Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

La más bella historia de Amor

Debatían tres amigas sobre el Amor, pero no uno cualquiera, hablaban del Amor con mayúsculas, ese Amor que te entra y se enreda en cada gota de tu sangre, cada trozo de epidermis, cada cabello del pubis, cada neurona del cerebro. Ese Amor en el que no te importa arder pues eres feliz en las cenizas.

Una de ellas, la mayor en edad, más no en sabiduría, negaba que algo así existiera, había mantenido diversas relaciones, en todas ellas creyó encontrar la pareja, el hombre destinado a ser su complemento. Pero siempre alguna carencia llevaba a la irremediable ruptura, la conversación, el sexo, la distancia, el acercamiento, mi espacio invadido, tu ausencia prolongada… No, determinó, un Amor así no existe.

Trataron las amigas de interrumpir aquel monólogo, más monólogo al fin y al cabo, fue imposible meter baza. En un momento, que no se sabe bien si fue por falta de resuello o porque no tenía nada más que decir, calló mirando su taza de café mientras interiormente se  preguntaba cómo diablos había llegado hasta allí.

Habló pues otra de ellas. Su opinión era clara y por supuesto acertada. Un amor así tenía que existir lo difícil era encontrarlo. Ella creyó alcanzar la felicidad en brazos de un amor con mayúsculas, pero tras más de una década de tocar el cielo, se descubrió una mañana llorando de soledad mientras observaba aquel cuerpo desnudo que dormía a su lado, sin reconocer en él, la piel que durante la noche acariciara, los labios que besara, el sexo que con tanta delicadeza recibió en su interior. El Amor existía por supuesto, pero ella no se molestaría en buscarlo, su tiempo era demasiado valioso para perderlo tras alguien que difícilmente podía cruzarse contigo entre los millones de habitantes que pueblan el planeta.

La tercera amiga, sólo escuchaba, ¿cómo explicarles que ella había encontrado ese Amor y no una, sino decenas de veces? Lo había conocido en los bares de copas que frecuentaba las noches del sábado; en los viajes de negocios que la mantenían durante varios días apartada de Madrid; en el vecino del cuarto que alguna vez le abría la puerta de su apartamento y retiraba con suavidad la manta de la cama para apretarla contra su pecho y hacerla gozar. El Amor con mayúsculas, como ellas le llamaban, existía, lo único que tenían que comprender es que no era eterno, que podía durar minutos, horas, semanas, que en definitiva, era perecedero como el yogur o el jamón de york. Pero las conocía demasiado bien para decirlo y sabiendo por lo escuchado que nunca entenderían su certeza, compuso la mejor de las sonrisas y murmurando una disculpa se levantó para marcharse.

― ¿Y a esta que la pasa?― preguntó la primera, de nuevo con palabras en los labios o el resuello recuperado, ya que no estaba claro lo que la había hecho callar.

― Déjala, siempre ha sido muy rarita. Como no conoce el amor ¿qué puede decirnos sobre él?

― Pues que va a decir, que no existe.

― O que existe pero no lo encuentra.

Esta frase dio pie de nuevo, a que cada una defendiera su postura sobre el amor, repitiendo una y otra vez los mismos argumentos, sin prestar ojos ni oídos al corazón que empezó a latir más deprisa cuando el verdadero Amor pasó junto a ellas.

Dolores Leis Parra

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