Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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In Situ

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Regresaste.
Te preguntó si lo harías y dijiste «sí», con la inconsciencia del que busca revivir la felicidad. ¡Qué difícil cuando asaltan -a todas horas- los recuerdos! Grita el llanto y huyes sabiendo que jamás escapas.

Regresaste.
Te creías fuerte y caíste –como caen los necios- en la trampa de la escalera que subes y bajas esperando su llegada. El beso. El vuelo de la falda ascendiendo ansiosa por sentir sus manos. Humedad que aguarda.

Regresaste.
Hay testigos. Fotografías enredadas en niebla –es fácil culpar al objetivo en lugar de a las lágrimas-. El móvil no da para más pero dejó constancia de que fuiste y no hubo encuentro. In Situ la memoria solitaria.

Dolores Leis Parra

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Alabastro

Alabastro

Aparcó el coche en la penumbra del callejón. El círculo de mujeres se abrió dejando a la vista lo que con tanto celo ocultaban.

La joven de alabastro agarró con sus manos menudas el bajo de una falda casi inexistente tirando de ella. Recolocó el pecho, lo ajustó al corpiño hasta conseguir un canalillo digno de la Loren y con un contoneo de caderas, provocado por sus elevados tacones, se acercó hasta el hombre que aguardaba en el interior del vehículo. Se inclinó para colocarse a la altura de la ventanilla, sonrió mostrando unos dientes bien cuidados que, junto a la punta insinuante de la lengua, le invitaron a soñar.

Diosa. Regía. Ojeó el interior: tapicería de plástico cuarteada, pelos de mascota en el asiento trasero, bolsas vacías y el arrugado envoltorio de una hamburguesería cercana. Se incorporó dejando frente a los ojos del conductor sus nalgas firmes y las cimbreantes caderas.

―Me llamo Keyla. —Murmuró antes de alejarse.

Desapareció entre las formas femeninas. Un círculo protector que la ocultaba de los mortales que buscan el placer en las cálidas noches. Arrancó el motor y sin encender los faros dejó atrás el callejón. En pos de sus ruedas una risa blanca como ventanales de catedral. Alabastro.

Dolores Leis Parra

El beso

El beso de klimt

Siento mariposas en el estómago agitando sus alas revoltosas.

Me atrapas y no deseo escapar, cierro los ojos vencida a la caricia de tus manos, al roce de tu boca, a este beso que me rinde ante ti.

Este cuerpo que juró no entregarse nunca, cae derrotado sin presentar batalla al contacto de tus labios.

El odio provocado por la flecha de Eros me abandona y, con él, el rechazo que siento. Nace el deseo en un corazón endurecido por el paso del tiempo. Corazón que prefirió negarse, antes que sufrir por ese amor que cantan los juglares en las plazas y, nunca descubrirá si existe en realidad.

Separado por un océano de mentiras.

La inmensidad del Olimpo.

Hogar de dioses… 

Suspende el pintor su pincel y se apiada. Retrata ese instante en que tu cuerpo me atrapa plasmando, en oro y plata, el sabor de tu beso.

Un hermoso lienzo exhibido a miradas ajenas que nunca sabrán de mi dolor por no poder alzar el vuelo en pos de tus pisadas. Me obliga la leyenda a aceptar raíces, donde antes hubo alas.

Dolores Leis Parra

El Gran Ojo

Cuadro blanco y negro

─¿Está segura de lo que dice, señorita?

─¿Acaso duda de mi palabra?─ contestaste su pregunta con otra.

─Por supuesto que no…

─¿Piensa que me lo invento? ¿Qué son paranoias mías? ¿Qué veo agua en un cauce seco?─ hiciste una pausa teatral─. ¿Acaso cree que miento?

Se recolocó en el asiento. Su nuez hizo amago de tragar… Él, tan sereno e imperturbable se revolvió molesto ante la acusación de tus palabras. Sólo unos segundos, bien es cierto. En un abrir y cerrar de ojos volvió a convertirse en el ser al que te tenía acostumbrada pero tú fuiste más hábil, no parpadeaste y le viste dudar. Escondiste la sonrisa, con esa clase de gente no convenía mostrarse triunfadora.

─¿Lo hace?

Se inclino hacía adelante, apoyando los codos en la mesa, controlando la situación. Tal vez imaginaste su inquietud, después de todo fue efímera. La satisfacción del triunfo dio paso al miedo, ese hombre tenía el destino en sus manos.

Negaste con un gesto.

»¿Cómo dice? No la escucho.

─No.

─No ¿qué?─ inquirió ante tu negativa.

─No lo hago…

─No hace ¿qué?

¿Qué, qué, qué…? Te tapaste los oídos pero fue inútil, la conjunción taladraba tu cabeza.

»¿No quiere responder?

Responder ¿a qué? ¿Cuál era la pregunta?

Sonreía victorioso. Ilusa, habías caído de nuevo en su juego macabro de preguntas sin respuesta.

Dolor de cabeza. Confusión. Esa sensación de estar constantemente vigilada.

El Gran Ojo sobre ti.

─¡Socorro!

Desesperación incluso para tus oídos, asustada, transformaste el grito en un susurro.

»Vivo rodeada de detectives privados.

Dolores Leis Parra

 

El triunfo de la muerte

El triunfo de la muerte (fragmento)

El triunfo de la muerte (fragmento)

Diría que abrió los ojos, aunque era imposible, sólo tenía cuencas vacías. Una horda de esqueletos pugnaba por salir de los ataúdes que, en vertical, trataba de contenerlos. Él, sin embargo, lo había logrado. Quizá, en el momento del estallido, salió disparado fuera del tumulto; no lo recordaba bien… Estar muerto era muy confuso. En cualquier caso, tenía una nueva oportunidad de hacer todo aquello que, en sus escasos veinte años, no pudo. También fue mala suerte que el padre de aquella doncella le cogiera en actitud más que comprometida… Ni posibilidad de reparación o duelo: una daga que sacó de vaya usted a saber dónde le abrió la garganta… Mejor alejar esos recuerdos. No quería que nada enturbiara ese momento que, mirando el dispendio que había a su alrededor, se prometía divertido.

¡Y lo que son las cosas, mire usted! justito delante, el dueño de sus pensamientos. El espanto del hombre se hizo mayor cuando se le abalanzó. ¡Qué suerte! Aquel apocalipsis ponía frente a sí a su asesino. Escuchó los gritos de socorro que salían de su boca y, con huesos firmes palpó por debajo de la saya blanca que le cubría. Como no podía ser de otra forma, encontró la daga que, tiempo atrás, le mandó al otro barrio. Sin contemplaciones, ¡le rebanó el pescuezo!

¡Vaya, que mala suerte! Justo ahora tiene el viejo que dejar de pintar. Al menos, he podido vengarme.

Dolores Leis Parra

El triunfo de la muerte” fue el cuadro elegido en Leer un cuadro del mes de diciembre. Encontraréis más información sobre este ciclo en:

http://www.cbrenan.com/LEER%20UN%20CUADRO.htm

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