Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

La novia (texto original)

Miraba extasiada la extraña imagen que se divisaba desde la roca. Abajo, en el agua, una barca se encaminaba hacia la orilla, como único ocupante una flamante novia cuyo mojado vestido inundaba el fondo de la embarcación. La cara de la novia se fue convirtiendo en una mueca de terror al comprender, que el peso del hermoso traje hacía que la barca cada vez se hundiera más, impidiendo el regreso a la orilla.

― Hermoso ¿verdad?

Una voz susurrante se escuchó a su lado haciéndole salir de aquel cuadro que la tenía ensimismada.

― Ven, acompáñame― pidió la voz.

Y como una autómata se puso en pie asiendo la mano que hacía ella se tendía. Sin curiosidad, sin miedo, sólo sintiendo el tacto de aquellos dedos que salían de la penumbra para dejar ver la morena piel del brazo y un ligero destello iluminado sobre el cabello oscuro.

― Sígueme, te voy a enseñar a vivir.

El otro brazo surgió también hacía la luz, abarcando el paisaje que se extendía a sus pies. Ahogó un grito de asombro, decenas de novias esperaban junto al embarcadero para subir a la barca que tras depositar su preciado trofeo en el fondo del mar, regresaba hasta la orilla dispuesta a sacrificar a otra pureza blanca.

― ¿Van a morir?― se atrevió a preguntar con un hilo de voz.

― ¿Qué entiendes por morir?

¿Qué contestar a esa pregunta? Pregunta con pregunta se contesta ¿Esa era la verdad que quería enseñarle? ¿Más preguntas?

La novia más cercana a la orilla, subía la falda de su vestido dejando ver unos bellos zapatos de escaso tacón. Introdujo el pie en la embarcación y se sentó como una reina en el tablón que hacía las veces de asiento. La barca, impulsada por una repentina ráfaga de viento se adentró en entre las olas.

Contuvo tanto la respiración, que su rostro empezó a amoratarse, si los ojos claros de la novia no se hubieran clavado en los suyos, estaba segura de que habría dejado de respirar eternamente. Aquella mirada y el apenas perceptible movimiento de la cabeza, fueron suficientes para hacerla regresar a la vida, mientras la barca, otra vez rumbo a la orilla, dejaba a la novia hundiéndose en la profundidad del mar.

― La vida es una mirada,― susurró la voz en su oído― es un sacrificio, es cambiarse por los demás.

― ¿Morirán todas?

― No todas son dignas de sacrificio.

― ¿Cuantas se salvarán?

― ¿Cuántas deseas que lo hagan?

― Quisiera salvarlas a todas.― respondió.

Ya no se encontraba sobre la roca, tampoco rozaba la piel morena de aquellos dedos extendidos. Su traje se volvió blanco, los zapatos con un pequeño lazo de raso, el rostro velado por un tocado de rejilla.

El bajo de la falda se mojaba, cada vez resultaba más pesado y aunque comprendía lo que sucedería a continuación, no estaba asustada. El agua mojaba ya su cintura, se despojó suavemente de los guantes arrojándolos hacía aquella figura masculina que intuía a lo lejos, como tributo a su enseñanza.

Sonreía cuando la cabeza quedó cubierta por el agua, porque poco antes, sus oídos escucharon la suave voz que susurraba a su lado:

― Tu mirada las ha salvado. Tuyo es el sacrificio.

Dolores Leis Parra

 

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