Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Mirta y la fuente

Mirta estaba fascinada con la fuente de piedra que se levantaba en el centro del jardín.

Todas las tardes encaminaba sus pasos hacía allí, recorriendo el pequeño sendero entre los rosales y quedaba frente a ella, observando en la más absoluta quietud el brotar acompasado del agua. Lo que duraba un parpadeo, era el tiempo que Mirta se permitía sonreír para volver a la impasibilidad que acompañaba a la acción de mirar.

Había llegado la fuente varías semanas atrás, procedía de uno de los muchos viajes que el papá de Mirta realizaba a lo largo del mes. Según contó venía de un país lejano, al otro lado del mar, de un mundo exótico cuya manera de entender y vivir nada se asemejaba al encorsetado modelo al que estaban acostumbrados. Bebía la niña sus palabras, curiosa y maravillada a parte iguales, ansiosa por poder admirar aquel objeto que su padre no dejaba de alabar. Tal era la expectación, que el día señalado todos en la casa gozaron de bula para faltar a sus respectivas obligaciones, Mirta entre ellos, que vio con alegría como perderse un aburrido día de clase.

El camión con pluma que la transportaba, era demasiado grande para el pequeño bulto que depositó en el jardín, la decepción de los presentes se hizo tan evidente que el padre hubo de aclarar que el tamaño del camión era necesario por el enorme peso que habría de descargar. No muy convencida, Mirta alejó su atención para dedicarse a seguir el vuelo de un gran abejorro que revoloteaba por los alrededores y no dejó de entretenerse con las naderías que nos ofrece un jardín en primavera hasta que tiempo después- cuando ya los estómagos rugían reclamando su ración de alimento- no estuvo la fuente desembalada y funcionando, manando agua por los conductos que alguien había acoplado al surtidor. Mirta se quedó embelesada, el agua se perdía en el cristal de sus ojos, la piedra la envolvía el frío del alma. Mirta se hizo roca, se hizo agua. Mirta, ante la desolación del padre que minutos antes reía feliz, se olvidó de que era una niña.

No es que la fuente fuera una maravilla arquitectónica. Era de roca blanca, con finos grabados que el paso de los años y las inclemencias del clima habían desgastado hasta no permitir distinguir de qué se trataba. Fue precisamente esa imprecisión lo que llamó la atención del padre, motivo suficiente para decidirse a adquirirla ya que pasó horas tratando de descifrar esas imágenes de las que no podía separar la mirada. Algo similar, según pudo observar, le estaba sucediendo a Mirta, alarmado ante la palidez que mostraba su rostro, la agarró de los hombros obligándola a darle la espalda. La luz, para alivio de los presentes, regresó a los ojos de la niña.

Pero la atracción resultaba demasiado poderosa, Mirta acudía después de sus tareas escolares hasta el pie de la fuente, acariciaba los contornos imprecisos, sumergía sus deditos en el agua que manaba y soñaba que se fundía a ella, que se introducía en la tierra y viajaba por su centro hasta alimentar las raíces de los árboles, de las flores, de herbáceas y espinos. Se volvía sabia y ascendía hasta las partes más verdes de las plantas, bajaba por troncos y tallos hasta regresar por el camino subterráneo de nuevo a la fuente y de allí, sonriendo por la maravillosa experiencia, a la vida real. Y  así, tarde tras tarde, día tras día, semana tras semana. El padre amenazó con quitarla, la madre imploró para que lo hiciera, pero era tan hermosa, tan recia, tan firme…, olvidaban el pensamiento pues no eran capaces de imaginar el jardín sin su presencia.

Una tarde de verano, cuando el calor era más insoportable, buscaron a Mirta por la casa, nadie en su sano juicio –ni siquiera una niña de seis años- se atrevería a salir con semejante calor. Tras la infructuosa búsqueda, la mamá de Mirta la vio de casualidad parada a los pies de la fuente, miraba embelesada el agua, o eso parecía por lo inmóvil de su presencia. Un mal presentimiento le atenazó el pecho, corrió escalera abajo, tropezó pero la fortuna le impidió caer, corrió por el sendero sin respetar los rosales que arañaban sus pantorrillas en enérgica protesta por el maltrato sufrido, pero no pudo llegar a tiempo; Mirta se fundió con el agua, penetró en ella y la fuente se encargó de hacer el resto. La fría piedra abrazó su cuerpo, la plasmó contra si hasta hacerla formar parte de ella. Las figuras ambiguas que se adivinaban se tornaron niños que tomados de la mano sonreían ante la llegada de un nuevo compañero de juegos.

Un beso lanzado al aire, una mano que se agita a modo de despedida, eso fue todo lo que la mamá de Mirta pudo ver al llegar junto a la fuente. Las formas se volvieron de nuevo imprecisas, donde antes se distinguía el cabello de su hija, ahora solo había piedra húmeda y contornos difuminados de niños que ya no lo eran; y escuchó la angustia de las madres, los llantos contenidos, la rabia y el pesar. Y se sentó en el centro del jardín abrazando la fría piedra, suplicándole que le devolviera a su pequeña.  Así la encontró su esposo días después, cuando tras regresar de uno de sus viajes le recibió una casa vacía; trató en vano de alejarla de ese lugar, más solo balbuceaba que la permitieran estar junto a su niña y las lágrimas que derramaba caían sobre la arena, y cada lágrima era un trocito de ella que se tornaba manantial fundiéndose con el jardín, hasta que la fuente, compadeciéndose de su dolor permitió que esa madre, convertida en agua, se filtrara en la tierra para formar parte de sí misma. Agua y roca, madre e hija siempre juntas en aquella fuente que vino de un país lejano y exótico…

Dolores Leis Parra

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2 pensamientos en “Mirta y la fuente

  1. Convertiste un bucólico jardín en un relato de terror con tintes becquerianos. esta muy bien el relato.

    • Has sabido mantenerme inquieto hasta el desenlace, y has sabido dejarme con la incertidumbre de si ese viaje-transformación ha sido un traslado al paraiso infantil de nunca jamas o una triste y mágica tragedia, queda abierto y te predispone a la meditación. No se si era tu fin. Muy bueno y detallado. Alégranos con alguno más.

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