Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Silencio

Mirabas por el rabillo del ojo. De sobra conocías esa expresión, concentrado, atento, siempre con la vista en la carretera. Pero no te dejabas engañar ante esa calma aparente, en cualquier momento el resorte de la voz podía saltar a la palestra, contra un conductor cualquiera, contra un coche, contra ti.

Hacía años que los viajes se habían convertido en un trámite plagado de silencios y quietud. Todavía recordabas cuando de novios subíais al 127, tomando cualquier carretera con dirección a ninguna parte, el casete de música sonando y vosotros siguiendo el ritmo de la canción a voz en grito. Las ventanillas bajadas, en verano por el calor, en invierno porqué los cristales se empañaban y era imposible ver más allá del salpicadero del coche.

Ya casados, montados en el xantia, solamente la música rompía la monótona conversación. Siempre cansados, siempre malhumorados; por el jefe, por los compañeros, por el proveedor, por los clientes. Las risas apenas quedaban hilvanadas en la tapicería de los asientos, desaparecidas entre las rendijas, que según la estación del año, soltaban un chorro de aire frío o caliente.

A raíz de perder el trabajo ni la música sonaba en el Cd. Las risas se fugaron por las puertas entreabiertas, el aire se volvió irrespirable dentro de aquel armazón metálico que se empeñaba en trasladar vuestros cuerpos de un lugar a otro.

Una gasolinera a lo lejos y lanzaste la moneda, ella se encargaría de decidir puesto que tú nunca serías capaz de hacerlo sin ayuda. Cerraste los ojos, visualizando su caída. El claxon retumbó en tus oídos.

― ¡Será cabrón! ¿Has visto? ¡Gilipollas!

Y no te equivocabas, saltó el resorte; esta vez y por fortuna no dirigido contra ti, aunque tal vez la próxima, no tuvieras tanta suerte.

― ¡Para!

― ¿Qué?

― ¡Para!― repetiste― ¡He dicho que pares!

Te hizo caso, entró en la vía de servicio y se detuvo frente al restaurante situado al lado de la gasolinera. Bajaste del coche.

― ¿Vas al baño? ¿Qué buscas?

Esta última pregunta la hizo al ver que te dirigías al maletero. No respondiste, abriste el portón, cogiste la maleta y el portátil. Tu vida. No miraste al coche, tampoco al conductor, caminaste hasta la cafetería. Le sabías aferrado al volante sin comprender de que iba todo aquello, dudando si correr tras de ti o arrancar y dejarte tirada en aquel punto de la geografía española. Le conocías demasiado bien. Optaría por lo  segundo, aprovechando la oportunidad que le brindabas para huir de tu lado. La suerte en el aire. Cara o cruz. Nunca más permitirías que la moneda cayera de canto.

Los pasos te condujeron a las risas de los niños, al llanto de un bebé, a las voces incesantes que repetían de manera insistente nombres propios y cuidados; hasta el ladrido de un perro te dio la bienvenida al entrar. Te hiciste una promesa. Quemaste el carnet de conducir. A partir de ese día no más viajes silenciosos, no más miradas de reojo, no más miedo al adelantar. El autobús se convirtió en tu medio de transporte y en la quietud de la noche, mientras devorabas kilómetros, siempre había algún pasajero que se acordaba de roncar.

Dolores Leis Parra

 

Anuncios

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: