Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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Mediodía

Queda atrás el mediodía, obediente sigo a Sarito hasta el jardín. Me siento en la entrada para llenarme de sol, él se tumba junto a la banca que sostiene el cubo de agua del que bajan a beber los gatos vecinos. Se siente el calor, mi cuerpo lo agradece el suyo se adelanta medio metro dejándose caer en las sombras de las flores que ocultan la reja.

Sin tregua pasan los minutos…

Cansado, quien sabe si de la arena húmeda que le sirve de colchón o de la soledad que le envuelve, camina hasta la escalera para sentarse a mi lado, vigilante observa cada brizna, cada rama, cada insecto, cada efecto del viento que a sus ojos se vuelve juguete o manjar.

Miro la fecha de mi última entrada, hace semanas que no publico una historia, aunque las historias siempre giran en torno a la mente desbocada. Cuesta dar forma a las ideas, disfrazar la realidad de ficción, crear señuelos, encontrar un minuto para sentarse a tomar sol y disfrutar del ronroneo calmo de un gato. Cuesta no pensar en nada, tan sólo escribir.

Dolores Leis Parra

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Torbellino

p

Cuando los dedos se niegan
imposible dar voz a las palabras.
Cuando la garganta enmudece
las manos gritan lo que sientes.

Dolores Leis Parra

Historias en autobús

Historias en autobús

Viajar en autobús es un magnífico escaparate a la diversidad que nos rodea.

Veo una joven (no más de veinte años), lleva dentro de su bolso un perrito pequeño, como sugiere el diminutivo, es un chucho feo, negro y delgado. La madre de la joven (que no del perro), se sienta detrás y se pasa todo el viaje haciendo cucamonas al animal, entre frase y frase, la más joven besa el largo hocico que asoma por una abertura de su bolso ¿Serán igual de cariñosas la una con la otra, como lo son con el perro?

“Lo poco gusta, lo mucho cansa” Escucho sin querer esta cita (o queriendo, que en el autobús ya se sabe, igual escuchamos conversaciones ajenas, que leemos el libro de nuestro compañero de asiento) y retrocedo al pasado. He oído infinidad de veces esta frase aunque llevara perdida años en mi memoria. He de dar la razón a la mujer que la ha pronunciado, aunque en mi ensimismamiento he perdido el hilo de la conversación que ambas mantenían. No cabe duda que la frase resulta certera con independencia del contexto en que se pronuncie. Pero ¿Cómo cuantificar ese poco o mucho? ¿Dónde encontrar ese término medio que en teoría nos lleva a la virtud?

Frente a mí se sienta una chica, vista desde mi edad, casi una niña. Su cabello mezcla la gama de violetas hasta llegar al rosa, el labio inferior apenas se ve, oculto por una línea de pirsin, en los ojos una gruesa raya de kohl  le dibuja unas ojeras que su juventud niega. El tinte, los pirsin (y posiblemente algún tatuaje), la languidez de los ojos ocultando con maquillaje su brillo, están ahí, son parte de esta juventud que nos rodea. Moda, o modo de saberse parte a una tribu y afrontar la vida. ¿Qué pasa por la cabeza de una adolescente para maltratar su cuerpo de esa manera?, porqué estéticas aparte y por muy valiente que seas, tiene que doler.

Levanto la cabeza ¿Me observarán los demás como yo hago con ellos? ¿Qué imagen se crean de mí esos viajeros que ni conozco ni me conocen? Su mirada se detendrá en alguien que trata de tomar notas en una libreta obviando vaivenes y mareos. ¿Intuirán que escribo sobre ellos? ¿Qué la vida que proyectan forma parte de mis historias?

¿Escribirá simultáneamente alguien sobre mí?

Dolores Leis Parra

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