Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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Riqueza

Cuencos tibetanos creados por Ewaldt Schaa

Cuencos tibetanos creados por Ewaldt Schaa

No pedían demasiado: un techo, pan, queso y en las tardes, un vino tibio o una cerveza helada mientras escuchaban el ronroneo del mar.

Eso en cuanto a lo material, porque el resto formaba parte de su liviano equipaje: risas, bailes, abrazos, amor, y el don de sus manos, capaces de dar forma a la creatividad que la Divinidad les había regalado.

Dolores Leis Parra

Revelación

Boda espiritual

Cada vez que le preguntaba: ¿Qué somos?, no sabía muy bien que responder. Eran pareja, amigos, amantes…
Tardó en entender la verdadera naturaleza de su relación, eran eso y mucho más. Él lo había manifestado en varías ocasiones; eran la comunión del cuerpo y el alma, dos personas simples que conforman un todo.
Feliz por la revelación quiso gritarlo al mundo:
Tú eres mi esposo -escribió- y Yo soy tu mujer. Siempre.

Dolores Leis Parra

Comieron perdices

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Erase una vez dos poetas que nunca dejaron de amarse. Desconocían el motivo de la ruptura, de pronto, un día, se miraron en la distancia de un armario vacío y una maleta llena.
Él, en las noches de farra y borrachera, llama a una amiga común para hablarle, entre sollozos, de un amor vivo.
Ella encontró consuelo en otros brazos pero se niega a cerrar los ojos para no confundir rostros y emociones.
Comieron perdices, más de aquel amor sólo quedan los poemas.

Dolores Leis Parra

Perros callejeros

Perros callejeros

Para Barbi y Pampita
que me miman cuando estoy y me añoran cuando marcho

Cada pocos pasos, tropiezas con un perro callejero. En el país de dónde vienes la gente los ignora y cambia de dirección, o se acerca a ellos con la oculta intención de apartarlos del camino.
En esta ciudad con nombre de apóstol, los cuidan como lo que son, compañeros, aunque el pedigrí escasee y la apariencia no presuma buena raza. El barrio, aquí lo llaman Comuna, que te acoge, recorta sus viandas y las comparte con ellos, siempre hay unos metros, cuadrados o lineales, para albergar a un nuevo miembro en la familia, aunque tenga cuatro patas, y hablo de gente trabajadora que en su mayoría hace florituras para llegar a fin de mes.
Va esta entrada por ellos, por las mascotas, por los amigos, por su alegría traducida en ladrido, por sus carreras y sus juegos. Por hacernos sonreír y acurrucarse a nuestro lado cuando nos saben tristes. Por darnos esa excusa que nos invita a pasear por el jardín.

Dolores Leis

Ritual

Alcanzar los sueños

Entre el ocaso y la aurora el cielo se desploma gritando un nombre.
Un mantra.
Un ritual repetido.
La noche es culpable de que te duela (más) su ausencia.

Dolores Leis Parra

In Situ

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Regresaste.
Te preguntó si lo harías y dijiste «sí», con la inconsciencia del que busca revivir la felicidad. ¡Qué difícil cuando asaltan -a todas horas- los recuerdos! Grita el llanto y huyes sabiendo que jamás escapas.

Regresaste.
Te creías fuerte y caíste –como caen los necios- en la trampa de la escalera que subes y bajas esperando su llegada. El beso. El vuelo de la falda ascendiendo ansiosa por sentir sus manos. Humedad que aguarda.

Regresaste.
Hay testigos. Fotografías enredadas en niebla –es fácil culpar al objetivo en lugar de a las lágrimas-. El móvil no da para más pero dejó constancia de que fuiste y no hubo encuentro. In Situ la memoria solitaria.

Dolores Leis Parra

Alabastro

Alabastro

Aparcó el coche en la penumbra del callejón. El círculo de mujeres se abrió dejando a la vista lo que con tanto celo ocultaban.

La joven de alabastro agarró con sus manos menudas el bajo de una falda casi inexistente tirando de ella. Recolocó el pecho, lo ajustó al corpiño hasta conseguir un canalillo digno de la Loren y con un contoneo de caderas, provocado por sus elevados tacones, se acercó hasta el hombre que aguardaba en el interior del vehículo. Se inclinó para colocarse a la altura de la ventanilla, sonrió mostrando unos dientes bien cuidados que, junto a la punta insinuante de la lengua, le invitaron a soñar.

Diosa. Regía. Ojeó el interior: tapicería de plástico cuarteada, pelos de mascota en el asiento trasero, bolsas vacías y el arrugado envoltorio de una hamburguesería cercana. Se incorporó dejando frente a los ojos del conductor sus nalgas firmes y las cimbreantes caderas.

―Me llamo Keyla. —Murmuró antes de alejarse.

Desapareció entre las formas femeninas. Un círculo protector que la ocultaba de los mortales que buscan el placer en las cálidas noches. Arrancó el motor y sin encender los faros dejó atrás el callejón. En pos de sus ruedas una risa blanca como ventanales de catedral. Alabastro.

Dolores Leis Parra

Matrix

muerte de Triniti

Tienes que salir. Es la única opción.

Cuchicheos, comentarios, miradas furtivas. Estás fuera, lo sabes y lo saben, es cuestión de semanas como mucho meses. Llegar al año será recoger un cadáver sin una linda sonrisa.

El Oráculo supo que morirías encerrada en la rutina. Sin valor para tragar la pastilla roja es difícil abandonar Matrix.

Morfeo tiró la toalla.

Neo partió de viaje (allende el infinito)

Trinity murió por salvar al Elegido y (él) nunca se enteró.

Tendrás tiempo de enviar una última carta, la de un alma que agoniza con mortaja a medida del cobarde.

El infierno no espera.

Dormirás entre las llamas.

Al fin descansarás.

Dolores Leis Parra

 

Terminal 1: Llegadas

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El mismo aeropuerto. Terminal de llegada sin embarque ni partida.

El café, como en otras ocasiones, tibio. Doble dosis de cafeína que duplica la tristeza.

Distintas ganas de llorar. Las mismas lágrimas contenidas y, al final, una sonrisa forzada cuando ves que eres la última en la cola de los abrazos.

Dolores Leis Parra

 

 

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