Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

La Feria

Llevaban poco tiempo viviendo en Madrid. Papá, directivo de una multinacional, viajaba mucho y mamá no dudaba nunca en acompañarle, por lo que Julián y él se quedaban al cuidado de la abuelita en un pueblecito de la Mancha. Ya en edad escolar, cuando los primeros ciclos de primaria quedaban atrás, sus papás decidieron que lo mejor era establecerse en un punto de la geografía en el que los muchachos pudieran echar raíces y centrar sus estudios; la pequeña escuela del pueblo apenas acogía a una docena de niños que la señorita Anselma atendía con mucho empeño pero poca conciencia docente, no en vano era considerada uno de esos maestros de la vieja escuela que tanto abundaron en los cincuenta y sesenta, defensora a ultranza de que la popular frase “la letra con sangre entra” era la más acertada.

Ese, entre otros, fue el motivo por el cual la familia había terminado instalándose en la capital. Los padres eligieron esa casa de la calle Ibiza por su cercanía al parque del Retiro; tampoco sería bueno que tras años de libertad campestre, los niños se vieran ahora, presos entre sucios edificios y calles atestadas de vehículos. Aquel parque, al que era fácil acceder, respetando eso sí, los muñequitos verde/rojo de los semáforos; se convirtió para ellos en la nueva Castilla.

Una de las muchas tardes que jugaban en él, vieron como operarios con logos del  ayuntamiento, levantaban casetas en el paseo de coches, que hasta ese momento era propiedad de patinadores, ciclistas y paseantes de toda edad y condición. Observaban los muchachos el progreso de los obreros tarde tras tarde, pero solamente durante unos minutos, luego se perdían por los caminos buscando ardillas, tirando piedras a los patos o a ellos mismos, según moviera ese día el aíre.

Esperaban con impaciencia esa tarde, habían escuchado rumores a lo largo de sus carreras por el parque de que por fin, había llegado el gran día. Especulaban sobre lo que albergarían esas casetas que tanto les recordaban a los puestecitos de feria que durante los meses de agosto y septiembre crecían itinerantes en la plaza de su pueblo o en los pueblos de alrededor. Puestos con toldos de colores y feriantes que ofrecían con simpáticas rimas sus productos, desde artesanía hasta embutidos, tiro con escopeta o cartas para conseguir la combinación ganadora. Y precisamente ese día mamá se había empeñado en llevarles a casa de tía Pepita. Cambió el uniforme escolar de los muchachos por unos pantalones vaqueros y un polo azul. Peinó con esmero el rebelde cabello, la raya al lado y flequillo empapado en colonia para que se mantuviera sujeto en su sitio; les tomó de la mano y salieron a la calle.

Durante la visita, la anciana señora les ofreció compartir su chocolate de media tarde, acompañado por los churros calentitos que mamá se encargó de adquirir en la churrería de la esquina antes de adentrarse en el oscuro portal que conducía a la guarida de la vieja, como decían entre susurros para no ganarse un pescozón de mamá. Merendaron los niños y las señoras, éstas últimas, tras el chocolate tomaron una copita de anisete que tía Pepita guardaba para las ocasiones especiales, pero que según habían observado los niños repetía con cada una de las visitas que acudía a la casa. Cuando se despidieron, mamá, que estaba de buen humor se ofreció a llevarlos al lugar que quisieran, hacía una tarde preciosa y sería pecado encerrarse tan temprano entre las paredes de su céntrico piso. Julián y él no lo dudaron. Querían ir al Retiro.

Cumplió mamá su deseo a pesar de no ser amante de las multitudes y temer a los bichos más que al fuego del infierno. Eran los niños quienes la guiaban, hablando sin parar y pisándose el uno al otro las palabras. Hablaban de la feria que estaban montando y que sin lugar a dudas sería mucho más grande que la de Pedroñeras. Soñaban con los premios que conseguirían, entrenados en el tiro de cualquier objeto, ambos tenían buena puntería. Saboreaban de antemano el algodón de azúcar que sin duda mamá les compraría, incluso se atrevían a imaginar la enorme sonrisa que volvería a iluminar el rostro de mamá, desterrando aquel rictus amargo que desde que se instalaran en la capital lo cruzaba; a la vista de los preciosos pañuelos de colores y collares de abalorios que como mínimo, una de aquellas múltiples casetas, ofrecería.

Adiós al tiro y al peluche como premio. Adiós a las cuentas de colores y al sabroso algodón de azúcar. El mar de casetas que llenaba el paseo ofrecía libros a los viandantes. Cientos, miles, hasta millones de libros si juntaban los de todas en un solo montón. Se pararon entre la gente, la expresión decepcionada de los muchachos era totalmente explícita “¡Vaya mierda! ¿A quién le puede interesar una feria con libros?” Buscando salir de allí volvieron al mirada hacía su madre. La cara de mamá resplandecía. Por fin la sonrisa aparcada en el fondo del corazón encontraba la puerta de salida y acudía presta a la llamada de la emoción que sentía. Les tomó a cada uno de una mano temiendo perderles entre el gentío y echó a andar. Paraba en las casetas, acariciaba lomos, leía títulos, preguntaba por otros a los libreros. Al final de la tarde cargaban con varias bolsas y un cuento para cada uno.

Hoy,  treinta años después, mamá ya no está para acompañarles, pero no han querido que su ausencia rompiera el ritual, que desde ese día y sin importar donde estuvieran, les llevaba a desplazarse hasta la feria para acompañarla en el día de su inauguración. Julián y él de la mano, recorren las casetas, seleccionan títulos, acarician ejemplares y preguntan a los jóvenes libreros. Salen del recinto con varias bolsas cada uno, en la mano, un cuento infantil. Se abrazan con cariño tomando distintos caminos; Julián enfila la calle Ibiza rumbo a la casa familiar, él se hunde en las profundidades del metro que le llevará hasta el pequeño chalet de las afueras donde vive desde que se casó con Iluminada.

“Hasta el año que viene mamá”

Siempre se despedían de ella con esa frase, aún sabiendo que no tardarían un año en volverse a ver; era más una despedida a la feria que no volverían a pisar hasta el siguiente mes de mayo. Lo murmuran cuando el oído de uno no es capaz de escuchar los labios del otro. Ese adiós engloba la sonrisa de mamá que recuperaba cada año en ese día y que tan esquiva se volvía los otros trescientos sesenta y cuatro. Mamá, que les mostró ilusionada, con la emoción de un niño que descubre un caramelo en el doble fondo de un bolsillo roto, todo lo que aquellas páginas encierran. Mundos de piratas y niños detectives, relatos de terror, novelas de época, clásicos intemporales…

Dolores Leis Parra 

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2 pensamientos en “La Feria

  1. Alejandro Uriol en dijo:

    Felicidades, me parece simplemente entrañable

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