Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Encuentro

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Pregunté, como se me dijo en el email, por la dueña del departamento, supe que había habido un error en las fechas y no me esperaban hasta el día siguiente aunque, por fortuna, la que iba a ser mi casera se encontraba en casa, la curiosidad del joven pasó por indagar si era «la española», como si sólo mi nacionalidad fuera importante en esa situación, para replegarse de nuevo en el silencio de los monitores que vigilaban los largos pasillos y al negocio que se cocía en su teléfono móvil.
Dos perros, uno blanco y otro negro, precedieron en las escaleras primero unas piernas, luego un grueso chaquetón de hombre para finalmente dar paso al rostro que intentaba ocultar la vejez con una capa de maquillaje de colores imposibles, pero lo más llamativo no era la pintura grotesca que cubría sus párpados o labios, sino la mata de pelo rojizo cardado que más parecía sacado de una tienda de disfraces que cabello natural. Soy coja, me dijo a modo de saludo, aunque yo nunca percibí su cojera, al contrario, siempre me costó seguirla el paso.
En España decimos que más sabe el diablo por viejo que por diablo; esa mujer, además de vieja, era la reencarnación femenina del demonio y yo, sobradita como llegué, creyéndome de vuelta de todo, caí de bruces en sus garras.

Dolores Leis Parra

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