Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Y todo por un saco de harina

Angustias y Petra se encontraron como todos los días por casualidad, cuando la primera pasaba por delante de la puerta de la segunda, y ésta, como hacía diariamente a esa misma hora, salía con la bolsa de rafia y el monedero bajo el brazo camino del pan. Angustias que también iba a la panadería hizo un comentario sobre el frío que llevaba días asentado en el pueblo, dijo haber tenido que sacar el grueso abrigo de paño que no había vuelto a usar desde el luto de su adorado Manuel, que Dios tuviera en su gloria; mientras que en su mirada podía leerse el reproche hacía la bata guateada y la toquilla de lana que usaba su vecina para cubrirse aquel frío mes de enero y que utilizaba día sí y día también a pesar de las indirectas que ella, Angustias, modelo de elegancia, le lanzaba. “Por fortuna hoy no sale con las zapatillas de andar por casa” pensó al ver que gruesos botines forrados de borreguillo cubrían los deformados pies de la Petra.

Por su parte, la Petra habló del jaleo que escuchó de madrugada, con pelos y señales fue desgranando el revuelo, las voces e incluso la sirena de una ambulancia que rasgó el silencio de la noche; a tal extremo llegó la preocupación que sentía que no dudó en abandonar el cálido refugio de las mantas para mirar a través de la balconada y  averiguar qué era lo que estaba sucediendo. “Pero nada mujer― dijo con pesar― ni un alma cruzó por nuestra calle, que de todos es sabido que es la más tranquila de todo el pueblo.”

Llegaron a la panadería tras subir la penosa cuesta del molino, como se conocía en el lugar aquel tramo de la carretera, el aire cortaba la piel y por ello agradecieron el calor con que les acogió el interior del horno. No había nadie tras el mostrador pero como era habitual que la Crisanta si no había clientes, estuviera junto a su marido en la parte de atrás, ayudándole con la masa o los tiempos de cocción, no hicieron otra cosa que aguardar a que se dieran cuenta de su llegada; desde luego mejor allí con el calor, que en la fría calle. Pasaron unos minutos y al ver que nadie se asomaba la Petra empezó a impacientarse.

― Mira que he dejado a mi Dani en la cama, este muchacho no se levanta hasta que no le llevo sus magdalenas recién hechas, todavía quedan en la alacena tres o cuatro de ayer, pero nada, o son del día o no las quiere. ¡Crisanta!― gritó para hacerse escuchar― ¡Qué tienes clientela!

― No seas impaciente Petra― le recriminó Angustias al escuchar los gritos― estará ocupada, en cuanto pueda saldrá a despacharnos.

― Pero es que mi Dani quiere sus magdalenas― protestó de nuevo la otra― ¡Crisanta, Crisantaaaaaa!

La cortinilla que hacía las veces de puerta y que separaba la tienda del propio horno se hizo a un lado, Ambrosio, marido de la Crisanta y único panadero del pueblo se asomó desde el interior malhumorado, al ver a las dos mujeres se colocó bien el gorro que cubría los cuatro pelos contados que le quedaban sobre la cabeza y con paso torpe llegó al mostrador.

― Vaya gritos― dijo evidenciando el mal humor que sentía― conseguirá despertar a todos los vecinos señoa Petra.

― Si la floja de tu mujer estuviera donde debe no haría falta gritar pa que la atendieran a una. Dame un pan y una docena de magdalenas, pero de las calentitas, nada de las de primera hora de la mañana. Quiero de las que acabas de sacar del horno.― le apuntaba con el dedo para dar más énfasis a su petición.

Angustias no quitaba ojo, se fijó en que Ambrosio estaba muy pálido y ojeroso, un gesto de dolor cruzaba cada pocos segundos su rostro y gotitas de sudor perlaban la frente del panadero. Si a eso se añadía que la Crisanta no estuviera en la panadería, algo que solamente había sucedido veinte años atrás cuando hubo de acudir al hospital para dar a luz a Macarena, el único vástago del matrimonio, y que aún así, antes de la semana ya se encontraba de nuevo tras el mostrador despachando el pan, daba que pensar en que algo raro había sucedido.

― ¿Te encuentras bien Ambrosio? ¿Dónde está la Crisanta?― preguntó mitad curiosa, mitad preocupada.

Trató el panadero de esbozar una sonrisa, pero de nuevo el rictus de dolor cruzó su semblante, contestó con voz entrecortada.

― Una mala noche… Mala, muy mala.

Fue su única respuesta, pero como no era el Ambrosio hombre de muchas palabras, dejaron hacer al panadero sin indagar más, pagaron y cogiendo la Angustias el cambio que la fría mano le tendía se quejó de las muchas monedas que el hombre le daba, “de seguir así con tanta calderilla, habría de comprar un nuevo monedero, con lo caros que estaban en el mercadillo, que ni del Corte Inglés se tratara, que qué se habían creído los ambulantes ese año de crisis…” Dejó la frase en suspenso cuando la puerta de la calle se abrió de golpe. Con el rostro colorado y respirando agitadamente la María entró junto con una ráfaga de aire que hizo estremecer a las dos mujeres, en ese estremecimiento podía leerse a partes iguales el frío y el susto;  también la recién llegada se asustó pues no esperaba encontrar a nadie en el interior del local.

― Qué prisas son esas María― dijo Petra respirando aliviada al ver de quien se trataba― parece que te persiguiera el mismísimo diablo.

― ¿No os habéis enterado?― María ignoró el comentario de la mujer y ante la negativa de ambas se dispuso a explicarles.

Les contó, con el tono de superioridad que da ser el único en conocer de la verdad, que esa madrugada había sucedido una auténtica tragedia; se levantaba el Ambrosio, como todas las noches, a las cuatro de la mañana para amasar y hornear la primera remesa de pan cuando Crisanta, que una hora después se reunía con su marido, escuchó un golpe seco que provenía del cuarto donde guardaban los ingredientes que utilizaban a diario, en su prisa por averiguar, temiendo que le hubiera pasado algo a su esposo, saltó de la cama y corriendo hacía la planta baja cayó por la escalera con tan mala suerte que en la caída se había partido la crisma…

Conforme iba hablando la María, Angustias y Petra palidecían más, miró la  Angustias de reojo al mostrador, allí parado, pálido, casi trasparente, Ambrosio asistía en silencio a las explicaciones que daba la vecina, asintiendo de cuando en cuando pero sin mediar en ellas.

― Una desgracia― repitió de nuevo la María antes de continuar el relato― Cuando Ambrosio cargaba los sacos de harina uno de ellos se escurrió del montón yendo a parar al suelo con tal estruendo, que despertó a la Crisanta al caer y reventarse… pero el golpe que escuchó Ambrosio fue peor, cuando el hombre vio el cuerpo descoyuntado de su mujer sufrió un ataque al corazón. Sólo pudo llamar a emergencias, y eso gracias a que tienen el teléfono a los pies de la escalera, antes de caer desplomado junto a ella. Así los encontró la guardia civil, y el médico al que avisaron los guardias y que llegó en pocos minutos.

― Pero ¿cómo es posible?― Petra miraba fijamente al panadero que escuchaba impasible lo que contaba María cada vez más lejano, más etéreo.

― Hubo que avisar al juez de paz para que pudieran llevarse el cuerpo de la pobre difunta― la cara de estupor de las comadres iba en aumento, María malinterpretó su mirada sintiéndose ofendida― ¿No me creen? Pues pregunten al Isidro, el de la Sabina, menudo susto cuando llamaron a esas horas a su puerta, su hijo es el nuevo juez, lo sabían ¿no? Pues eso…, pero aún hay más.― continuó ella triunfal― La Crisanta murió en el acto, el Ambrosio anda to jodio, está en el hospital lleno de cables y tubos según cuenta la Julieta que llegó en el primer autobús y estando allí, acompañando a una tía, vio llegar la ambulancia. Vamos, que según dicen, de hoy no pasa… Y todo por un saco de harina…― suspiró teatrera― El señor cura no tarda en hacer replicar las campanas aunque la misa no será hasta mañana que llegue la Macarena de las Américas, parece que no ha encontrado vuelo que la traiga antes. Mejor, así ya sabremos si el réquiem es por uno de ellos o por los dos… En cuanto al entierro, no se sabe, quieren hacer la autosia esa para ver qué fue lo que pasó. ¡Está claro! un mal golpe y un fallo del corazón, porque lo que es ese, no lo cuenta.― sentenció la mujer muy orgullosa de su  razonamiento.

― Pues me temo que la misa será para los dos― le susurró Angustias a una Petra tanto o más asustada que ella.

Asintió la Petra pues hasta la voz había huido de su cuerpo conforme escuchaba a la María sin dejar de presentir tras ella al panadero. Ésta última, ajena a la visión, continuó explicando el motivo de su llegada.

“Ella había ido para asegurarse de que todo estaba en su sitio, sobre todo el horno apagado y para cerrar con llave la casa hasta la llegada de la hija, pues con la urgencia del momento, todo quedara tal cual estaba, suerte que el horno de leña apenas había cogido calor y ningún pan que pudiera quemarse había en su interior.” Reparó entonces la María en los panes que sus vecinas llevaban en la bolsa.

― Vaya, pues si que había llegado a sacar una hornada de pan. Bueno, yo también cogeré una barra, no creo que les moleste ¿verdad? Después de todo es una pena que se eche a perder.

Pasó tras el mostrador, ante el estupor de las dos comadres la figura del panadero se desvaneció como las volutas del humo de un cigarro, una mueca que pretendía ser sonrisa y un gesto de adiós en una persona que no era precisamente famosa por su simpatía, las dio más pavor que verle desaparece entre la nada. Abandonaron la tienda deprisa, con un rápido adiós a la María y sin parar de caminar ni abrir la boca hasta llegar a la puerta de la Petra.

― Será mejor que no digamos nada de lo que hemos visto.― dijo ésta en el momento de separarse.

― Pero el pan…

― Si el difunto nos lo ha dado será porqué quiere que lo comamos.

― Pan del demonio Petra, que Ambrosio era un mal hombre.― dijo la Angustias persignándose.

― Pan bendito Angustias― repuso la otra imitando su gesto― que la Crisanta hacía honor a su nombre.

Entró la una en su casa, marchó la otra hacía la suya, ambas decididas a olvidar lo que acababan de presenciar. No era bueno hablar de fantasmas, no en un pueblo donde todos, a pesar de negarlo, en algún momento de su vida habían recibido la visita de alguno. No, mejor no hablar sobre ello, no fuese que alguien las tachara de locas. Ya se sabe, en los pueblos mejor no dar que hablar.

                                   Dolores Leis Parra

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Un pensamiento en “Y todo por un saco de harina

  1. Pues también me paso para comentarte por aqui, tras releer el relato. Porque dijiste que no sabías donde entroncarlo. Es cierto que hay un deje de humor en el relato, pero el último párrafo desvela cierta naturaleza inquietante en el pueblo y sus fantasmas, dándoles carta de normalidad entre sus habitantes. Solo que como lo colocas finalazada la historia no resalta suficientemente. De terror debe ser entonces, al estilo de Poe.

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