Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Entre botellines y copas

Casa Rural Palacio Universitás

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No voy a contar como nos conocimos, pues a estas alturas quien no sepa que nuestro primer encuentro tuvo lugar en el pub Saboya, conocido en el pueblo como bar de la Mari, o cómo el propio Adolfo lo nombró en su novela “Erótica rural” pub de Sonia, no nos conocía antes de que la edad y los achaques nos pillaran por sorpresa a Adolfo y a mí.

Compartir botellines y copas une mucho, si además como es nuestro caso, somos apasionados de la literatura, el vínculo puede llegar a ser indestructible.

Artista polifacético, escritor, pintor y escultor; tal vez sea en ésta última faceta la que más me maravilla de él. Su manejo de la forja, esa capacidad de hacer una obra de arte con el más rudimentario de los aperos de labranza es digno de admirar. Prueba de ello, la preciosa escultura que a base de arados, adorna el jardín del bar Saga, que lleva el sugerente título “Máquina para labrar el viento” y que en mi ignorancia por todo lo relacionado con el campo, creí se trataba de pájaros volando.

Adolfo es esa clase de personas que hablan para sí más que para quien tiene enfrente. Disfruta rememorando anécdotas de su juventud que a pesar de compartir con los demás, son más un recordatorio interior de sus vivencias que el deseo de darlas a conocer al mundo. Muestra de ello son esas pausas en las que igual aprovecha para pensar lo que va a decir a continuación, que las utiliza para memorizar lo ya narrado. En cualquier caso, no cabe duda, que deja con la boca abierta a su interlocutor ante las locuras cometidas con nocturnidad y alevosía en aquellos años universitarios, historias que en nuestros últimos encuentros ha tenido a bien compartir con nosotros y que sin su consentimiento, no me atrevo a revelar.

Vive en un entorno privilegiado, entre los muros de lo que estuvo destinado a ser universidad y ahora se ha convertido en el Palacio rural Univérsitas. Poseedor de una biblioteca que es la envidia de quien escribe y cuyo temor se basa, en que sus herederos no sean capaces de apreciarla. Amigo de todos y de ninguno, respetado por ser quien es, o quién era, que su nombre pesa mucho en la región. Envidiado en algunos casos por ponerse el mundo por montera, sin atarse a los convencionalismos ni al qué dirán. Habita en ese mundo que es el de todos, pero en el que solamente él, es capaz de transitar con la naturalidad de quien lo tiene todo acomodado.

Me enorgullezco de ser su amiga, de haber compartido a su lado tardes de sol y lluvia, charlas sobre literatura, pequeños cotilleos sin maldad, su famosa puntilla “eso me interesa” que te hace ver lo equivocado que estás al pensar que inmerso en sus propios pensamientos, no te escucha.

Adolfo M. Martínez es autor de ese precioso relato titulado El hombre que amaba a los pájaros incluido en su libro “Los profetas cabreados” en él narra un idílico entierro, del que nunca me ha querido aclarar si imaginaba el suyo, pero cuya referencia a la copa de balón que Sonia deposita sobre la tumba, así lo hace pensar.

Adolfo, que tardemos muchos años en hacer realidad ese magnífico cuento.

Dolores Leis Parra

 

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