Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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Cristal

Melancolia

«Para Lupe que siempre me presta su ventana»

Invita el ventanal al recuerdo.
Tras el cristal la juventud de un alma envejecida cubierta por harapos de sentimientos, y besos de cerveza en tardes de amor y farra, en noches de llantos infantiles y madrugones de colegio.

Invita el ventanal a soñar despierto.
Tras el cristal un porvenir de café y refrescos, rellenar boletos que ayuden al azar y acelerar el tiempo. Las arrugas en el rostro, la flacidez del pecho que, vistiendo un alma adolescente, se empeña en encontrar la pasión encerrada en los besos.

Dolores Leis Parra

 

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Noche

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Empezó el día con niebla en la mirada y la bruma gris del silencio.
Llegó el ocaso entre risas infantiles y ruedines de bicicletas en el patio.
La esperanza se abre paso a través de la noche.
Hoy, mirar por la ventana, invita a soñar.

Dolores Leis 

Alabastro

Alabastro

Aparcó el coche en la penumbra del callejón. El círculo de mujeres se abrió dejando a la vista lo que con tanto celo ocultaban.

La joven de alabastro agarró con sus manos menudas el bajo de una falda casi inexistente tirando de ella. Recolocó el pecho, lo ajustó al corpiño hasta conseguir un canalillo digno de la Loren y con un contoneo de caderas, provocado por sus elevados tacones, se acercó hasta el hombre que aguardaba en el interior del vehículo. Se inclinó para colocarse a la altura de la ventanilla, sonrió mostrando unos dientes bien cuidados que, junto a la punta insinuante de la lengua, le invitaron a soñar.

Diosa. Regía. Ojeó el interior: tapicería de plástico cuarteada, pelos de mascota en el asiento trasero, bolsas vacías y el arrugado envoltorio de una hamburguesería cercana. Se incorporó dejando frente a los ojos del conductor sus nalgas firmes y las cimbreantes caderas.

―Me llamo Keyla. —Murmuró antes de alejarse.

Desapareció entre las formas femeninas. Un círculo protector que la ocultaba de los mortales que buscan el placer en las cálidas noches. Arrancó el motor y sin encender los faros dejó atrás el callejón. En pos de sus ruedas una risa blanca como ventanales de catedral. Alabastro.

Dolores Leis Parra

Matrix

muerte de Triniti

Tienes que salir. Es la única opción.

Cuchicheos, comentarios, miradas furtivas. Estás fuera, lo sabes y lo saben, es cuestión de semanas como mucho meses. Llegar al año será recoger un cadáver sin una linda sonrisa.

El Oráculo supo que morirías encerrada en la rutina. Sin valor para tragar la pastilla roja es difícil abandonar Matrix.

Morfeo tiró la toalla.

Neo partió de viaje (allende el infinito)

Trinity murió por salvar al Elegido y (él) nunca se enteró.

Tendrás tiempo de enviar una última carta, la de un alma que agoniza con mortaja a medida del cobarde.

El infierno no espera.

Dormirás entre las llamas.

Al fin descansarás.

Dolores Leis Parra

 

El beso

El beso de klimt

Siento mariposas en el estómago agitando sus alas revoltosas.

Me atrapas y no deseo escapar, cierro los ojos vencida a la caricia de tus manos, al roce de tu boca, a este beso que me rinde ante ti.

Este cuerpo que juró no entregarse nunca, cae derrotado sin presentar batalla al contacto de tus labios.

El odio provocado por la flecha de Eros me abandona y, con él, el rechazo que siento. Nace el deseo en un corazón endurecido por el paso del tiempo. Corazón que prefirió negarse, antes que sufrir por ese amor que cantan los juglares en las plazas y, nunca descubrirá si existe en realidad.

Separado por un océano de mentiras.

La inmensidad del Olimpo.

Hogar de dioses… 

Suspende el pintor su pincel y se apiada. Retrata ese instante en que tu cuerpo me atrapa plasmando, en oro y plata, el sabor de tu beso.

Un hermoso lienzo exhibido a miradas ajenas que nunca sabrán de mi dolor por no poder alzar el vuelo en pos de tus pisadas. Me obliga la leyenda a aceptar raíces, donde antes hubo alas.

Dolores Leis Parra

El triunfo de la muerte

El triunfo de la muerte (fragmento)

El triunfo de la muerte (fragmento)

Diría que abrió los ojos, aunque era imposible, sólo tenía cuencas vacías. Una horda de esqueletos pugnaba por salir de los ataúdes que, en vertical, trataba de contenerlos. Él, sin embargo, lo había logrado. Quizá, en el momento del estallido, salió disparado fuera del tumulto; no lo recordaba bien… Estar muerto era muy confuso. En cualquier caso, tenía una nueva oportunidad de hacer todo aquello que, en sus escasos veinte años, no pudo. También fue mala suerte que el padre de aquella doncella le cogiera en actitud más que comprometida… Ni posibilidad de reparación o duelo: una daga que sacó de vaya usted a saber dónde le abrió la garganta… Mejor alejar esos recuerdos. No quería que nada enturbiara ese momento que, mirando el dispendio que había a su alrededor, se prometía divertido.

¡Y lo que son las cosas, mire usted! justito delante, el dueño de sus pensamientos. El espanto del hombre se hizo mayor cuando se le abalanzó. ¡Qué suerte! Aquel apocalipsis ponía frente a sí a su asesino. Escuchó los gritos de socorro que salían de su boca y, con huesos firmes palpó por debajo de la saya blanca que le cubría. Como no podía ser de otra forma, encontró la daga que, tiempo atrás, le mandó al otro barrio. Sin contemplaciones, ¡le rebanó el pescuezo!

¡Vaya, que mala suerte! Justo ahora tiene el viejo que dejar de pintar. Al menos, he podido vengarme.

Dolores Leis Parra

El triunfo de la muerte” fue el cuadro elegido en Leer un cuadro del mes de diciembre. Encontraréis más información sobre este ciclo en:

http://www.cbrenan.com/LEER%20UN%20CUADRO.htm

Espacios

luz-a-través-de-la-puerta

Hace un par de horas tenías la entrada perfecta para el blog. Hablabas de puertas y ventanas. Sus dos posiciones en el plano del papel: entreabierta o cerrada.

Después de planchar  y guardar la ropa del tendedero plegable, que desde hacía tres días se hermanaba con tus libros, cambiaste esos espacios por otros abiertos. Sin posibilidad de puertas, ni cercados que encierren sentimientos.

Ahora no tienes entrada de blog, no tienes puertas, no tienes campo, no tienes nada.

Dolores Leis Parra

Vacío, silencio, frío

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Ropajes de gala tres días al año. Sí hay suerte y cae en sábado, uno más (el cuarto).

Antesala de aire puro, de calles silenciosas tras los días de bullicio que partieron con las fiestas de patrones o difuntos (da lo mismo).

Acodada en la barra del bar la calle solitaria. Un desierto de alquitrán desnudo de pisadas. Tacones rotos que, como migas de pan (de un cuento), no llevan a ningún destino.

Noche de frío y ausencia en la que sólo queda el consuelo del sueño (y los sueños).

Tormenta tropical

mujer y lluvia triste

El corazón encerrado en una tormenta tropical, arrastrando tornados que ocultan la salida. Un encierro curioso, sin barras de acero que llamar cárcel y sin barrotes dorados que nombrar jaula. Tiene comedero, bebedero y una jibia para que afiles las penas y puedan clavarse más hondo.

Una prisión enredada en años de hacer lo correcto, sonreír a las desdichas, poner buena cara a los problemas y mirar a otro lado… Por si acaso.

Cambiar de domicilio como quien cambia de religión o ideología política.

Criar hijos que, como cuervos, te sacarán los ojos por no aceptar, que la misma libertad que un día demandaron para ellos, necesitas para ti.

El corazón encerrado en una tormenta tropical. Una suerte de tifones que envuelve el caos. Un estado que cuando se calma, huye despavorido buscando de nuevo el huracán.

Dolores Leis Parra

El bosque mágico

 

Besos-34

Saliste de casa tan presurosa que llegaste a la cita demasiado temprano. Lo comprobaste al mirar la hora en el reloj.

Subiste las escaleras…

Bajaste…

Volviste a subir…

Silencio en aquella hora temprana de verano. Ningún corredor se anima a madrugar y cumplir los kilómetros establecidos antes de que el sol haga imposible la carrera.

Bajaste las escaleras…

Subiste…

Volviste a bajar…

Una carretera ausente de coches en aquella hora temprana de verano. Un maldito autobús que pasó a deshora llevándote al destino demasiado pronto. Lo comprobaste al mirar de nuevo la hora en el reloj.

Subiste las escaleras…

Bajaste…

Volviste a subir…

Silencio desde la baranda de madera que permite ver en el cercano parque un velador vacío. Horas después cambiarías el café por acariciaros el desnudo antebrazo con la yema de los dedos, ante la mirada indiferente de una pareja que decidida a quemar los excesos de la noche, corre.

Bajaste las escaleras…

Subiste…

Volviste a bajar…

Silencio…

Miradas al camino…

Sonrisa…

Abrazo…

Lenguas que se reconocen…

Cuerpos que se acoplan…

Pinos, tierra y rocas…

El bosque mágico.

Dolores Leis Parra

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