Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Rozando el nuevo siglo

Texto de 1999

12 de junio de 1999

Estaba viendo por tercera vez “La casa de los espíritus” cuando volvió a asaltarme el deseo de escribir una novela tan maravillosa como la de Isabel Allende. ¡Pensé que es tan difícil hacerlo! Yo no tengo una abuela Clara que me ponga en contacto con los espíritus para crear un personaje tan entrañable, no he conocido una guerra cruel y devastadora en mi patria, ni mi familia ha sufrido las vejaciones y el maltrato que de un golpe de estado se deriva. Mi marido no es un Gregory Reeves con un pasado turbulento digno de figurar como protagonista de una novela; mi hijo de nueve años sólo tiene tres pasiones en su corta vida: el futbol, Egipto y la Game boy que por navidad le trajeron los Reyes Magos; en cuanto a la niña he de agradecer infinito que no sea Paula, mi pequeña es una mujercita que mañana cumple siete años y que espera ilusionada los regalos que ese día le traerá.

Cuando yo era una niña tenía una imaginación desbordante. No necesitaba juguetes, sólo tenía que ver una película para convertirme en Sissi Emperatriz; en Jo, la escritora rebelde en “Mujercitas” o en Pollyana, la niña feliz que vivía en un orfanato. Cualquier libro me transportaba a una isla desierta en las historias de Los Cinco, hasta de un perro de peluche usado (al que mi madre puso unas orejas de fieltro) me servía del fiel Tim; en las alumnas que poblaban el internado Santa Clara, o el de Torres de Malory es lo mismo; en la sensata Pam de las aventuras de Los Hollister… Cualquier personaje era bueno para introducirme en su piel y crear mis propias aventuras.

Recuerdo que iría a 3º de E.G.B. cuando comencé mi primer libro, era la historia de diez muchachos que resolvían misterios y ayudaban a los demás, los bauticé con los nombres de mis compañeras de clase a las niñas y nombres inventados para los niños (era un colegio mixto pero en las clases aún nos dividían por sexos), como no una de las protagonistas llevaba mi nombre, era todo lo que yo anhelaba ser, guapa, popular, con un hermoso pelo siempre recogido en una trenza hacía adelante… con trozos de tela vieja fabriqué esa trenza y con ayuda de un pasador la unía a mi corto cabello mientras jugaba a que nos encontrábamos en un castillo viejo y abandonado. Todo lo que sucedía durante la tarde era anotado en un cuaderno y así iba creando capítulo tras capítulo la trama de esa historia. Un día olvidé la trenza, olvidé el castillo y olvidé la novela. Yo que pensaba en escribir una colección de libros sobre Los Diez, ni siquiera fui capaz de terminar el primero. Pero no me preocupé, otra historia ocupó su lugar.

Adoraba bailar, grababa canciones de la radio en un viejo casete, la música de entonces, Miguel Bosé, Leif Garrett, Los Pecos… pasaba tardes y tardes recorriendo el salón, piruetas, giros, movimientos de cadera; me sentía feliz con ella, el baile me llenaba me hacía sentir una niña diferente, una niña ágil, armoniosa; alguien que no tenía nada que ver conmigo, larga, torpe y desgarbada. Me gustaba bailar, creo que todavía me gusta pero no puedo hacerlo, aún cuando me encuentro sola en casa y lo intento el ridículo a mi misma me invade e impide que mis pies y mi cuerpo se muevan al son de Manolo García o Alejandro Sanz.

Acabé mi primera novela gracias a mi marido, tenía dieciséis años y un montón de folios sin terminar separados por papeles doblados e intentando cada uno de ellos sobrevivir a la poca constancia que poseo. Cierto día, cuando me acompañaba al autobús le pedí que me escribiera una canción (le encanta tocar la guitarra, ahora apenas lo hace, los años siempre nos llevan a perder) lo haré el día que tú acabes una novela fueron sus palabras y como si fuera un reto lo hice. Nació “Lombourg” (título complicado que tomé prestado a Jane Austen de su “Orgullo y prejuicio”), era una novela romántica, ambientada en el inicio de la Guerra de Secesión americana con apenas 30 páginas y millones de erratas o concesiones a la época actual. Orgullosa como un pavo fui con mi carpeta bajo el brazo para entregársela convencida que en pocos días tendría mi canción. Han pasado dieciséis años y todavía continúo esperando.

Dolores Leis Parra

Anuncios

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: