Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

La familia

Pistola_41

Afrontó aquel último tramo de carretera tras abandonar la A-5, con mayor velocidad de la recomendable, pero conforme se acercaba al pueblo fue levantando el pie del acelerador, no quería que nadie supiera que estaba allí. Llegaba de noche. Protegida por esa oscuridad total que proporciona la luna nueva. Como si de un coche fantasma se tratara, hasta los faros apagó, para que su halo, no se abriera paso entre la negrura que la rodeaba.

Un silencio sepulcral sobrevolaba la calle, pero bien sabía que todo era un espejismo. Detrás de las ventanas, ocultas tras persianas de aluminio, gemelas evolucionadas de las que antaño eran madera; pares de ojos entornados por la hinchazón que produce el sueño, seguían cada uno de sus movimientos. Calma nocturna engañosa, de un pueblo que nunca duerme.

Hacía frío, la centenaria casa se levanta ante ella, altiva, sombría, fantasmal. Llevaba años cerrada, desde el día en que enterraron a los padres. Aquel día juraron no volver y le molestaba incumplir ese juramento, pero tenía la certeza de que no era sólo ella quien lo hacía. El llavín giró con un chirrido parecido al llanto. Entró furtiva, como hace el ladrón en casa ajena. No había luz ¡Será cabrón!, tampoco teléfono ¡Me cago en…! Mira que su madre no se cansaba de decirlo “tú hermano es mala gente hijita, muy mala gente”

― Sabía que vendrías.

La llama iluminó el rostro, miraba desafiante mientras encendía el cigarrillo, sin perder esa media sonrisa fabricada a tajo de bisturí.

Sonrió también ella, y su sonrisa natural era calco de la otra. Desde niño siempre quiso parecerse, envidiaba todo lo que tenía, hasta lo que no se podía dar  “es un chico raro tu hermano… debemos cuidarnos de él”

Al inhalar del cigarro, pudo ver en el tenue resplandor lo que buscaba. Lo que su madre no sabía es que ella era igual de mala. La genética había hecho estragos en su familia, que escondida tras una máscara de dignidad, era capaz de cometer las mayores atrocidades. Hoy pondría fin a ese linaje.

Años de práctica no podían hacer que errara el tiro. Entre ceja y ceja, la marca de Caín. Un hilo de sangre se deslizaba entre los espantados ojos hasta colarse en el maldito tajo que ni en el crucial momento del disparo, había dejado de sonreír.

Dejo caer la pistola. Cumplió su palabra. Sólo había sitio en la familia para un asesino y ese honor, le correspondía a ella.

Dolores Leis Parra

Relato publicado en la Revista Covibar de Septiembre 2013

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