Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Nunca subestimes el poder de una película de terror

― ¡Manuel, Manuel! Despierta ¿no oyes?

Manuel se revolvió incómodo en la cama. El codo de su esposa se clavaba en los riñones con cada una de las palabras que salía de su boca, rompiendo la espiral de sueño que tanto le había costado encadenar.

― ¿Escuchas?― insistió ella enfadada ante la falta de respuesta― ¡quieres despertar de una vez!

Sabiendo que el sueño ya estaba perdido, Manuel abrió los ojos, pero no a consecuencia de los codazos sino porque él también había escuchado el golpe seco que retumbó en la noche quebrando el silencio.

― ¿Qué ha sido eso?― se incorporó en la cama ante un nuevo golpe, desorientado, aturdido y adormilado, buscando en vano la luminosidad del despertador― ¿qué hora es?

― Apenas quedan cinco minutos para la media. ¿Quién es capaz de hacer semejante ruido a la una y media de la madrugada? ¿Y si vienen a robarnos?

― No digas tonterías mujer ¿qué van a llevarse? ¿Los yogures caducados de la nevera? De seguro que son otra vez los vecinos del tercero. Mañana sin falta hablaré con el administrador; hemos sido muy permisivos con esos jóvenes. En ésta casa― Manuel elevaba la voz conforme hablaba, hasta llegar a la frontera que separa el tono elevado, del grito, ni un decibelio más ni uno menos― hay personas que todavía madrugan para ir a trabajar.

― Calla insensato, vas a conseguir que algún vecino se moleste… Escucha― calló nuevamente la mujer aunque retomó la palabra en susurros a los pocos segundos― No es música como otras veces, además el ruido no viene de arriba… ¿oyes el ascensor? Viene del patio.

― Entonces te será fácil saber de quién se trata. Sólo has de asomarte a la ventana de la cocina.

― Pero ¿y si me ven?

― Pues les pides que por favor dejen lo que estén haciendo hasta mañana. No son horas de trajines.

Manuel hablaba solo pues su esposa, siguiendo el consejo que le diera, se había calzado las zapatillas abandonando la habitación. Se volteó en la cama y apenas cerraba los ojos cuando los gritos de ella le obligaron a abrirlos de nuevo.

― Está prohibido meter muebles en el ascensor ¿acaso no saben leer?― hacía referencia al cartel que meses atrás había colgado Manuel enumerando las prohibiciones para el uso del ascensor.

Así que se trataba de eso. Solamente era una mudanza, claro que a horas bastante intempestivas, pero con la nueva situación laboral era difícil cuadrar la vida personal y la profesional. Si al menos hicieran menos ruido…

― Tienes que levantarte y obligarles a cumplir las normas. Eres el presidente de la comunidad Manuel y tienes que hacerte respetar.

― Pero mujer son las dos de la mañana…

― Precisamente por eso ¿quién se traslada de casa a estas horas? De seguro que son maleantes. Terroristas o asesinos que quieren hacer de uno de los pisos su cuartel general.

― Siendo así puedo esperar hasta mañana para hablar con ellos. Nada podía alarmarles más que saberse descubiertos en plena noche.

― ¿Y si llamamos a la policía?

― Para decirles ¿qué? Buenas noches señor agente― se puso la mano en la oreja como si del auricular se tratara― verá usted que tenemos vecinos nuevos que han decidido hacer la mudanza de madrugada ¿pueden enviarnos un coche patrulla? No señores, ruido, lo único que están haciendo es ruido…

― Pero Manuel…

― Ves María, ya se han callado. ¿Qué te parece si haces lo mismo y nos permites dormir a ambos?

― Qué conste que sólo tú serás responsable de lo que puedan llegar a hacernos.

― Claro querida, lo que tú digas.― le dio la espalda tapándose la cabeza con las mantas para evitar escuchar el runrún que indudablemente acompañaría a María durante el resto de la noche.

María, aun sin estar conforme con la pasividad de Manuel, le hizo caso en cuanto a tumbarse de nuevo se refiere. Cierto que los golpes habían cesado, pero el subir y bajar del ascensor continuaba. ¿Cómo podía Manuel conciliar el sueño cuando la tranquilidad y el bienestar de los propietarios estaba en peligro? Porque ella no tenía ninguna duda de que nada bueno podía salir de un  acto llevado a cabo con nocturnidad y alevosía… entre sangre y gritos de pánico que nacían de su subconsciente cerró los ojos y siguió el camino del sueño que un rato antes iniciara su marido.

Despertó de nuevo sobresaltada, los primeros rayos de luz se filtraban por la ventana, las ocho y media. Manuel hacía rato que se había marchado, delicado como siempre, no quiso despertarla antes de irse. Ahora estaba sola y esos golpes cada vez más insistentes la llenaron de temor. De seguro, los asesinos que se habían instalado en el piso de abajo, habían reconocido en ella la voz que la noche anterior les gritara desde la ventana y venían a saldar la deuda que creían haber contraído con ella.

Se levantó sigilosa, entró en la cocina para armarse con el cuchillo cebollero, que no el jamonero cuya hoja consideró demasiado blanda para defenderse del más que probable agresor; miró por la mirilla de la puerta, pero nadie se manifestó al otro lado. Aguardó paciente, un nuevo golpe, esta vez suave, casi rozando la madera más que golpearla; nadie en el rellano de la escalera, recordó que tampoco vio a nadie la noche anterior ¿y si no eran asesinos, si no fantasmas? ¿Qué podía su cuchillo hacer con los espectros del más allá? Pero los fantasmas no necesitan muebles, ni usan el ascensor…

― ¿Quién es?― preguntó con un hilo de voz. Silencio― ¿Hay alguien ahí?

Pasó la cadena y muy despacio giró el picaporte para dejar una pequeña rendija desde la que poder mirar el descansillo y el hueco del ascensor. Ante el espacio desierto que se abría delante de ella se decidió a quitar la cadena y abrir del todo la puerta. Nada, nadie, vacío total, silencio total. El cuchillo calló de su mano ¿estaría soñando? ¿Habría sido todo producto de su imaginación influenciada por la película de terror que había visto antes de acostarse?

― ¿Puedo saber que haces?

María dio un respingo y agachándose rauda recogió el cuchillo que se hallaba a sus pies. Giró, Manuel estaba frente a ella, solamente una toalla cubría su cuerpo y con otra frotaba los cabellos que dejaban caer gotas sobre el parquet. Fue instintivo, adelantó la mano buscando el cuerpo donde hundir el frío metal. Él, a pesar de la maniobra de escape,  no pudo evitar que la hoja mordiera el brazo que quedó atrás.

― ¿Te has vuelto loca?

― Yo… los terroristas asesinos… los golpes y el ascensor…― balbuceaba María que al ver correr el hilo de sangre por el brazo de Manuel recobró al cordura― ¿No tenías que estar trabajando?

En el quicio de la puerta se agolpaban varios vecinos que habían escuchado los gritos de la pareja y acudían curiosos a conocer el motivo. Uno de ellos se abalanzó sobre María, una vez reducida y desarmada se atrevieron los demás a entrar y atender al pobre marido que miraba manar su sangre sin mover un solo dedo para detenerla.

― Hay que llamar a la policía.― dijo uno.

― Yo creo que a quien hay que avisar es a los loqueros.

― Con tirar el video es suficiente― dijo una de las mejores amigas de la susodicha― o cambiarle la filmoteca. Mira que le he dicho veces que tiene que pasarse a la comedia romántica.

Manuel asistía impasible a la escena que se desarrollaba, escuchaba sin mostrar ningún signo de turbación los comentarios de todos los reunidos. Por supuesto que no llamarían a la policía, ni a los loqueros, tampoco tiraría el vídeo  Con una semana más administrándole las pastillas que le facilitaran el día anterior, acompañadas de una sesión de cine terrorífico y sangriento, estaría en disposición de ayudar en el suicidio de su pobre esposa desquiciada, vender la casa y trasladarse junto a Nelly al pueblecito de Asturias donde la enfermera había encontrado plaza fija para trabajar en el nuevo centro de salud. Eso sí mejor retirar del piso toda arma cortante o punzante; lamentablemente, y aunque menos romántico que cortarse las venas, María, optaría por saltar al vacío desde el balcón.

Por cierto. No debía olvidarse de pagar la cantidad acordada a esa amable familia de enanos que se prestaron a ayudarle con la mudanza la noche anterior.

Dolores Leis Parra

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