Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

La niña del sombrero cordobés

Las fotos antiguas pueden llegar a ser crueles. Nos recuerdan en muchos casos un tiempo mejor, más feliz; no en vano sonreímos al objetivo cuando este nos sorprende en una pose divertida, o le hacemos burla si queremos desviar su atención, dejando en este caso para la posteridad la más absurda de las imágenes.

La vida de mamá parece haber comenzado cuando se casó con mi padre. A partir de ese momento abundan las fotos de su historia; matrimonio, viaje de novios, embarazos, bebés en brazos, bautizos, bodas, comuniones. Escasos, muy escasos los retratos de aquella niña de la que cuando habla, lo hace con dolor. Fue una niña triste. La frase que más la he oído repetir a lo largo de estos últimos años es “yo he sufrido mucho en esta vida”. No era huérfana, tenía padre, madre y hermanos; pasaron hambre, como tantas familias en esos duros años de posguerra, era el ojito derecho de su padre, no así de su madre que cierto es reconocer, que la trataba más como criada que como hija, debido tal vez a su condición de ser la mayor de los cuatro.

Siendo una cría, la tía Elena le pidió al abuelo que la enviara a Sevilla para criarla como la hija que nunca pudo tener. Vivían en la calle Trajano y el taller de su esposo tenía reputación entre los militares por la calidad y buena hechura de sus uniformes. Mamá partió a Sevilla, la matricularon en uno de los mejores colegios de la ciudad, ella siempre contaría con orgullo que estudiaba con las sobrinas de Juanita Reina. De ese tiempo, apenas tres fotos se conservan siendo niña; vestida de corto, de faralaes, con el uniforme escolar y una vieja bola del mundo a su espalda; pero sobre todo con una cara de felicidad que me sorprende, más si cabe, por lo mucho que de siempre, nos ha costado arrancarle una sonrisa, y porque en los últimos tiempos, sus ojos no paran de llorar.

Fantaseo, como imagino que lo hará ella, que habría sido de su vida si la abuela no la hubiera mandado llamar de regreso a Madrid. Hubiera terminado sus estudios, algo que aquí no llegó a hacer, probablemente se habría casado con un militar de graduación (como hicieron otras sobrinas a las que la tía Elena tuvo posteriormente a su cargo) y viviría en la propia Sevilla, o tal vez viajaría junto a su esposo por distintos cuarteles de la geografía, conociendo un mundo que desde ese mismo momento se le negó. Pero eso sería como esa película de Van Damme “Timecop” en la que viajando al pasado, no solo aniquilan al malvado, sino también a toda su descendencia. Si mamá no hubiera regresado a Madrid no habría conocido a mi padre, no se habría casado con él, no hubiéramos nacido ni mi hermano ni yo, Manolo se habría hecho novio de otra chica y mis hijos, no serían mis hijos, serían los de ella.

¿Soy tan generosa de renunciar a mi presente, por qué su vida fuese feliz? Aunque hay quien afirma que nuestro destino está escrito, que sucederá lo que ha de suceder independientemente de cómo actuemos ¿Se habrían conocido igualmente mi padre y mi madre si ella hubiera seguido viviendo en la capital hispalense? De ser así, si había una posibilidad de que todo fuera como es, habiendo vivido mamá una infancia feliz ¿cómo pudieron negársela? Porque hablamos de su carácter huraño, de sus múltiples enfados, de lo poco dada que es a mostrar el cariño que nos tiene. Pero es que ciertamente la vida de mamá no lo ha sido. Pinceladas de color en una vida gris que apenas han servido para mostrarnos su verdadero carácter de bailarina incansable que danzaba al son de las castañuelas, con un pañuelo a la cintura y un sombrero cordobés.

Son crueles las fotos, porque muestran lo que debió ser y se truncó. Porque me enseñan, que esa es la madre que yo debí tener, la que baila, la que sonríe, la que acorta distancias con una caricia y cura un mal sueño con un beso. Esa madre que hicieron desaparecer tras toneladas de trabajos ingratos y regaños, golpes de zapatilla y sumisión.

Dolores Leis Parra

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