Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Archivar para el mes “junio, 2013”

La niña del sombrero cordobés

Las fotos antiguas pueden llegar a ser crueles. Nos recuerdan en muchos casos un tiempo mejor, más feliz; no en vano sonreímos al objetivo cuando este nos sorprende en una pose divertida, o le hacemos burla si queremos desviar su atención, dejando en este caso para la posteridad la más absurda de las imágenes.

La vida de mamá parece haber comenzado cuando se casó con mi padre. A partir de ese momento abundan las fotos de su historia; matrimonio, viaje de novios, embarazos, bebés en brazos, bautizos, bodas, comuniones. Escasos, muy escasos los retratos de aquella niña de la que cuando habla, lo hace con dolor. Fue una niña triste. La frase que más la he oído repetir a lo largo de estos últimos años es “yo he sufrido mucho en esta vida”. No era huérfana, tenía padre, madre y hermanos; pasaron hambre, como tantas familias en esos duros años de posguerra, era el ojito derecho de su padre, no así de su madre que cierto es reconocer, que la trataba más como criada que como hija, debido tal vez a su condición de ser la mayor de los cuatro.

Siendo una cría, la tía Elena le pidió al abuelo que la enviara a Sevilla para criarla como la hija que nunca pudo tener. Vivían en la calle Trajano y el taller de su esposo tenía reputación entre los militares por la calidad y buena hechura de sus uniformes. Mamá partió a Sevilla, la matricularon en uno de los mejores colegios de la ciudad, ella siempre contaría con orgullo que estudiaba con las sobrinas de Juanita Reina. De ese tiempo, apenas tres fotos se conservan siendo niña; vestida de corto, de faralaes, con el uniforme escolar y una vieja bola del mundo a su espalda; pero sobre todo con una cara de felicidad que me sorprende, más si cabe, por lo mucho que de siempre, nos ha costado arrancarle una sonrisa, y porque en los últimos tiempos, sus ojos no paran de llorar.

Fantaseo, como imagino que lo hará ella, que habría sido de su vida si la abuela no la hubiera mandado llamar de regreso a Madrid. Hubiera terminado sus estudios, algo que aquí no llegó a hacer, probablemente se habría casado con un militar de graduación (como hicieron otras sobrinas a las que la tía Elena tuvo posteriormente a su cargo) y viviría en la propia Sevilla, o tal vez viajaría junto a su esposo por distintos cuarteles de la geografía, conociendo un mundo que desde ese mismo momento se le negó. Pero eso sería como esa película de Van Damme “Timecop” en la que viajando al pasado, no solo aniquilan al malvado, sino también a toda su descendencia. Si mamá no hubiera regresado a Madrid no habría conocido a mi padre, no se habría casado con él, no hubiéramos nacido ni mi hermano ni yo, Manolo se habría hecho novio de otra chica y mis hijos, no serían mis hijos, serían los de ella.

¿Soy tan generosa de renunciar a mi presente, por qué su vida fuese feliz? Aunque hay quien afirma que nuestro destino está escrito, que sucederá lo que ha de suceder independientemente de cómo actuemos ¿Se habrían conocido igualmente mi padre y mi madre si ella hubiera seguido viviendo en la capital hispalense? De ser así, si había una posibilidad de que todo fuera como es, habiendo vivido mamá una infancia feliz ¿cómo pudieron negársela? Porque hablamos de su carácter huraño, de sus múltiples enfados, de lo poco dada que es a mostrar el cariño que nos tiene. Pero es que ciertamente la vida de mamá no lo ha sido. Pinceladas de color en una vida gris que apenas han servido para mostrarnos su verdadero carácter de bailarina incansable que danzaba al son de las castañuelas, con un pañuelo a la cintura y un sombrero cordobés.

Son crueles las fotos, porque muestran lo que debió ser y se truncó. Porque me enseñan, que esa es la madre que yo debí tener, la que baila, la que sonríe, la que acorta distancias con una caricia y cura un mal sueño con un beso. Esa madre que hicieron desaparecer tras toneladas de trabajos ingratos y regaños, golpes de zapatilla y sumisión.

Dolores Leis Parra

Del chocolate a los espíritus, sin pasar por el café

El llevar varios días ingresada en la misma habitación del hospital, tiene eso. Empiezas a cruzar con las enfermeras y auxiliares, algo más que el educado saludo correspondiente a la hora del día en que te encuentras.

Llegó la auxiliar a hacer la cama, comenzamos por el cómo te encuentras y demás preguntas relacionadas con el tema que me obligaba, a pesar de mi notable mejoría, a seguir allí, cuando sin tener muy claro a cuento de qué, le conté que esa noche (más bien madrugada) había soñado que comía chocolate. Hermosas figuras que me regalaban y a las que iba arrancando pedacitos que saboreaba con placer. Comentó ella entonces, que nunca soñaba, o lo que es más exacto, nunca recordaba los sueños. Excepción hecha de una ocasión, en que estando visitando a una amiga en su casa del pueblo, en el mismo día recordó por dos veces lo que soñara, la primera tras dormirse brevemente en el sofá y posteriormente, en la noche. Aunque bien es cierto, aclara, que lo de la noche no tiene muy claro que fuera un sueño.

Debido al enorme tamaño de la habitación, dormían tres en el mismo dormitorio; en una cama grande la hija de los propietarios, en sendas literas las dos amigas que la acompañaban; bajo la ventana otra cama que permanecía vacía. Tenían en la casa un gato que acostumbraba a dormirse sobre su tripa, puesto que era poseedora de un sueño placentero e inmóvil que gustaba al animal. Algo la despertó, pensó que era el gato que ocupaba su lugar habitual sobre ella; por la ventana entraba claridad procedente de la calle y pudo distinguir una figura que sentada a los pies de la cama de matrimonio, observaba a su amiga. Por supuesto del gato, ni rastro.

No se atrevía a pronunciarse sobre lo que viera esa noche; yo en mi modesta opinión expresada tras escucharla, me incliné a pensar que se trataba de una presencia, más que de un sueño. Dejando claro, que en ese tipo de cuestiones, cualquier opinión, es personal y depende de lo que uno quiera creer.

Esa presencia nos llevó a otra, de la que ella no había sido testigo, pero sí amigos suyos, de hecho esta presencia habitaba la casa de uno de ellos. Había sido vista por los propietarios y demás amigos que se quedaban a dormir, y lo fue con tanta claridad, que eran capaces de describir la figura, más allá de lo genérico que supone el sexo masculino.

Me cuenta también, de cómo una de sus profesoras, al salir de la universidad donde daba clases en busca de su coche, tras una jornada laboral más larga de lo habitual, escuchó pasos en el empedrado de la explanada donde aparcaban. Miró atrás y no vio a nadie y a pesar de que aceleró el paso hasta el borde de la carrera, su invisible perseguidor continuaba detrás. Más valor tiene este testimonio, en cuanto que la docente era una mujer extremadamente seria y nada fantasiosa, profesora de literatura, con la cabeza bien amueblada. Parece ser que no es la única persona que lo sufrió, algún que otro maestro admitió haberlos escuchado también, al ir a recoger su coche de aquel mismo aparcamiento. No volvió a salir tarde del recinto universitario y en cuanto tuvo la ocasión, se trasladó a otro centro donde impartir sus clases.

Metidas a fondo en la materia, la cuarta planta del hospital salió a colación; aunque en esta ocasión, mi habitación estaba en la tercera, da la casualidad que hace algo más de seis meses, durante mi anterior ingreso, fue esa la planta, donde fueron a dar mis huesos; durante treinta y cuatro días fue mi hogar.

Parece que en esa planta hay dos presencias conviviendo con los enfermos y el personal; la más común es una niña con un balón que varios ancianos y otras personas que no lo son tanto pero comparten estado crítico, han visto por allí. De hecho, suelen pedir al personal que le pidan a la niña que deje de jugar con la pelota (haciendo memoria recuerdo el caso de la niña, no me avergüenza decir que escuché a hurtadillas a dos enfermeras hablando del caso). La otra presencia es un señor con sombrero. Algún rumor llegó a mis oídos a lo largo de aquellos días de noviembre y diciembre; todo muy misterioso, muy oculto, muy aquí no pasa nada.

Lo cierto es, que yo creo en esas presencias o entes de energía; que no las he visto, que me encantaría verlas aunque probablemente me cague de miedo. No menos cierto es que tuvimos que dejar la conversación; la enfermera de turno debía curar las señales que sobre mi cuerpo había dejado la cirugía y por su cara de pavor, supimos que lo qué estaba escuchando no era para nada de su agrado, algo que tras salir la auxiliar me corroboró mientras limpiaba con yodo las heridas.

Aunque el negar dichas presencias, no evita que se encuentren a nuestro alrededor. He dicho.

Dolores Leis Parra

El Alquimista de Paulo Coelho

Ayer por la tarde acudí a un acto en La Casa de Asociaciones. Leí el evento gracias al facebook que compartió Candela Arevalillo y fui incapaz de resistirme. Había leído el libro hacía varios años, en concreto en el 2010 (tengo la mala costumbre de fechar los libros cuando los adquiero) y aunque no lo llevaba reciente, recordaba muchos de los acontecimientos que en él se narran, además quería conocer lo que la literatura de este escritor aportaba a los demás. En mí, ya lo sabía.

Resumo algunas partes del acto de ayer, en el que el Banco de Tiempo, analizaba a través de un grupo de lectura, el libro de Paulo Coelho “El Alquimista”.

Se habló sobre el autor, y me sorprendieron ciertos datos que se mostraron sobre él y que me eran totalmente desconocidos. Cierto que no he estudiado su figura, pero algo había leído sobre su vida, nada de la época en que se narran las primeras vivencias.

Paulo Coelho, natural de Brasil, nació en el seño de una familia de clase media-alta. Su padre era ingeniero y quería a toda costa que Paulo siguiera sus pasos. Pero el niño tenía inquietudes artísticas, le gustaba escribir; de hecho, los escritos que el desechaba por considerarlos flojos o inapropiados, eran aprovechados por su hermana, que los presentaba en el colegio como propios, llegando incluso a ganar premios por ellos.

Mostrada ya su rebeldía, negándose a estudiar la carrera que su padre le imponía, fue considerado por la familia como perturbado, ingresándole en distintos centros psiquiátricos para quitarle esa enfermedad mental que le inducía a querer convertirse en escritor. Llegó a recibir electroshock, como parte de la cura prescrita.

Se manifestó como enemigo de la dictadura militar que gobernaba Brasil en esa época,  fue detenido mientras dirigía una revista en contra del régimen y fue conducido a una prisión que tenía fama de utilizar la tortura y otros medios para conseguir información. Acostumbrado a la vida de los hospitales, encontró en hacerse el loco una manera de abandonar la cárcel. Se autolesionó y comportó como un verdadero enfermo mental hasta conseguir que le pusieran en libertad.

Amante de la música, escribió letras para temas musicales, llegando incluso durante los años 60 a alcanzar el nº 1 con algunas de ellas.

A los 26 años decide que ha llegado el momento de cambiar. Deja la actitud radical de lado y se casa. Comienza su trabajo en una serie de multinacionales relacionadas con el mundo discográfico. Años después se reencuentra con una antigua amiga pintora, se divorcia de su actual esposa, abandona su vida profesional a pesar del gran futuro que tiene por delante, y empieza a convivir con ella que le muestra ese mundo poco convencional que a él tanto le fascina. Viaja por Europa, durante una visita a Dachau se encuentra con una figura (nunca dirá de quien se trata), a la que ve de nuevo tiempo después en otro país europeo. Entablan conversación y ello marca otro cambio en su vida. Dirige su mirada hacia la religión (él que había estudiado con los Jesuitas y abominaba de ello) y el catolicismo.

Su literatura se puede englobar como “Realismo mágico Sudamericano” en el que se engloban autores de la talla de Isabel Allende, Juan Rulfo, Laura Esquivel… y que se caracteriza por:

–       Se muestra en un contexto normal aunque se hable de algo mágico.

–       Utiliza la magia intuitiva.

–       Existen presencias sensoriales.

–       Se ayuda de mitos y leyendas.

–       Utiliza varios narradores a la vez.

–       El tiempo cíclico está distorsionado, pasa del presente al pasado y de este al futuro sin orden.

–       Muestra las vivencias fantásticas como algo común.

–       Los personajes alternan entre la vida y la muerte.

–       Se mezclan los planos de fantasía y realidad, en muchos casos bien diferenciados.

–       Se apoya en personajes pobres y marginales.

–       Muestra hechos reales con una connotación fantástica.

Los alquimistas afirman (y hablo en presente porqué ¿quién no ha soñado alguna vez con ello e incluso continua intentándolo?) que todos los materiales poseen un alma. De ahí la creencia de que se pueden transformar. La más común o buscado es la transformación de metales en oro. También tienen como objetivo hallar la piedra filosofal que permite la vida eterna.

Sobre el contenido; partes del libro y vivencias del protagonista Santiago, la persecución de los sueños, la popular frase de que “cuando uno persigue algo con todas sus fuerzas, el universo entero conspira para que lo consiga”… Éstas y más cuestiones, fueron dando paso a preguntas que los miembros de la tertulia fueron contestando según sus propias conclusiones sacadas tras la lectura del libro. Hubo diversidad, como corresponde en un grupo numeroso y dispar de personas, pero todos podíamos aplicar parte de su enseñanza en nuestra vida cotidiana o en hechos que nos habían sucedido, todos habíamos sacamos alguna enseñanza de El Alquimista. Si bien entendimos que el libro, aún siendo de los más importantes del siglo XX, XXI y probablemente de los siglos venideros (se publicó por primera vez en 1988) tampoco era una obra maestra de la literatura. Pero no podíamos negar que a pesar de ello, El Alquimista de Paulo Coelho perdurará en el tiempo, como ya lo hicieron algunos de sus antecesores en ese género; sirva como ejemplo Los cuentos de las 1001 noches, que se nutren en muchos casos de situaciones y enseñanzas similares.

A nivel personal, diré que mi libro favorito es “Once minutos”, en ella se sale de ese universo, religioso-místico-mágico, que tanto utiliza en casi todas sus obras.

Solamente me resta agradecer a los participantes de la tertulia por aceptar mi intrusión con una sonrisa, y a las coordinaras del acto, por lo bien que me hicieron sentir junto a ellas. Lamento no poder citarlas, no tuve la precaución de apuntar sus nombres, y como no quiero olvidarme de ninguna, gracias a todas.

 Dolores Leis Parra

La novia (microrrelato)

Contemplaba desde las rocas como en el mar, la novia remaba contra las olas. Su bello rostro se transformó en un gesto de terror al comprender, que si el traje se mojaba, el peso la hundiría sin remedio.

― Resulta hermoso ¿no es cierto?

El susurro a su lado distrajo su atención, siguió con la mirada aquella mano que emergía de la penumbra, más lo que allí vio no fue suficiente como para hacerle perder el interés por lo que sucedía en el enfurecido mar, dónde la novia luchaba por sobrevivir, contuvo la respiración, si sus ojos claros, no se hubieran clavado en los suyos antes de desaparecer entre las altas olas, ella, habría dejado de respirar eternamente.

Era una más entre ellas. Traje blanco y velo sobre el rostro. Bajo el ruedo del vestido asomaba insolente uno de los zapatos  con el lazo de raso que perteneciera a su madre.

Comprendiendo se quitó los guantes, arrojándolos hacía la presencia que intuía sin ver. Bajó hasta el mar, sería fácil hundirse, aquel traje se convertiría en su mortaja. Alcanzó a ver como las novias de la orilla se alejaban, sus últimas palabras la hicieron sonreír.

― Podéis regresar a casa.

Dolores Leis Parra

Permitid que yo también opine

Circula por las redes sociales el artículo de opinión que Rosa Montero ha publicado hoy en El País sobre la Feria del libro, y que lleva por título “Amor y Feria”. No he podido resistirme a subir un tuit con una de las frases que escribe y que si no compartiera, tiraría ahora mismo la toalla en este difícil mundo de la literatura. Dice así: “ni el éxito ni el fracaso son estaciones de destino sino de paso”

Otro párrafo que ha llamado poderosamente mi atención se refiere a los escritores que gozan de poco favor entre el público. Y cito: “Cuántos autores poco vendidos he conocido que, tras una tarde sin firmar, exclaman con melancólica sorpresa: ¡Pero si todos los que leen mi novela dicen que no puede dejarla! Todos estamos convencidos de que, si leyeran nuestros libros, los amarían” Es verdad que la gente se acerca para decirte que le ha gustado tu novela, que ha disfrutado con su lectura, que espera con impaciencia un nuevo libro, alude alguna errata o matiz que no comparte y demás comentarios que agradeces infinito, pues te confirman que aunque tu libro no es el más vendido, quien tiene a bien comprarlo, lo lee.

Por supuesto que no lo hacen todos, algunos simplemente lo adquieren por compromiso de amistad o familiar; cuentas también, con la persona que lo lee y no le gusta, por supuesto que existe, está ahí; creo que si de algo es consciente un escritor es de que no puede gustar a todo el mundo, pero puesto que esas personas no se acercan a ti para decírtelo, siempre puedes creer que quien no dice nada, simplemente lo hace por pudor, vergüenza o falta de tiempo; no a todos les gusta compartir opinión, y eso no quiere decir que a todas esas personas que callan, no les haya gustado la novela.

No me extiendo. Os dejo el enlace con el artículo que publica El país para que podáis leerlo vosotros mismos. No pretendo rebatir a esa magnífica escritora que es Rosa Montero. De alguno de sus títulos, he sido fiel devoradora.

http://elpais.com/elpais/2013/06/17/opinion/1371476575_872033.html

Dolores Leis Parra

La novia (texto original)

Miraba extasiada la extraña imagen que se divisaba desde la roca. Abajo, en el agua, una barca se encaminaba hacia la orilla, como único ocupante una flamante novia cuyo mojado vestido inundaba el fondo de la embarcación. La cara de la novia se fue convirtiendo en una mueca de terror al comprender, que el peso del hermoso traje hacía que la barca cada vez se hundiera más, impidiendo el regreso a la orilla.

― Hermoso ¿verdad?

Una voz susurrante se escuchó a su lado haciéndole salir de aquel cuadro que la tenía ensimismada.

― Ven, acompáñame― pidió la voz.

Y como una autómata se puso en pie asiendo la mano que hacía ella se tendía. Sin curiosidad, sin miedo, sólo sintiendo el tacto de aquellos dedos que salían de la penumbra para dejar ver la morena piel del brazo y un ligero destello iluminado sobre el cabello oscuro.

― Sígueme, te voy a enseñar a vivir.

El otro brazo surgió también hacía la luz, abarcando el paisaje que se extendía a sus pies. Ahogó un grito de asombro, decenas de novias esperaban junto al embarcadero para subir a la barca que tras depositar su preciado trofeo en el fondo del mar, regresaba hasta la orilla dispuesta a sacrificar a otra pureza blanca.

― ¿Van a morir?― se atrevió a preguntar con un hilo de voz.

― ¿Qué entiendes por morir?

¿Qué contestar a esa pregunta? Pregunta con pregunta se contesta ¿Esa era la verdad que quería enseñarle? ¿Más preguntas?

La novia más cercana a la orilla, subía la falda de su vestido dejando ver unos bellos zapatos de escaso tacón. Introdujo el pie en la embarcación y se sentó como una reina en el tablón que hacía las veces de asiento. La barca, impulsada por una repentina ráfaga de viento se adentró en entre las olas.

Contuvo tanto la respiración, que su rostro empezó a amoratarse, si los ojos claros de la novia no se hubieran clavado en los suyos, estaba segura de que habría dejado de respirar eternamente. Aquella mirada y el apenas perceptible movimiento de la cabeza, fueron suficientes para hacerla regresar a la vida, mientras la barca, otra vez rumbo a la orilla, dejaba a la novia hundiéndose en la profundidad del mar.

― La vida es una mirada,― susurró la voz en su oído― es un sacrificio, es cambiarse por los demás.

― ¿Morirán todas?

― No todas son dignas de sacrificio.

― ¿Cuantas se salvarán?

― ¿Cuántas deseas que lo hagan?

― Quisiera salvarlas a todas.― respondió.

Ya no se encontraba sobre la roca, tampoco rozaba la piel morena de aquellos dedos extendidos. Su traje se volvió blanco, los zapatos con un pequeño lazo de raso, el rostro velado por un tocado de rejilla.

El bajo de la falda se mojaba, cada vez resultaba más pesado y aunque comprendía lo que sucedería a continuación, no estaba asustada. El agua mojaba ya su cintura, se despojó suavemente de los guantes arrojándolos hacía aquella figura masculina que intuía a lo lejos, como tributo a su enseñanza.

Sonreía cuando la cabeza quedó cubierta por el agua, porque poco antes, sus oídos escucharon la suave voz que susurraba a su lado:

― Tu mirada las ha salvado. Tuyo es el sacrificio.

Dolores Leis Parra

 

La Feria

Llevaban poco tiempo viviendo en Madrid. Papá, directivo de una multinacional, viajaba mucho y mamá no dudaba nunca en acompañarle, por lo que Julián y él se quedaban al cuidado de la abuelita en un pueblecito de la Mancha. Ya en edad escolar, cuando los primeros ciclos de primaria quedaban atrás, sus papás decidieron que lo mejor era establecerse en un punto de la geografía en el que los muchachos pudieran echar raíces y centrar sus estudios; la pequeña escuela del pueblo apenas acogía a una docena de niños que la señorita Anselma atendía con mucho empeño pero poca conciencia docente, no en vano era considerada uno de esos maestros de la vieja escuela que tanto abundaron en los cincuenta y sesenta, defensora a ultranza de que la popular frase “la letra con sangre entra” era la más acertada.

Ese, entre otros, fue el motivo por el cual la familia había terminado instalándose en la capital. Los padres eligieron esa casa de la calle Ibiza por su cercanía al parque del Retiro; tampoco sería bueno que tras años de libertad campestre, los niños se vieran ahora, presos entre sucios edificios y calles atestadas de vehículos. Aquel parque, al que era fácil acceder, respetando eso sí, los muñequitos verde/rojo de los semáforos; se convirtió para ellos en la nueva Castilla.

Una de las muchas tardes que jugaban en él, vieron como operarios con logos del  ayuntamiento, levantaban casetas en el paseo de coches, que hasta ese momento era propiedad de patinadores, ciclistas y paseantes de toda edad y condición. Observaban los muchachos el progreso de los obreros tarde tras tarde, pero solamente durante unos minutos, luego se perdían por los caminos buscando ardillas, tirando piedras a los patos o a ellos mismos, según moviera ese día el aíre.

Esperaban con impaciencia esa tarde, habían escuchado rumores a lo largo de sus carreras por el parque de que por fin, había llegado el gran día. Especulaban sobre lo que albergarían esas casetas que tanto les recordaban a los puestecitos de feria que durante los meses de agosto y septiembre crecían itinerantes en la plaza de su pueblo o en los pueblos de alrededor. Puestos con toldos de colores y feriantes que ofrecían con simpáticas rimas sus productos, desde artesanía hasta embutidos, tiro con escopeta o cartas para conseguir la combinación ganadora. Y precisamente ese día mamá se había empeñado en llevarles a casa de tía Pepita. Cambió el uniforme escolar de los muchachos por unos pantalones vaqueros y un polo azul. Peinó con esmero el rebelde cabello, la raya al lado y flequillo empapado en colonia para que se mantuviera sujeto en su sitio; les tomó de la mano y salieron a la calle.

Durante la visita, la anciana señora les ofreció compartir su chocolate de media tarde, acompañado por los churros calentitos que mamá se encargó de adquirir en la churrería de la esquina antes de adentrarse en el oscuro portal que conducía a la guarida de la vieja, como decían entre susurros para no ganarse un pescozón de mamá. Merendaron los niños y las señoras, éstas últimas, tras el chocolate tomaron una copita de anisete que tía Pepita guardaba para las ocasiones especiales, pero que según habían observado los niños repetía con cada una de las visitas que acudía a la casa. Cuando se despidieron, mamá, que estaba de buen humor se ofreció a llevarlos al lugar que quisieran, hacía una tarde preciosa y sería pecado encerrarse tan temprano entre las paredes de su céntrico piso. Julián y él no lo dudaron. Querían ir al Retiro.

Cumplió mamá su deseo a pesar de no ser amante de las multitudes y temer a los bichos más que al fuego del infierno. Eran los niños quienes la guiaban, hablando sin parar y pisándose el uno al otro las palabras. Hablaban de la feria que estaban montando y que sin lugar a dudas sería mucho más grande que la de Pedroñeras. Soñaban con los premios que conseguirían, entrenados en el tiro de cualquier objeto, ambos tenían buena puntería. Saboreaban de antemano el algodón de azúcar que sin duda mamá les compraría, incluso se atrevían a imaginar la enorme sonrisa que volvería a iluminar el rostro de mamá, desterrando aquel rictus amargo que desde que se instalaran en la capital lo cruzaba; a la vista de los preciosos pañuelos de colores y collares de abalorios que como mínimo, una de aquellas múltiples casetas, ofrecería.

Adiós al tiro y al peluche como premio. Adiós a las cuentas de colores y al sabroso algodón de azúcar. El mar de casetas que llenaba el paseo ofrecía libros a los viandantes. Cientos, miles, hasta millones de libros si juntaban los de todas en un solo montón. Se pararon entre la gente, la expresión decepcionada de los muchachos era totalmente explícita “¡Vaya mierda! ¿A quién le puede interesar una feria con libros?” Buscando salir de allí volvieron al mirada hacía su madre. La cara de mamá resplandecía. Por fin la sonrisa aparcada en el fondo del corazón encontraba la puerta de salida y acudía presta a la llamada de la emoción que sentía. Les tomó a cada uno de una mano temiendo perderles entre el gentío y echó a andar. Paraba en las casetas, acariciaba lomos, leía títulos, preguntaba por otros a los libreros. Al final de la tarde cargaban con varias bolsas y un cuento para cada uno.

Hoy,  treinta años después, mamá ya no está para acompañarles, pero no han querido que su ausencia rompiera el ritual, que desde ese día y sin importar donde estuvieran, les llevaba a desplazarse hasta la feria para acompañarla en el día de su inauguración. Julián y él de la mano, recorren las casetas, seleccionan títulos, acarician ejemplares y preguntan a los jóvenes libreros. Salen del recinto con varias bolsas cada uno, en la mano, un cuento infantil. Se abrazan con cariño tomando distintos caminos; Julián enfila la calle Ibiza rumbo a la casa familiar, él se hunde en las profundidades del metro que le llevará hasta el pequeño chalet de las afueras donde vive desde que se casó con Iluminada.

“Hasta el año que viene mamá”

Siempre se despedían de ella con esa frase, aún sabiendo que no tardarían un año en volverse a ver; era más una despedida a la feria que no volverían a pisar hasta el siguiente mes de mayo. Lo murmuran cuando el oído de uno no es capaz de escuchar los labios del otro. Ese adiós engloba la sonrisa de mamá que recuperaba cada año en ese día y que tan esquiva se volvía los otros trescientos sesenta y cuatro. Mamá, que les mostró ilusionada, con la emoción de un niño que descubre un caramelo en el doble fondo de un bolsillo roto, todo lo que aquellas páginas encierran. Mundos de piratas y niños detectives, relatos de terror, novelas de época, clásicos intemporales…

Dolores Leis Parra 

Ventanas

Hace seis meses la ventana daba a pasillos vacíos con esqueletos de camas y muebles mojados. El médico dijo, si te portas bien para la próxima intervención te daré puntos de estética; quizás no me porté todo lo bien que debía pero afortunadamente los puntos de estética no fueron necesarios.

No me he portado bien pero hoy, me han dado una ventana con vistas al cielo y a la montaña. Es una manera de luchar, una forma de seguir. Despertar y no ver muros que lastren la mirada. Olvidar el dolor ante la caricia de ese sol que hoy se resiste a brillar. Saborear un consomé que recuerda el calor de la vida.

Tantas ventanas por las que mirar. Tantos sueños por los que seguir luchando. Tantos amigos que en los momentos difíciles están aquí.

Dolores Leis Parra

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