Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Archivar para el mes “marzo, 2013”

Presentación de El último Bernal en Villaescusa de Haro

Sábado de gloria, día de descanso en los festejos de la Semana Santa. Tras la muerte de Jesús, los devotos esperan la llegada del domingo de resurrección y entre tanto los vecinos del pequeño pueblo de Villaescusa de Haro, deben decidir como pasar esas horas que la iglesia le da de asueto.

Son pocos los habitantes a diario, pero como en muchos pueblos de España, su población se duplica o incluso triplica, cuando llegan fiestas o puentes que como en el caso de la festividad que hoy termina, se convierten en acueductos.

No elegimos ese día para presentar El último Bernal de manera fortuita, éramos conscientes de que el pueblo se llenaría, los bares bien lo evidenciaban, apenas un pequeño sitio en la barra donde pedir las consumiciones y retirarte inmediatamente para dar paso al siguiente. Las mesas cuyo cometido principal deriva, en la partida que acompaña a la sobremesa, cambia las cartas y tapetes por cañas, chatos de vino y raciones de calamares, ajoarriero o morteruelo entre otras delicias, que puedes disfrutar en el bar de Chema o en el Saga.

Tras los diez minutos de cortesía y con la sala prácticamente llena, empezamos la presentación literaria con la intervención de Cayetano que abría el evento. Cayetano, es uno de los editores de la revista Altheia, su preocupación por la cultura es conocida por todos, facilita cualquier acto a llevar a cabo y está presente allí donde se le requiere. Su juventud es un motor para hacer de Villaescusa de Haro un referente cultural y social. Aunque confesó no haber leído aún la novela, no puedo obviar sus bonitas palabras a la hora de presentar el acto y al autor, o sea a mí, porque si hay algo de lo que puedo enorgullecerme es de ser aceptada como uno más de los paisanos, a pesar de que, como reitero en mi primer artículo publicado en la revista antes mencionada “yo no soy de aquí”.

La sala continua llenándose, algunos quedan en la puerta, pues huecos libres ya no quedan para escuchar desde el interior.

Sentado a mi derecha, Adolfo M. Martínez, pintor, escultor, escritor, artista polifacético donde los haya. Él también quiso acompañarme. De él precisamente surgió la idea y el ofrecimiento para presentarla en el hermoso marco del Palacio rural Univérsitas, donde hace 500 años iba a estar ubicada la universidad que finalmente recaló en Alcalá de Henares. ¿Cómo resumir sus palabras? Imprevisibles y sorprendentes. Sólo puedo decir que Adolfo es Adolfo, sin más calificativos.

Cuando tan singular personaje me dio la palabra temí que los nervios me traicionaran y el temblor de la voz hiciera de mi intervención un cúmulo de balbuceos que ni siquiera recurriendo a leer las páginas que llevaba preparadas para casos de emergencia, pudiera salvar. Pero como bien me dijo Cayetano, estaba en familia y sintiendo que así era, conseguí que mi discurso fuera claro y al parecer ameno. Hasta aplausos me dedicaron al final del mismo.

Pero lo más emotivo, lo que te llega al corazón, es la firma de ejemplares. No sabes cómo agradecer a todas esas personas que han comprado tu libro y esperan para que manuscribas una dedicatoria en el. Cómo agradecer a todas esas personas que sin poder permitirse su compra no han dudado en acudir esa tarde de sábado, a la presentación literaria que anuncian los carteles, donde una tal Dolores Leis Parra hablará de su novela El último Bernal. Soy incapaz de expresar en palabras tantas emociones, quiero decir tanto que el temor a quedarme corta sólo me permite sonreír, feliz y agradecida a todos los que se acercan a mí.

Hermoso oficio el de escritor que tras años de lucha con personajes ficticios, de encierro teniendo como única compañía la inspiración, te permite tales satisfacciones al final del camino. Ahora la obra ya no me pertenece, ha escapado de mis manos para volar a las estanterías y cajones de todos esos lectores que han tenido a bien abrir sus puertas a Jimena Martínez del Rosal, a don Emiliano Bernal, a Lolita Mayoral y a tantos personajes que conforman la historia.

Sirva este escrito para dar las gracias a todos, a los que estuvieron y a los que no; porque finalmente, de todos ellos, es El último Bernal.

Dolores Leis Parra

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Galería de retratos sin amor

― Señorita Jane ¡Señorita Jane!

Jane Morevil, levantó la mirada, su mano suspendida en el aire con la pluma goteando tinta y llenando de borrones la blancura que momentos antes impregnaba el papel. Sus ojos se toparon con la cara redonda y enrojecida de la muchacha que había tomado a su servicio. La joven retrocedió asustada ante aquellos ojos fríos, que mostraban el color de los cuchillos que Antuna, la cocinera utilizaba para despiezar la carne.

― Señorita Jane― ahora la voz era apenas un susurro― tiene que bajar al despacho del señor.

― No puedo y además no quiero― la joven doncella se iba encogiendo al escuchar los sonidos que la sibilina lengua producía― El señor sabe que no debe molestarme, que mi ira será desatada en contra de los dioses que pueblan su guarida por no obedecer mi mandato.

La joven aterrada ante lo que sus oídos no podían negarse a escuchar, permanecía hipnotizada en el umbral, la pluma que minutos antes goteaba su negra sangre, ahora, seca, apuntaba hacía su pecho amenazando con buscar nuevo color a sus palabras.

Jane Morevil sonrió, era consciente del efecto que su dramatismo creaba en las personas que le rodeaban, ninguna, ni tan siquiera la fiel nana, llegó nunca a acostumbrarse a esos personajes que poblaban su mente y más a menudo de lo que pudiera desearse, afloraban hasta los labios trasformando a la tierna y dulce Jane, en un monstruo viperino.

― Ya puedes retirarte― ¿en qué momento los ojos se trasformaron en un cálido mar?― dile al señor que ha sido de gran ayuda ¡Corre! ¿No ves que los fantasmas huirán de mi lado para escapar contigo si persistes en mantener la puerta abierta?

Y la joven doncella cerró y después corrió escaleras abajo hasta alcanzar la salida. No paró hasta llegar a casa de su madre donde testaruda, a pesar de los ruegos, se negó a regresar al hogar donde apenas el día anterior le habían ofrecido trabajo.

 

― Jane querida― lord Morevil, que observó como de nuevo era Antuna quien debía encargarse de servir el almuerzo, se dirigía a su esposa― tendrás que buscar una nueva doncella, la joven que esta mañana trajo el desayuno ha desaparecido ¿has tenido algo que ver en ello?― preguntó conocedor del cambiante humor de su esposa.

― Por supuesto que no mi amado lord. He estado encerrada toda la mañana en mi pequeño refugio del altillo. No bien tome la pluma la inspiración llegó. No habría tolerado ninguna interrupción.

― Deduzco pues, que disfrutaremos de una hermosa velada de lectura― dijo resignado Morevil― Más ¿quién se encargará de servirnos los licores?

― Nada de licores querido que luego personajes terroríficos pueblan tu imaginación.

― Son los fantasmas que tu creas. Me odian porque te saben mía.― Lord Morevil miró el retrato del difunto primer marido de Jane― Peter sonríe, sabe que estoy en lo cierto.

― Peter nunca supo estar a mi altura. Pero aprenderás ¿verdad amor?― levantó la copa hacía el retrato― Esta noche escucharás mi mejor relato, lamentando no haber sido tú el hado que lo inspire.

La chimenea crepitó y con un golpe seco el tronco cayó fuera del hogar. Antuna, corrió presurosa a recogerlo, para con unas tenacillas y mucha precaución, devolverlo al interior.

― Todos siguen enamorados de ti amada Jane, por eso ninguno se va de tu lado. Muestran enfado ante la distinción con que me honras. Porque te saben mía y no lo pueden soportar.

Lord Morevil miró los rostros que le devolvía la galería de retratos, todos ellos, en un tiempo u otro, habían estado casados con Jane, Jane Clarens, Jane Murtón, Jane Hunter, y así hasta quince maridos a los que había sobrevivido sin perder un ápice de su juventud.

― Y tú mi amado lord ¿abandonarás la casa cuando llegue tu hora?

― Nunca, salvo que ese sea tu deseo.

― Gracias querido. Sabes que a ti también te necesito junto a mí.

 

Jane Spencer posó sus fríos ojos en el sofá donde el hombre trataba de alimentar a su bebé, el llanto intempestivo del retoño le habían hecho perder el hilo de la narración que en ese momento centraba toda su atención.

― ¿No puedes hacerlo callar?― preguntó con voz cortante.

― Tiene hambre Jane― repuso él, que enamorado como estaba, perdonaba esas impertinencias que indudablemente eran un mecanismo de defensa ante la pérdida de  inspiración― tal vez si su madre le diera el biberón― se aventuró dubitativo.

― No tengo tiempo ¿verdad queridos? Esperan mi próxima novela en unos días, no puedo defraudar a mis lectores. Nunca lo he hecho. Nunca lo haré.

Frente al escritorio estaban los cuadros de sus muchos maridos, y hacía ellos dirigía su mirada al hablar, todos habían comprendido que nada había más importante para Jane que sus novelas, muchos lo hicieron casi al final de sus días, cuando ella rubricaba la última página con la palabra fin, que misteriosamente y en la mayoría de los casos, coincidía con sus defunciones. Dieciocho maridos, dieciocho entierros, dieciocho tumbas que visitar y donde depositar flores…

― ¿Cuándo aceptarás ser mi esposa Jane?

Jane Spencer retornó al teclado, no hubo respuesta, solamente se escuchó el suave sonido de los dedos al escribir; el niño, cerraba los ojitos y sonreía complacido dejando entrever su tierna lengua entre la tetina del biberón. La palabra fin, apareció al final del texto, junto a ella una fecha, Marzo de 2013; guardar documento, cerrar el programa, apagar el ordenador.

― Nunca seré tu esposa― los ojos habían adquirido la calidez del mar mientras tomaba con suavidad el bebé― Es mejor para nosotros que todo continúe como hasta ahora.

― Pero yo te amo Jane.

― Y yo te amo a ti cariño― mecía al niño con una mano, con la otra, acariciaba la mejilla de su pareja― Tú has sido mi único amor, por eso me niego a casarme contigo.

― No insistiré aunque no lo entiendo, si tú realmente me amaras…

Los finos dedos de Jane se posaron sobre los labios para evitar que siguiera hablando. Ceños fruncidos aparecieron por doquier en los retratos, alguno incluso, que la amó más que a su vida, no evitó las lágrimas de rabia o de dolor, que se deslizaban emborronando el oleo de sus mejillas. Duele oír por boca del ser amado la no correspondencia de tu amor. Duele descubrir que al final, tu muerte, ha sido en vano.

Dolores Leis Parra

La confusión de un sueño

Hoy me he despertado confundida, regresaba de un sueño en el que mi casa no era mi casa, aún sabiendo que estaba en mi habitación. Buscaba las zapatillas donde todas las noches las dejo preparadas facilitando su encuentro sin tener que mirar, pero mi pie sólo siente la suave textura de la madera, abandono el calor con fastidio y me arrodillo aunque bajo la cama solamente encuentro las docenas de pares de calzado que pertenecen al extenso zapatero de mi hija, pero ella tampoco está. Recuerdo (y eso es cierto) que quedó con una amiga a la que hacía tiempo no veía, la amiga acababa de regresar de Inglaterra, mezclo los recuerdos, se reunieron hace días… sé que mi hija no está, tiene clase en la universidad pero ¿me ha besado cuando se ha marchado?, entre sueño y vigilia recuerdo que sí, que me besó la mejilla antes de irse, incluso le pregunté la hora a la que pensaba regresar.

Me levanto más confundida aún que cuando fui consciente de que simplemente soñaba, las camas están vacías, todas las camas. ¿Cuándo se fueron los moradores de esta casa? ¿Me besaron al marchar? Besos, besos y más besos. Hoy mi casa está vacía de besos ¿o es qué acaso no soy yo la destinataria de ellos?

Por fortuna al abrir los ojos constato que sigo entre las mantas. No hay zapatos bajo la cama, mis viejas babuchas esperan en el suelo que mis pies cubiertos de calcetines las calcen. Las camas están vacías, pero todos me besaron, rodearon mi cuello con sus brazos y depositaron los cálidos labios en mi rostro antes de partir. Aparto la confusión pero no aparto el sueño que se queda enredado en estás letras. Cómo me gustaría saber interpretarlos, me digo anhelando uno de esos poderes que la naturaleza me negó, deseando una sabiduría que me es ajena. Lo único que me queda es implorar antes de que el olvido se encargue de borrarlo definitivamente del recuerdo, quizás a alguno de vosotros no le importe compartir su significado…

La más bella historia de Amor

Debatían tres amigas sobre el Amor, pero no uno cualquiera, hablaban del Amor con mayúsculas, ese Amor que te entra y se enreda en cada gota de tu sangre, cada trozo de epidermis, cada cabello del pubis, cada neurona del cerebro. Ese Amor en el que no te importa arder pues eres feliz en las cenizas.

Una de ellas, la mayor en edad, más no en sabiduría, negaba que algo así existiera, había mantenido diversas relaciones, en todas ellas creyó encontrar la pareja, el hombre destinado a ser su complemento. Pero siempre alguna carencia llevaba a la irremediable ruptura, la conversación, el sexo, la distancia, el acercamiento, mi espacio invadido, tu ausencia prolongada… No, determinó, un Amor así no existe.

Trataron las amigas de interrumpir aquel monólogo, más monólogo al fin y al cabo, fue imposible meter baza. En un momento, que no se sabe bien si fue por falta de resuello o porque no tenía nada más que decir, calló mirando su taza de café mientras interiormente se  preguntaba cómo diablos había llegado hasta allí.

Habló pues otra de ellas. Su opinión era clara y por supuesto acertada. Un amor así tenía que existir lo difícil era encontrarlo. Ella creyó alcanzar la felicidad en brazos de un amor con mayúsculas, pero tras más de una década de tocar el cielo, se descubrió una mañana llorando de soledad mientras observaba aquel cuerpo desnudo que dormía a su lado, sin reconocer en él, la piel que durante la noche acariciara, los labios que besara, el sexo que con tanta delicadeza recibió en su interior. El Amor existía por supuesto, pero ella no se molestaría en buscarlo, su tiempo era demasiado valioso para perderlo tras alguien que difícilmente podía cruzarse contigo entre los millones de habitantes que pueblan el planeta.

La tercera amiga, sólo escuchaba, ¿cómo explicarles que ella había encontrado ese Amor y no una, sino decenas de veces? Lo había conocido en los bares de copas que frecuentaba las noches del sábado; en los viajes de negocios que la mantenían durante varios días apartada de Madrid; en el vecino del cuarto que alguna vez le abría la puerta de su apartamento y retiraba con suavidad la manta de la cama para apretarla contra su pecho y hacerla gozar. El Amor con mayúsculas, como ellas le llamaban, existía, lo único que tenían que comprender es que no era eterno, que podía durar minutos, horas, semanas, que en definitiva, era perecedero como el yogur o el jamón de york. Pero las conocía demasiado bien para decirlo y sabiendo por lo escuchado que nunca entenderían su certeza, compuso la mejor de las sonrisas y murmurando una disculpa se levantó para marcharse.

― ¿Y a esta que la pasa?― preguntó la primera, de nuevo con palabras en los labios o el resuello recuperado, ya que no estaba claro lo que la había hecho callar.

― Déjala, siempre ha sido muy rarita. Como no conoce el amor ¿qué puede decirnos sobre él?

― Pues que va a decir, que no existe.

― O que existe pero no lo encuentra.

Esta frase dio pie de nuevo, a que cada una defendiera su postura sobre el amor, repitiendo una y otra vez los mismos argumentos, sin prestar ojos ni oídos al corazón que empezó a latir más deprisa cuando el verdadero Amor pasó junto a ellas.

Dolores Leis Parra

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