Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Cuéntame un cuento

Erase una vez una mujer que durante muchos años se había sentido como la hermanastra de Cenicienta; esa persona más o menos agraciada que en apariencia lo tiene todo, pero lo cierto es que al final ve como le birlan el príncipe delante de sus narices…

Es evidente que se trata de una metáfora, cuando hablo de tenerlo todo me refiero a todo lo que materialmente se puede adquirir  y por supuesto el príncipe, es ese sueño que todos tenemos desde la más tierna infancia y que aún estando a nuestro alcance, nos negamos a cumplir.

Desde niña he soñado con ser escritora, a ser posible famosa y si encima puedo vivir de la literatura mejor que mejor. He emborronado papeles desde que aprendí a coger el lapicero, he terminado novelitas, noveluchas y novelas, imaginaros años y años llenando cuadernos; pero siempre he temido exponerlos a la opinión de los demás. Los que seguís fielmente mis relatos conocéis parte de mi historia, los que leéis por primera vez algo escrito por mí, os remito, si lo tenéis a bien, a relatos anteriores a este; en cualquier caso, unos y otros, entenderéis lo que trato de explicar, pues no conozco persona que pueda asegurar que ha cumplido todos y cada uno de sus sueños.

Sé que el miedo ha movido mis actos durante este tiempo, miedo a fracasar, a no poder, al que dirán. El miedo hace que te acomodes, que eches la persiana de tu cerebro para no ver más allá de lo que tienes dentro, olvidando que si quieres tu mente puede alcanzar mucho más. Primero soñar, luego conseguir, aunque no puedes evitar que entremedias se genere una lucha en la que el vencedor no siempre está claro. En algunos momentos me he preguntado por qué la hermanastra de Cenicienta no peleó por el amor del príncipe, no intentó convencerlo de que podía hacerle feliz, que no todo se basa en la hermosura, que el físico se marchita, que ella era inteligente, apasionada y tan soñadora como la que más, solamente necesitaba que alguien la rescatara de la nociva influencia de su madre.

Si me permitís volver al inicio de esta historia os diré que el final del cuento hubiera sido diferente si el autor se hubiera atrevido a desafiar los cánones establecidos, permitiendo comer perdices al personaje que ya desde el principio nos describe como feo, egoísta y envidioso, algo que nos lleva a pensar que la hermanastra partía con desventaja, que nunca le permitieron enfrentarse en igualdad de condiciones a la protagonista del cuento.

Hay que soñar señores, y hay que luchar por los sueños. Hay que tener los pies en el suelo y la cabeza en las nubes. Hay que dar el primer paso y confiar que el camino elegido sea el correcto y a ser posible el más corto, pero lo más importante es no quedarse con la frustración de no haberlo intentado.

Porque no vamos a engañarnos, las hermanastras son mucho más numerosas que las Cenicientas y contrariamente a lo que nos tratan de vender, también sus historias tienen un final feliz.

Dolores Leis Parra

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