Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

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Somos leyenda

Siempre he creído en los poetas malditos, para mí es grata y tranquilizadora su lectura porque no pretenden dar ninguna lección de vida, ni mostrarte un mundo rosado que las más de las veces no pasa de ser un rojo desteñido. Ellos, los malditos, no pintan el universo como la panacea para todos tus problemas, al contrario, te hablan de fango, de miedo, de adicciones, tormentos, bucles, paranoias, más miedo. De la culpa que acecha detrás de una copa de vino, del pánico al escuchar la sentencia de una prueba médica, del amor que te abandona o del abandonado, de tantas pérdidas…

«Tú también eres una poeta maldita, has sido alcohólica, te has marcado una buena colección de cagadas, has visto monstruos en los espejos…»

Cierto que fui (¿es correcto usar el pretérito?) maldita, más en esa época no era poeta, entre la bruma de cervezas y gin-tonics, con la vista fija en una lámpara que no dejaba de girar, se perdieron el total de los versos, sin fuerzas ni conciencia para llevarlos al papel. Ahora escribo poesía, sé que ningún universo me va a dar por arte de magia lo que deseo, que odiar forma parte del ser humano y es necesario en algunos momentos para no perder la cordura, que el que da amor no siempre es pagado con la misma moneda y que a las mejores personas (casi) siempre les caga la vida.

Quizá la figura del poeta maldito sólo sea una leyenda pero me gusta pensar que es real y que alguna vez fui uno de ellos.

Dolores Leis Parra

 

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Realidades

Preguntas en que pienso y yo invariablemente contesto que en nada. Mi cerebro desbocado salta de una cosa a otra, canciones, citas, situaciones,  recuerdos… y no soy capaz de poner una brida que frene tanta actividad. Me agoto y siento que el cerebro va a estallar en pedazos.

Esta tarde te contaré una historia, tal vez real, o quizás fruto de esos largos paseos solitarios con que me regalo desde que no estás. No me juzgues ni taches de cruel porque la narre bajo el disfraz de la indiferencia, me conoces lo suficiente; tal vez me he endurecido con los años pero créeme, tú has sido el culpable en gran medida.

Nunca me ha gustado beber en soledad. Me asusta el vidrio indefenso en las manos, pero más me asusta el reflejo que la copa vacía devuelve al bebedor cuando la deposita sobre la mesa.

Aquella tarde, dejándome llevar por el torbellino de pasiones e ideas, pasé horas frente al ordenador; las frases fluían, encontraba la palabra exacta sin necesidad de pararme a pensar o tener que recurrir a google. Escribía sin parar, cerrando ideas, atando cabos sueltos. Me sentí tan dichosa con el resultado, que tras la palabra fin me regalé una segunda, o tal vez tercera copa de vino, brindando con la imagen sonriente que me devolvía el televisor.

La botella estaba más vacía que llena pero no importaba, en la bodega había muchas más para elegir. Apuré el contenido mientras sonreía imaginando la cara de mi editor cuando recibiera el manuscrito. En unos días empezaría su corrección y después camino del best seller (que esta vez estaba convencida) había escrito.

Quise brindar de nuevo, alargué el brazo para coger la copa y entonces… No, no vi mi vida pasar como si de una película se tratara. Mientras mi cuerpo se precipitaba sobre la mesa de cristal, visualice la escena en que Meg Ryan, borracha como una cuba, se precipita sobre la mampara del baño, y cae desmayada mientras cientos de cristalitos la rodean (tal vez no llega a romperse, pero en mi mente sentí las esquirlas clavarse sobre su espalda y la mía). ¿No sabe de qué le estoy hablando? ¿Acaso no ha visto “Cuando un hombre ama a una mujer” de Luis Mandoki? Pues le recomiendo que lo haga, yo desde luego, si pudiera elegir, quiero un Andy García en mi vida… En fin que estoy divagando, a lo que iba. Desperté cuando ya anochecía, el dolor de la mandíbula era insoportable, temí haber perdido alguno de los dientes pues el impacto lo había recibido mi cara.

A día de hoy, llevo meses sin beber… También sin escribir. Me da miedo poner la palabra fin a una obra porque eso me hará descorchar una botella de vino y apurar su contenido hasta perder la conciencia. Lucho a diario contra la batalla de las ideas, cientos, miles acuden a mis dedos… Mire, ni libreta llevo en los bolsillos para no sucumbir a la tentación de escribirlas. Precisamente ahora me vienen unas cuantas… La dejo antes de que se me olviden. No se preocupe, estaré bien, sólo quiero esbozarlas, no les daré forma. Todavía…

Un placer conocerla. Que tenga usted un buen día. 

Dolores Leis Parra

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