Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Archivar para el mes “enero, 2013”

Un chaval popular

Le observaba a diario desde aquella esquina del patio de la que había hecho su rincón. Siempre rodeado de amigos, chicos y chicas, una corte de aduladores que revoloteaban en torno a él.

Suspiraba, pellizcaba una pequeña porción de bocadillo que llevaba a los labios con desgana, para suspirar nuevamente después de masticarlo. Y así día tras día desde que poco después de empezado el curso, sus ojos se encontraron con los de él; y su forma de actuar no había pasado desapercibido a las muchachas de clase que a su espalda, susurraban y daban codazos a modo de burla. Pero a ella no le importaba, era una de los tantos que había caído rendida al encanto que destilaba. Alto, moreno, ojos claros, sonrisa franca y ese cuerpo de patricio noble que tan hábilmente mostraban las películas de romanos.

Sucedía en ocasiones, que entre tanto suspirar, la mochila repleta de libros escapaba de su hombro provocando en su caída un ruido sordo que la devolvía a la realidad. Bendita realidad. A punto estuvo de pellizcarse para asegurarse de que no estaba dormida. Frente a ella, tendiéndole la maltrecha mochila, se encontraba el objeto de sus deseos.

― Eres la empollona de tercero ¿verdad?

Por casi se ahoga, el trozo de bocadillo que en ese momento se alojaba en su boca no quería pasar, vuelta y vuelta, tragándolo entero para poder asentir sin los carrillos hinchados a su pregunta.

― Tenía ganas de conocerte.― continuó él interpretando su silencio como una invitación― Siempre he deseado ser un empollón, de hecho lo soy― sonrió, más ella no le imitó― mis notas no bajan de nueve. Como sabrás para tener esa media hay que dedicar muchas horas al estudio

“O sentarte junto al más inteligente de tu clase y ser un águila copiando” pensó ella; más prefirió guardas sus pensamientos.

― Decididamente me hubiera gustado ser un empollón― suspiró resignado al ver que no era capaz de romper la timidez que envolvía el silencio de ella.

“Para que te llamen empollón debes usar gafas, tener dientes de conejo, ser flacucho y que tu cara se encuentre llena de granos” pensó ella que afortunadamente y aún siendo una empollona, carecía de la última cualidad.

― Un placer conocerte empollona de tercero― se despidió tendiéndole la mochila, viéndose incapaz de sacarla una palabra ― me encantará recoger de nuevo tus libros en otro momento.

Ya se alejaba cuando la voz de ella le obligó a detenerse.

― Y a mí me encantará que lo hagas, tío bueno de bachillerato.

Enrojeció ella ante el atrevimiento. Enrojeció él al escuchar aquel piropo de sus labios.

Él, realmente deseaba ser un empollón. Que los demás vieran más allá del físico que lucía; le hubiera gustado disfrutar en soledad de aquella media hora de recreo, en lugar de asentir con una sonrisa a las frivolidades que escuchaba de aquellos que consideraba sus amigos.

Por el contrario ella hubiera preferido ser alta y rubia, de pecho generoso y culo prieto, sólo para poder participar de aquellas banales conversaciones en las que siempre había risas.

“La había llamado empollona de tercero” pensó cuando le vio irse.

“Me ha llamado tío bueno de bachillerato” pensó mientras se iba.

Cuando se hallaban a cierta distancia ambos rompieron a reír y sus carcajadas sonaron tan fuerte que ni el implacable timbre que anunciaba el regreso a las aulas, consiguió hacerlas enmudecer.

Dolores Leis Parra

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Mirta y la fuente

Mirta estaba fascinada con la fuente de piedra que se levantaba en el centro del jardín.

Todas las tardes encaminaba sus pasos hacía allí, recorriendo el pequeño sendero entre los rosales y quedaba frente a ella, observando en la más absoluta quietud el brotar acompasado del agua. Lo que duraba un parpadeo, era el tiempo que Mirta se permitía sonreír para volver a la impasibilidad que acompañaba a la acción de mirar.

Había llegado la fuente varías semanas atrás, procedía de uno de los muchos viajes que el papá de Mirta realizaba a lo largo del mes. Según contó venía de un país lejano, al otro lado del mar, de un mundo exótico cuya manera de entender y vivir nada se asemejaba al encorsetado modelo al que estaban acostumbrados. Bebía la niña sus palabras, curiosa y maravillada a parte iguales, ansiosa por poder admirar aquel objeto que su padre no dejaba de alabar. Tal era la expectación, que el día señalado todos en la casa gozaron de bula para faltar a sus respectivas obligaciones, Mirta entre ellos, que vio con alegría como perderse un aburrido día de clase.

El camión con pluma que la transportaba, era demasiado grande para el pequeño bulto que depositó en el jardín, la decepción de los presentes se hizo tan evidente que el padre hubo de aclarar que el tamaño del camión era necesario por el enorme peso que habría de descargar. No muy convencida, Mirta alejó su atención para dedicarse a seguir el vuelo de un gran abejorro que revoloteaba por los alrededores y no dejó de entretenerse con las naderías que nos ofrece un jardín en primavera hasta que tiempo después- cuando ya los estómagos rugían reclamando su ración de alimento- no estuvo la fuente desembalada y funcionando, manando agua por los conductos que alguien había acoplado al surtidor. Mirta se quedó embelesada, el agua se perdía en el cristal de sus ojos, la piedra la envolvía el frío del alma. Mirta se hizo roca, se hizo agua. Mirta, ante la desolación del padre que minutos antes reía feliz, se olvidó de que era una niña.

No es que la fuente fuera una maravilla arquitectónica. Era de roca blanca, con finos grabados que el paso de los años y las inclemencias del clima habían desgastado hasta no permitir distinguir de qué se trataba. Fue precisamente esa imprecisión lo que llamó la atención del padre, motivo suficiente para decidirse a adquirirla ya que pasó horas tratando de descifrar esas imágenes de las que no podía separar la mirada. Algo similar, según pudo observar, le estaba sucediendo a Mirta, alarmado ante la palidez que mostraba su rostro, la agarró de los hombros obligándola a darle la espalda. La luz, para alivio de los presentes, regresó a los ojos de la niña.

Pero la atracción resultaba demasiado poderosa, Mirta acudía después de sus tareas escolares hasta el pie de la fuente, acariciaba los contornos imprecisos, sumergía sus deditos en el agua que manaba y soñaba que se fundía a ella, que se introducía en la tierra y viajaba por su centro hasta alimentar las raíces de los árboles, de las flores, de herbáceas y espinos. Se volvía sabia y ascendía hasta las partes más verdes de las plantas, bajaba por troncos y tallos hasta regresar por el camino subterráneo de nuevo a la fuente y de allí, sonriendo por la maravillosa experiencia, a la vida real. Y  así, tarde tras tarde, día tras día, semana tras semana. El padre amenazó con quitarla, la madre imploró para que lo hiciera, pero era tan hermosa, tan recia, tan firme…, olvidaban el pensamiento pues no eran capaces de imaginar el jardín sin su presencia.

Una tarde de verano, cuando el calor era más insoportable, buscaron a Mirta por la casa, nadie en su sano juicio –ni siquiera una niña de seis años- se atrevería a salir con semejante calor. Tras la infructuosa búsqueda, la mamá de Mirta la vio de casualidad parada a los pies de la fuente, miraba embelesada el agua, o eso parecía por lo inmóvil de su presencia. Un mal presentimiento le atenazó el pecho, corrió escalera abajo, tropezó pero la fortuna le impidió caer, corrió por el sendero sin respetar los rosales que arañaban sus pantorrillas en enérgica protesta por el maltrato sufrido, pero no pudo llegar a tiempo; Mirta se fundió con el agua, penetró en ella y la fuente se encargó de hacer el resto. La fría piedra abrazó su cuerpo, la plasmó contra si hasta hacerla formar parte de ella. Las figuras ambiguas que se adivinaban se tornaron niños que tomados de la mano sonreían ante la llegada de un nuevo compañero de juegos.

Un beso lanzado al aire, una mano que se agita a modo de despedida, eso fue todo lo que la mamá de Mirta pudo ver al llegar junto a la fuente. Las formas se volvieron de nuevo imprecisas, donde antes se distinguía el cabello de su hija, ahora solo había piedra húmeda y contornos difuminados de niños que ya no lo eran; y escuchó la angustia de las madres, los llantos contenidos, la rabia y el pesar. Y se sentó en el centro del jardín abrazando la fría piedra, suplicándole que le devolviera a su pequeña.  Así la encontró su esposo días después, cuando tras regresar de uno de sus viajes le recibió una casa vacía; trató en vano de alejarla de ese lugar, más solo balbuceaba que la permitieran estar junto a su niña y las lágrimas que derramaba caían sobre la arena, y cada lágrima era un trocito de ella que se tornaba manantial fundiéndose con el jardín, hasta que la fuente, compadeciéndose de su dolor permitió que esa madre, convertida en agua, se filtrara en la tierra para formar parte de sí misma. Agua y roca, madre e hija siempre juntas en aquella fuente que vino de un país lejano y exótico…

Dolores Leis Parra

Añoranza

Siempre te había acompañado. Años y años junto a ti, desde aquel primer día que  garabateaste rayas inconexas de colores. Fue cambiando de grosor y tamaño, pasó del dibujo infantil a las fotos en color de cantantes y actores de moda, pasó Bose, pasó  Travolta con su mítico traje negro y el cabello chorreando brillantina. Llegaron las imitaciones de los periódicos más importantes, aquellos que movían el mundo y en cuyo interior tú, movías tu mundo. Imágenes en blanco y negro de elitistas ciudades marcaron el paso a la edad adulta, o eso creías, porque en realidad, adulta fuiste siempre.

Seguía acompañándote, ahora en la madurez más necesario, más indispensable aunque menos utilizado. Retornaste a los días del pasado, a las palabras encadenadas en busca de lector; sentimientos, sentidos, amigos, vivencias. También odios y decepciones, que mirados desde la distancia no pasaron de ser meras anécdotas, aunque en aquellos días fueran el motivo de tus lágrimas.

Recuperaste la niñez, la adolescencia, la veintena, la treintena y la cuarentena. Tenías frente a ti pasado y futuro. Ayer, hoy y mañana. Es por eso que el flamante portátil que tan generosamente dejaron los reyes magos bajo el árbol de navidad, no es capaz de subsistir sin un viejo cuaderno junto a él. Porque cuando cierras la tapa del ordenador apagas un montón de ideas almacenadas en archivos, documentos o páginas web; mientras que el papel sin embargo, queda frente a ti en ese punto en que decides dejar de lado el bolígrafo, levantar la vista y preparar la cena. Abuelo y bisnieto de la tecnología (dejo el puesto de nieto a las Olivetti), unidos para un mismo fin.

Los niños no lo valoran, los adultos apenas lo utilizan ¿qué lo hace tan especial para no poder desprenderte de el? Fue uno de los juguetes que acompañaron tu infancia, más barato que las muñecas de moda y siempre ofreciéndote distintas opciones en su interior, según el humor, según las clases, según los chicos, según los sueños… y saber que por muchos años que pasen, te encuentres donde te encuentres, sea la hora que sea, disponer de uno donde plasmar las nuevas historias, siempre estará en tu mano.

Dolores Leis Parra

La sonrisa del vencido

Esta historia fue escrita cuando Daniel era un crío de apenas seis o siete años. Hoy es un hombretón de casi 23. He querido recuperarla como homenaje a la abuela Carmen y a tantas personas que como ella, sólo deseaban vivir en paz.

Cuando Daniel preguntaba a la abuela Carmen como era la guerra, la abuela siempre respondía “pum, pum, pum…”, y añadía para finalizar el tema “… mucho ruido”.

La abuela Carmen, que en realidad era bisabuela de Daniel, nunca quiso hablar de vencedores y vencidos (y mira que ella pertenecía a éstos últimos), de atrocidades por parte de un bando o de otro, de rencores y venganzas. De haber existido más personas como la abuela Carmen, no habría llegado hasta nosotros más testimonio sobre la guerra, que la parte correspondiente a esos años dentro de la historia de España que estudiaríamos en los libros de texto. Y viendo como aún las rencillas dejan poso en algunos de los descendientes de aquellos combatientes, tal vez habría sido mejor así, porque pasado, pasado es y pasado está.

Con personas como la abuela Carmen, Daniel jamás habría preguntado cómo es la guerra, su curiosidad infantil quedaría saciada con la distancia que marca la Historia; no removería el pasado de una guerra que aconteció hace más de 70 años y de la que aún hay gente, que lejos de olvidar, arremete.

Dolores Leis Parra

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