Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Un chaval popular

Le observaba a diario desde aquella esquina del patio de la que había hecho su rincón. Siempre rodeado de amigos, chicos y chicas, una corte de aduladores que revoloteaban en torno a él.

Suspiraba, pellizcaba una pequeña porción de bocadillo que llevaba a los labios con desgana, para suspirar nuevamente después de masticarlo. Y así día tras día desde que poco después de empezado el curso, sus ojos se encontraron con los de él; y su forma de actuar no había pasado desapercibido a las muchachas de clase que a su espalda, susurraban y daban codazos a modo de burla. Pero a ella no le importaba, era una de los tantos que había caído rendida al encanto que destilaba. Alto, moreno, ojos claros, sonrisa franca y ese cuerpo de patricio noble que tan hábilmente mostraban las películas de romanos.

Sucedía en ocasiones, que entre tanto suspirar, la mochila repleta de libros escapaba de su hombro provocando en su caída un ruido sordo que la devolvía a la realidad. Bendita realidad. A punto estuvo de pellizcarse para asegurarse de que no estaba dormida. Frente a ella, tendiéndole la maltrecha mochila, se encontraba el objeto de sus deseos.

― Eres la empollona de tercero ¿verdad?

Por casi se ahoga, el trozo de bocadillo que en ese momento se alojaba en su boca no quería pasar, vuelta y vuelta, tragándolo entero para poder asentir sin los carrillos hinchados a su pregunta.

― Tenía ganas de conocerte.― continuó él interpretando su silencio como una invitación― Siempre he deseado ser un empollón, de hecho lo soy― sonrió, más ella no le imitó― mis notas no bajan de nueve. Como sabrás para tener esa media hay que dedicar muchas horas al estudio

“O sentarte junto al más inteligente de tu clase y ser un águila copiando” pensó ella; más prefirió guardas sus pensamientos.

― Decididamente me hubiera gustado ser un empollón― suspiró resignado al ver que no era capaz de romper la timidez que envolvía el silencio de ella.

“Para que te llamen empollón debes usar gafas, tener dientes de conejo, ser flacucho y que tu cara se encuentre llena de granos” pensó ella que afortunadamente y aún siendo una empollona, carecía de la última cualidad.

― Un placer conocerte empollona de tercero― se despidió tendiéndole la mochila, viéndose incapaz de sacarla una palabra ― me encantará recoger de nuevo tus libros en otro momento.

Ya se alejaba cuando la voz de ella le obligó a detenerse.

― Y a mí me encantará que lo hagas, tío bueno de bachillerato.

Enrojeció ella ante el atrevimiento. Enrojeció él al escuchar aquel piropo de sus labios.

Él, realmente deseaba ser un empollón. Que los demás vieran más allá del físico que lucía; le hubiera gustado disfrutar en soledad de aquella media hora de recreo, en lugar de asentir con una sonrisa a las frivolidades que escuchaba de aquellos que consideraba sus amigos.

Por el contrario ella hubiera preferido ser alta y rubia, de pecho generoso y culo prieto, sólo para poder participar de aquellas banales conversaciones en las que siempre había risas.

“La había llamado empollona de tercero” pensó cuando le vio irse.

“Me ha llamado tío bueno de bachillerato” pensó mientras se iba.

Cuando se hallaban a cierta distancia ambos rompieron a reír y sus carcajadas sonaron tan fuerte que ni el implacable timbre que anunciaba el regreso a las aulas, consiguió hacerlas enmudecer.

Dolores Leis Parra

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