Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Sevilla

De nuevo estoy sentada frente al ventanal que me muestra el Puente del V Centenario, con el flujo constante de tráfico que cruza sus extremos uniendo una y otra orilla del Guadalquivir.

Este puente, utilizado ya en algún relato anterior, me fascina por sus cables de acero colgantes que permiten sujetar semejante estructura sobre el nivel del río. Sé que también los pilares soportan su envergadura, pero me gusta imaginar que algún dios malévolo con enormes tijeras puede hacer caer la mole con un sencillo corte, precipitando hormigón y coches al fondo del río, permitiendo un entorno limpio de humo y ruidos ¿será tan malvado entonces?. Qué nadie se llame a engaño, tiras súper 8 de una mente fantasiosa, que no catastrofista.

El primer día que paseé por el centro histórico de la ciudad me pilló una gitana con la correspondiente ramita de romero; mira que Manolo me había dicho por activa y por pasiva que no cogiera nada que estas avispadas mujeres trataran de depositar en mis manos, pero yo, novata en esta lides, me creí aquello de “yo te lo regalo, no me lo vas a despreciar” y de pronto me vi con mi mano entre las suyas, leyéndome líneas que describían a una persona que en nada se parecía a mí. Cinco euros me costó la broma, y suerte tuve porque el único afán de la mujer era que le diera el billete de veinte que asomaba por un compartimento de la cartera. Después se me acercó otra, ésta vez no fui tan incauta, negué con palabras y gestos, más algo debió de ver en mi interior, porque  mirándome a los ojos me dijo más sobre mi vida presente, pasado y  futuro, que aquella otra que minutos antes leyera mi mano. Esta, si se hubiera merecido los cinco euros estafados por la anterior, pero escarmentada y resuelta a no soltar ni un duro más, hubo de conformarse con un cigarro que amablemente le ofreció mi hija.

Sevilla es una bonita ciudad, llena de misterio y romance. La hermosa catedral te embriaga de aromas y recuerdos, nave fría de múltiples retablos, oro, plata, enormes estatuas, capillas enrejadas… Subir las rampas de la mítica Giralda, hasta llegar al campanario, alardear que yo, como Nancy en la famosa novela de Ramón J. Sender, llegué a lo alto de la emblemática torre, acompañada de mi padre, que con más de 70 años se siente igual de orgulloso por su proeza.

Los Jardines de Murillo con los árboles de enormes raíces que en muchos casos has de saltar para no tropezar y caer. La antigua fábrica de tabaco, donde Merimée, ubicó su famosa obra publicada en 1847, convertida en la actualidad en sede de la Universidad de Sevilla. La Torre del Oro. El barrio de Triana por cuyas calles y tras varios intentos y muchas vueltas, logré encontrar a su Virgen, la Esperanza de Triana, que sin ser yo demasiado creyente, ni amiga de imágenes religiosas, me impresionó por su belleza y la gran devoción que hombre y mujeres postrados a sus pies mostraban, en cuanto a respeto y fe se refiere.

Son tantos y tan variados los paisajes que esta Sevilla nos ofrece que es muy probable que queden sin nombrar gran cantidad de ellos, porque Sevilla no es solamente una ciudad con historia, Sevilla es historia. La Semana Santa, la Feria… tradiciones de un pueblo orgulloso de sus raíces, tradiciones ancladas en el pasado que se sienten del mismo modo que se viven, con pasión e intensidad. Un pueblo que se toma la vida con la despreocupación de los que creen en el destino, ciudad de hechizos y embrujo;  y  la preocupación de lo que aún está por llegar.

Sevilla que te acoge y enseña. Que se ofrece sin permitir que te la lleves, más allá de los recuerdos que abarca la memoria. Porque Sevilla es el Guadalquivir y el puerto, es Remedios y Lebreros, la Catedral con su Giralda y la torre Pelli; Santa Justa y la plaza de Armas; Bermejales y Triana. Sevilla, como dice la canción, tiene un color especial, tiene duende. Sevilla es nada más y nada menos, Sevilla.

Dolores Leis Parra

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