Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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La falda muy corta

Cuando la viste entrar supiste que se iba a liar, en realidad lo sabías de antes, cuando sin esperarlo, tus hijos llegaron y ocuparon un lugar en primera fila. De nada sirvió el apresurado mensaje, ni tampoco ayudó el numeroso público que abarrotaba la sala, fue escucharse, en el silencio del poema, la puerta que se abría y todos, sin excepción, giraron la cabeza para ver quien era el desalmado que se atrevía a llegar tarde al recital.
Y allí estaba ella, altiva, arrogante, desafiante con quienes buscaban cuestionarla, hermosa como siempre, una exótica flor en aquel jardín de oscuros intelectuales, con la sonrisa pintada de rouge y la falda varios centímetros más corta de lo recomendable en un acto de esas características, pero… así era ella y todo se lo perdonabas, hasta aquella interrupción incómoda que hizo levantarse a los dos adolescentes que apenas empezabas a recuperar tras el divorcio y que la miraron de manera despectiva mientras abandonaban la sala.
Quizá algo bueno saliera de esa situación, pensaste, la presentación de tu nuevo libro andaría de boca en boca por muchas semanas, publicidad añadida que siempre es de agradecer, por lo que calmado el revuelo y gran parte de los murmullos, indicaste con un gesto a la mujer que aguardaba junto a la puerta que ocupara una de las sillas que había quedado vacía y carraspeando, para captar de nuevo la atención del respetable, diste comienzo a una nueva lectura.

Dolores Leis Parra

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Suicidio literario o la verdad por delante

Cuando el escritor novel autopublica suele cometer ciertos errores, bien por inexperiencia, bien por las prisas de ver su primera obra impresa.

Algunos ya sabéis que publiqué mi primera novela hace unos meses. Lo primero que llama la atención de ella es lo gorda que es. Tiene algo más de 650 páginas, no era intención que tuviera tantas pero finalmente ese fue el resultado. Con respecto a ello, hay personas que me han dicho que se podían suprimir algunas, también hay quien dice que con menos páginas la novela hubiera quedado coja. Necesitaba un número determinado de hojas para quedar completa; y éstas son las necesarias, bajo mi punto de vista para poder contar, todo lo que quería que los lectores supieran y no dejar cabos sueltos.

El tema de las erratas es otra cosa. No sabía que existían lectores beta, o correctores profesionales que se dedican a pulir una obra hasta dejarla perfecta. Yo fui la  encargada de corregir mi obra, con paciencia y ayuda de algún lector voluntario (del corrector ortográfico de word no hablo porque según queda de manifiesto, no es demasiado fiable). En un momento determinado tuve que decir “basta”, porque a fuerza de leer y releer, cada vez perdía más sentido lo que trataba de contar. ¿Qué se colaría algún error o falta ortográfica? Era más que probable, sólo me cabía esperar que fueran las menos posibles.

Otra cosa que se me achaca es que no puntúo lo suficiente. Por lo que he podido darme cuenta, mi escritura se caracteriza por frases largas, con pocas pausas entre palabras. Es mi manera de escribir, y ahora, siendo consciente de ello (no lo fui durante la escritura de El último Bernal) y cuidando el ser más clara en las expresiones, me sigue sucediendo. Aunque espero que se aprecie el esfuerzo que hago por ajustarme más a las normas establecidas, en ningún caso quiero perder mi propia identidad, correcta o incorrecta manualmente hablando, pero mi estilo.

Hay editoriales que aunque auto publiques si te corrigen el texto y distribuyen la obra. Por desgracia en este momento no tengo los medios económicos para reeditar la novela, ahora sí, en un envase perfecto. Porqué las opiniones negativas que me llegan tienen más que ver con la forma que con el fondo. El último Bernal, es fácil de leer, engancha, tiene giros inesperados, acotaciones originales… pero hay que darle una paliza al corrector. Los que me hacen esta última observación también me dicen que no afecta a la lectura ni a la comprensión del texto. Otros no hablan para nada de ellas, y los hay también en según que pasajes del libro, culpan a dichas erratas de darle poca claridad.

Me estoy tirando piedras contra mi propio tejado con este artículo. Pero las vigas son fuertes y una vez sustituida la frágil uralita por tejas de barro, seguiré luchando por esta novela. Creo en ella, en la historia que cuenta, en la de Jimena y en la mía, que en definitiva van juntas en esta aventura. Puede que alguna presentación que tengo medio apalabrada, se caiga tras leer esto, con toda libertad, me podéis decir lo que sea. También puede hacer desistir a posibles lectores, de alguno de los cuales, espero su opinión, y por supuesto, puedes echarte para atrás en acompañarme en la presentación antes mencionada si así lo deseas (a quién va dirigida lo entenderá)

Para mi próxima novela, que ya está en marcha porque estas cosas te dejan tocado, pero no te hunden, contrataré un corrector, o quizás alguna editorial con corrector en plantilla se interese por ella. En ese caso la historia, perfecta en su forma, habrá perdido un pedacito de mí, porque habrá alguien que se encargue de poner puntos y comas, acortando esas frases demasiado largas que me son tan comunes.

A todos los que ya la han leído, gracias por confiar. A los que a pesar de leer esto, continuáis con ganas de leerla, adelante, os animo a que lo hagáis y disfrutéis del universo que os ofrece “El último Bernal”. Y a los que después de esto, deciden no hacerlo, gracias también por permitir que me explique. No me gusta mentir y desde que los primeros lectores me hablaron de las erratas, cada vez que ofrezco la novela a alguien, siento que no soy totalmente sincera. Por fin lo he sido, ahora todos saben lo que encontrarán cuando la abran, en forma y fondo.

Aunque me late acelerado el pulso por esta confesión que temo no llegue a ser comprendida, el cuarto Chakra (Anahata), siente un inmenso alivio, por fin el puño que durante meses le ha estado oprimiendo, abre sus dedos y le permite bombear libremente.

Dolores Leis Parra

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