Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Galería de retratos sin amor

― Señorita Jane ¡Señorita Jane!

Jane Morevil, levantó la mirada, su mano suspendida en el aire con la pluma goteando tinta y llenando de borrones la blancura que momentos antes impregnaba el papel. Sus ojos se toparon con la cara redonda y enrojecida de la muchacha que había tomado a su servicio. La joven retrocedió asustada ante aquellos ojos fríos, que mostraban el color de los cuchillos que Antuna, la cocinera utilizaba para despiezar la carne.

― Señorita Jane― ahora la voz era apenas un susurro― tiene que bajar al despacho del señor.

― No puedo y además no quiero― la joven doncella se iba encogiendo al escuchar los sonidos que la sibilina lengua producía― El señor sabe que no debe molestarme, que mi ira será desatada en contra de los dioses que pueblan su guarida por no obedecer mi mandato.

La joven aterrada ante lo que sus oídos no podían negarse a escuchar, permanecía hipnotizada en el umbral, la pluma que minutos antes goteaba su negra sangre, ahora, seca, apuntaba hacía su pecho amenazando con buscar nuevo color a sus palabras.

Jane Morevil sonrió, era consciente del efecto que su dramatismo creaba en las personas que le rodeaban, ninguna, ni tan siquiera la fiel nana, llegó nunca a acostumbrarse a esos personajes que poblaban su mente y más a menudo de lo que pudiera desearse, afloraban hasta los labios trasformando a la tierna y dulce Jane, en un monstruo viperino.

― Ya puedes retirarte― ¿en qué momento los ojos se trasformaron en un cálido mar?― dile al señor que ha sido de gran ayuda ¡Corre! ¿No ves que los fantasmas huirán de mi lado para escapar contigo si persistes en mantener la puerta abierta?

Y la joven doncella cerró y después corrió escaleras abajo hasta alcanzar la salida. No paró hasta llegar a casa de su madre donde testaruda, a pesar de los ruegos, se negó a regresar al hogar donde apenas el día anterior le habían ofrecido trabajo.

 

― Jane querida― lord Morevil, que observó como de nuevo era Antuna quien debía encargarse de servir el almuerzo, se dirigía a su esposa― tendrás que buscar una nueva doncella, la joven que esta mañana trajo el desayuno ha desaparecido ¿has tenido algo que ver en ello?― preguntó conocedor del cambiante humor de su esposa.

― Por supuesto que no mi amado lord. He estado encerrada toda la mañana en mi pequeño refugio del altillo. No bien tome la pluma la inspiración llegó. No habría tolerado ninguna interrupción.

― Deduzco pues, que disfrutaremos de una hermosa velada de lectura― dijo resignado Morevil― Más ¿quién se encargará de servirnos los licores?

― Nada de licores querido que luego personajes terroríficos pueblan tu imaginación.

― Son los fantasmas que tu creas. Me odian porque te saben mía.― Lord Morevil miró el retrato del difunto primer marido de Jane― Peter sonríe, sabe que estoy en lo cierto.

― Peter nunca supo estar a mi altura. Pero aprenderás ¿verdad amor?― levantó la copa hacía el retrato― Esta noche escucharás mi mejor relato, lamentando no haber sido tú el hado que lo inspire.

La chimenea crepitó y con un golpe seco el tronco cayó fuera del hogar. Antuna, corrió presurosa a recogerlo, para con unas tenacillas y mucha precaución, devolverlo al interior.

― Todos siguen enamorados de ti amada Jane, por eso ninguno se va de tu lado. Muestran enfado ante la distinción con que me honras. Porque te saben mía y no lo pueden soportar.

Lord Morevil miró los rostros que le devolvía la galería de retratos, todos ellos, en un tiempo u otro, habían estado casados con Jane, Jane Clarens, Jane Murtón, Jane Hunter, y así hasta quince maridos a los que había sobrevivido sin perder un ápice de su juventud.

― Y tú mi amado lord ¿abandonarás la casa cuando llegue tu hora?

― Nunca, salvo que ese sea tu deseo.

― Gracias querido. Sabes que a ti también te necesito junto a mí.

 

Jane Spencer posó sus fríos ojos en el sofá donde el hombre trataba de alimentar a su bebé, el llanto intempestivo del retoño le habían hecho perder el hilo de la narración que en ese momento centraba toda su atención.

― ¿No puedes hacerlo callar?― preguntó con voz cortante.

― Tiene hambre Jane― repuso él, que enamorado como estaba, perdonaba esas impertinencias que indudablemente eran un mecanismo de defensa ante la pérdida de  inspiración― tal vez si su madre le diera el biberón― se aventuró dubitativo.

― No tengo tiempo ¿verdad queridos? Esperan mi próxima novela en unos días, no puedo defraudar a mis lectores. Nunca lo he hecho. Nunca lo haré.

Frente al escritorio estaban los cuadros de sus muchos maridos, y hacía ellos dirigía su mirada al hablar, todos habían comprendido que nada había más importante para Jane que sus novelas, muchos lo hicieron casi al final de sus días, cuando ella rubricaba la última página con la palabra fin, que misteriosamente y en la mayoría de los casos, coincidía con sus defunciones. Dieciocho maridos, dieciocho entierros, dieciocho tumbas que visitar y donde depositar flores…

― ¿Cuándo aceptarás ser mi esposa Jane?

Jane Spencer retornó al teclado, no hubo respuesta, solamente se escuchó el suave sonido de los dedos al escribir; el niño, cerraba los ojitos y sonreía complacido dejando entrever su tierna lengua entre la tetina del biberón. La palabra fin, apareció al final del texto, junto a ella una fecha, Marzo de 2013; guardar documento, cerrar el programa, apagar el ordenador.

― Nunca seré tu esposa― los ojos habían adquirido la calidez del mar mientras tomaba con suavidad el bebé― Es mejor para nosotros que todo continúe como hasta ahora.

― Pero yo te amo Jane.

― Y yo te amo a ti cariño― mecía al niño con una mano, con la otra, acariciaba la mejilla de su pareja― Tú has sido mi único amor, por eso me niego a casarme contigo.

― No insistiré aunque no lo entiendo, si tú realmente me amaras…

Los finos dedos de Jane se posaron sobre los labios para evitar que siguiera hablando. Ceños fruncidos aparecieron por doquier en los retratos, alguno incluso, que la amó más que a su vida, no evitó las lágrimas de rabia o de dolor, que se deslizaban emborronando el oleo de sus mejillas. Duele oír por boca del ser amado la no correspondencia de tu amor. Duele descubrir que al final, tu muerte, ha sido en vano.

Dolores Leis Parra

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