Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

El puente

No era ventana. No era balcón. Pero desde allí podía verse el puente del V Centenario, que a esa hora era un hervidero de coches y camiones, atravesando en ambos sentidos el Guadalquivir. De no encontrarse tan cercano a ese paso, aquel barrio de nueva construcción sería un lugar tranquilo donde adormecerse a pasar las largas tardes de verano; aunque bien mirado, contar coches, como si de ovejitas se tratara, podría resultar casi tan placentero como sumergirse en los brazos de Morfeo durante la trágica duermevela.

Tras de ti, aquel hombre se revolvía incómodo. No sabía muy bien como arrancarte del ensimismamiento que te produjera aquel paisaje que tanto había alabado al abrir la puerta del apartamento. Suspiró aliviado cuando el estruendo de la sirena, te hizo desviar la mirada hacía un punto más cercano. Un colegio. Aquel edificio blanco, cuadrado, aséptico como un hospital, edificado al otro lado de la calle, era nada más y nada menos que un colegio de primaria, del que contrariada, viste emerger hombres y mujeres en miniatura, que doblados en muchos casos por el peso de sus mochilas, buscaban ávidamente la mano amiga que se tendía, en ayuda, abrazo o quizás ambas cosas a la vez, si al afortunado, podía recogerle algún familiar.

Mariposas hormiguearon por tu estómago; algo tarde llegaba aquel instinto maternal del que nunca tuviste constancia. Ningún remordimiento invadió tu mente, tu mano no tembló al rubricar la firma en aquel documento, que ponía por escrito la aceptación del hecho, cuando el psicólogo del centro anunció, que aquel embarazo suponía un grave riesgo para tu estabilidad mental  y por lo tanto podías acogerte a uno de los supuestos legales que te permitiría abortar; por supuesto, a cargo de la seguridad social. ¿Podría la cercanía de esos niños alterar tu paz mental?

–          Tener tan cerca un colegio es más una ventaja que un inconveniente…- calló, la mirada fría que le dirigiste fue suficiente información sobre la necesidad que tenías de silencio.

Cuando comenzaste la loca búsqueda de un hogar, cada metro que el suelo se elevara sobre la acera, sería un punto más para inclinar la balanza a su favor. Aquel piso era un primero; demasiado bajo, en caso de caída fortuita poco probable que desencadenara en un desenlace fatal. Miraste hacía arriba, sacando de tal modo el cuerpo a través de la cristalera que escuchaste como aquel hombre se acercaba presuroso hasta ti. Sin cambiar de posición le hiciste un gesto con la mano para que se detuviera. No ibas a ser tan tonta de caerte con público delante.

–          Lástima- murmuraste- dos más arriba y podría ser lo que busco.

Cada vez más nervioso, el hombre se preguntaba que qué tipo de loca había caído en sus manos. Tras el traje de corte impecable, los Manolos y el bolso de Chanel, que tan buena impresión le causaron al saludarla, algo apenas imperceptible, le ponía en guardia contra ella. Lo sensato sería dar la visita por concluida, disculparse y despedirse para siempre de aquel posible cliente, aunque eso supusiera perder una buena comisión… Pero a Toñita le habían denegado la beca y la matrícula de la universidad debía ser ingresada en el banco a lo largo de ese mes o perdería la plaza; sus medicinas para la úlcera dejaban de pertenecer al régimen de copago y Marisa no pasaba día sin recordarle lo mucho que deseaba celebrar su aniversario de boda en París.

–          ¿Desea que le muestre el resto de la casa?- preguntó cauteloso.

–          No será necesario.

Habías vuelto la mirada al puente. El V Centenario se alzaba ante ti más transitado, más ruidoso… Resultaría más hermoso sin la herida permanente del tráfico sobre él… pero ni la noche era capaz de reportarle tan merecido descanso al asfalto; siempre existiría algún coche, algún camión, alguna moto, que rompiera su pausado dormitar.

–          Y bien ¿qué le parece?- el hombre quería salir de allí, por eso no dudó en forzar una respuesta ante el silencio que los envolvía.

–          … No es lo que busco, lo siento.

Giraste sobre los tacones de tus Manolos, le ofreciste la mano a modo de despedida y abandonaste el piso sin esperarle para bajar.

El hombre suspiró con una mezcla de alivio y cobardía. No le quedaba más remedio que decirle a Marisa que ese año, tampoco viajaría a París.

Dolores Leis Parra

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