Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Del chocolate a los espíritus, sin pasar por el café

El llevar varios días ingresada en la misma habitación del hospital, tiene eso. Empiezas a cruzar con las enfermeras y auxiliares, algo más que el educado saludo correspondiente a la hora del día en que te encuentras.

Llegó la auxiliar a hacer la cama, comenzamos por el cómo te encuentras y demás preguntas relacionadas con el tema que me obligaba, a pesar de mi notable mejoría, a seguir allí, cuando sin tener muy claro a cuento de qué, le conté que esa noche (más bien madrugada) había soñado que comía chocolate. Hermosas figuras que me regalaban y a las que iba arrancando pedacitos que saboreaba con placer. Comentó ella entonces, que nunca soñaba, o lo que es más exacto, nunca recordaba los sueños. Excepción hecha de una ocasión, en que estando visitando a una amiga en su casa del pueblo, en el mismo día recordó por dos veces lo que soñara, la primera tras dormirse brevemente en el sofá y posteriormente, en la noche. Aunque bien es cierto, aclara, que lo de la noche no tiene muy claro que fuera un sueño.

Debido al enorme tamaño de la habitación, dormían tres en el mismo dormitorio; en una cama grande la hija de los propietarios, en sendas literas las dos amigas que la acompañaban; bajo la ventana otra cama que permanecía vacía. Tenían en la casa un gato que acostumbraba a dormirse sobre su tripa, puesto que era poseedora de un sueño placentero e inmóvil que gustaba al animal. Algo la despertó, pensó que era el gato que ocupaba su lugar habitual sobre ella; por la ventana entraba claridad procedente de la calle y pudo distinguir una figura que sentada a los pies de la cama de matrimonio, observaba a su amiga. Por supuesto del gato, ni rastro.

No se atrevía a pronunciarse sobre lo que viera esa noche; yo en mi modesta opinión expresada tras escucharla, me incliné a pensar que se trataba de una presencia, más que de un sueño. Dejando claro, que en ese tipo de cuestiones, cualquier opinión, es personal y depende de lo que uno quiera creer.

Esa presencia nos llevó a otra, de la que ella no había sido testigo, pero sí amigos suyos, de hecho esta presencia habitaba la casa de uno de ellos. Había sido vista por los propietarios y demás amigos que se quedaban a dormir, y lo fue con tanta claridad, que eran capaces de describir la figura, más allá de lo genérico que supone el sexo masculino.

Me cuenta también, de cómo una de sus profesoras, al salir de la universidad donde daba clases en busca de su coche, tras una jornada laboral más larga de lo habitual, escuchó pasos en el empedrado de la explanada donde aparcaban. Miró atrás y no vio a nadie y a pesar de que aceleró el paso hasta el borde de la carrera, su invisible perseguidor continuaba detrás. Más valor tiene este testimonio, en cuanto que la docente era una mujer extremadamente seria y nada fantasiosa, profesora de literatura, con la cabeza bien amueblada. Parece ser que no es la única persona que lo sufrió, algún que otro maestro admitió haberlos escuchado también, al ir a recoger su coche de aquel mismo aparcamiento. No volvió a salir tarde del recinto universitario y en cuanto tuvo la ocasión, se trasladó a otro centro donde impartir sus clases.

Metidas a fondo en la materia, la cuarta planta del hospital salió a colación; aunque en esta ocasión, mi habitación estaba en la tercera, da la casualidad que hace algo más de seis meses, durante mi anterior ingreso, fue esa la planta, donde fueron a dar mis huesos; durante treinta y cuatro días fue mi hogar.

Parece que en esa planta hay dos presencias conviviendo con los enfermos y el personal; la más común es una niña con un balón que varios ancianos y otras personas que no lo son tanto pero comparten estado crítico, han visto por allí. De hecho, suelen pedir al personal que le pidan a la niña que deje de jugar con la pelota (haciendo memoria recuerdo el caso de la niña, no me avergüenza decir que escuché a hurtadillas a dos enfermeras hablando del caso). La otra presencia es un señor con sombrero. Algún rumor llegó a mis oídos a lo largo de aquellos días de noviembre y diciembre; todo muy misterioso, muy oculto, muy aquí no pasa nada.

Lo cierto es, que yo creo en esas presencias o entes de energía; que no las he visto, que me encantaría verlas aunque probablemente me cague de miedo. No menos cierto es que tuvimos que dejar la conversación; la enfermera de turno debía curar las señales que sobre mi cuerpo había dejado la cirugía y por su cara de pavor, supimos que lo qué estaba escuchando no era para nada de su agrado, algo que tras salir la auxiliar me corroboró mientras limpiaba con yodo las heridas.

Aunque el negar dichas presencias, no evita que se encuentren a nuestro alrededor. He dicho.

Dolores Leis Parra

Anuncios

Navegación en la entrada única

Un pensamiento en “Del chocolate a los espíritus, sin pasar por el café

  1. Me alegra ver tu recuperación y este relato tan interesante. Abrazos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: