendo trata de degollarlo por intentar vivir fuera de los límites de la vanidad.

Dolores Leis Parra

Si yo te contara

No hay mayor riesgo en este oficio, aparte del de morir de hambre, que tus amigos y no tan amigos descubran a lo que te dedicas, todos tienen un conocido cuya vida (por no decir la propia) es digna de una novela y debes sentirte afortunado porque de entre los miles de escritores que pueblan esta tierra es a ti a quien han elegido para que la cuentes. Si me dieran un euro por cada vez que la famosa frase ha sido susurrada en mi oído no digo que sería millonaria pero, de seguro, para más de una noche de farra me llegaría; y por supuesto no creo ser la excepción.
Pensar que con nuestra vida se puede escribir una novela es la mayor prueba de vanidad que nos envía el universo, si a eso se le suma que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a la literatura, la vanidad, no cabe duda, se transforma en ego.
P.D: La sombra de la muerte planea sobre uno de los personajes.

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