Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Disculpa, pero hoy no hablaré de mí

A lo largo de todos estos meses, mis colaboraciones con la revista Altheia siempre ha sido por medio de artículos e historias en los que mi persona, manera de pensar o recuerdos del pasado, son el eje principal. Pero hoy no será así, quiero compartir una historia en la que yo no tuve nada que ver, mi único mérito es ser nieta del protagonista. Pero es hermosa y gracias a ella pude pasar tiempo junto a él, un tiempo escaso, pues el abuelo Pepe murió cuando yo apenas contaba dos años y… Perdón, olvidaba que hoy no iba a hablar de mí.

Debo remontarme muchos años atrás, concretamente a 1939 cuando la guerra que asoló España llegó a su fin, aunque primero, y para ponerse en situación, narraré brevemente como comenzó.

Aunque natural de Higuera la Real (Badajoz), llevaba años afincado en Madrid donde conoció a la abuela, uniéndose a ella en matrimonio civil. Era militar, cabo por más señas del cuerpo de intendencia, al comenzar la guerra le enviaron a Valencia donde luchó durante toda la campaña.

Estando allí cayó Madrid, con la ciudad cayeron los soldados que la defendían y de rebote, todos los que luchaban en otros puntos de la geografía y que sin gobierno al que defender, empezaron un largo peregrinaje para reunirse con las familias que quedaron atrás.

A mi abuelo le quedaban muchos kilómetros por recorrer, muchos caminos por andar antes de abrazar a la mujer y la hija que le aguardaban en la capital, por lo que emprendió la marcha confiando encontrar todo, como lo dejara antes partir. La guerra tiene esas cosas, separa a los amigos, divide a las familias, enfrenta a los hermanos, pone en contra a padres e hijos; sólo depende del momento y el lugar donde te encuentres.

El regreso era duro, el peso de la derrota además, caía sobre los hombros; los pies llagados y doloridos, cubiertos por lo que apenas quedaba de una botas que iban dejando jirones entre el asfalto de la carretera y el polvo de los caminos. Esconderse cuando se escuchaba el ruido de vehículos, la mirada vigilante, porque el uniforme que le cubre, aunque sucio y roto, no muestra los colores del vencedor.

Se escuchó un camión a lo lejos, pero a esas alturas era tan grande el cansancio que ni fuerzas le quedaban para saltar a la cuneta. Si había de arrollarle que lo hiciera, si su fin se encontraba en ese punto de la carretera, adelante, era tan agotador esconderse y huir… El camión llegó a su altura, de lo alto solamente se escucharon insultos y frases humillantes; pensó el abuelo que esta vez había tenido suerte, ningún soldado baja  para golpearle o descerrajarle un tiro; que nunca se sabe cómo reaccionaran ante el vencido. Pero qué equivocado está. Un grito se eleva sobre los cánticos victoriosos ¡¡Alto, parar el camión!! Asustado ve como la orden es obedecida, unos metros por delante el vehículo se detiene y un soldado corre hacía él empuñando su arma. El abuelo ya no tiene ganas de luchar, sólo desea llegar cuanto antes a Madrid y refugiarse en el calor del hogar por largo tiempo abandonado, abrazarse a su esposa y reanudar la vida que tuvo que abandonar para luchar en una guerra en la que ya, ni siquiera cree.

El soldado se para frente a él y ambos se miran, la mirada del abuelo se perfila borrosa, no quiere llorar, no quiere mostrar debilidad, no ante aquel joven armado… Parpadea para ahuyentar las lágrimas que pugnan por salir y no da crédito a lo que sus ojos le muestran; el soldado parado frente a él también está llorando. Momentos emotivos que concluyen cuando no se sabe quién de los dos, da el primer paso y estrecha al otro entre los brazos. Hermanos separados durante años de conflicto que se encuentran de manera fortuita en un recodo del camino.

El abuelo Pepe luchó en el bando republicano, pero quién se lo iba a decir, entró en Madrid con el uniforme de los vencedores. Acaso se sintió culpable por ello, acaso sólo agradecido, por fortuna, vivo. No volvió al ejército; como mi madre tiene a bien recordarnos, su padre era zapatero remendón; del matrimonio con la abuela, esta vez como mandan los cánones de la Santa Madre Iglesia, nacieron tres hijos más y un buen número de nietos, algunos no tuvieron la suerte de conocerle, otros, como es el caso de los mayores, no tenemos la fortuna de recordarlo.

Dolores Leis Parra

Artículo publicado en la revista Altheia nº9 Agosto 2013

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