Dolores Leis

"No importa cuán lentamente avances mientras no te detengas"

Pregunta a los girasoles

–       Eres Mauricio.

El niño asintió, aunque no se trataba de una pregunta sin amilanarse ante la mirada severa de aquel hombre que según le comunicaron momentos antes de entrar a la casa, era su abuelo.

–       Así me gusta- dijo complacido- sostienes la mirada, no hay duda que eres un Cobo. Ven y acércate, que hoy no entra en mis planes comer niños menores de diez años.

–       No asustes al chico Tomás- ante esa voz, Mauricio reparó en una mujer de escasa estatura que se apoyaba en el respaldo del sillón que ocupaba el abuelo- Ven pequeño, no hagas caso del gruñón de mi hermano, ¿te apetece una galletita?

Nuevo asentimiento del muchacho que se negaba a que ningún sonido saliera por el momento de su boca. Miró el plato que señalaba la mujer contemplando maravillado aquellas galletas desiguales que en nada se parecían a las maría que su madre le daba todas las mañanas para desayunar. Cogió una sin decidirse a probarla.

–       Come, come- insistió la anciana instándole a morder.

–       ¿No te han enseñado a dar las gracias cuando te ofrecen algo? Malditos niños, una buena tunda de palos os enseñaría modales.

–       Deja al chico.- intervino de nuevo la señora- Siéntate aquí pequeño, junto a la estufa. Mal día para viajar.

En los cristales golpeaba la lluvia y el viento se colaba por los resquicios de la descuadrada ventana de madera, pensó el padre que nunca había visto la casa tan abandonada como en ese momento y se culpó de qué parte de ese abandono fuera su negativa a volver a pisar aquel lugar.

–       ¿Te ha comido la lengua el gato? Di algo chaval o pensaré que mi nieto no es un crio normal.

–       Padre por favor,- dijo el padre de Mauricio- guárdese sus opiniones. Mauricio es sólo un niño al que usted no para de intimidar.

–       Yo con su edad no dejaba que nadie se me subiera. No señor, ayudaba a mi madre y cuidaba de mis hermanas; con la borrica llegaba hasta la fuente y cargaba las grandes cántaras que pesaban más que yo mismo en las alforjas. También trabajaba en el campo y puedo asegurarte que nunca nadie me hizo callar cuando tenía razones para hablar.

–       Eran otros tiempos.- el hijo estaba molesto, la reiteración del sufrimiento vivido en aquella casa durante los años de guerra y posguerra fue uno de los motivos que le llevó a no volver. Su padre no dejaba que nadie olvidara lo duros que habían sido esos años, como si solamente a aquel pequeño pueblo le hubiera afectado la devastadora guerra que asoló el país.

–       Afortunadamente lo eran.

El abuelo subió el tono de voz y dio una fuerte palmada sobre la rodilla, lo que sobresaltó al niño que no viendo ninguna silla cercana en el momento de sentarse, lo había hecho en el suelo, a los pies de aquel señor que su padre se empeñaba en decir era su abuelo.

–       Cuando llamaron a la puerta ninguno de nosotros imaginaba lo que iba a suceder.- El padre de Mauricio puso cara de fastidio, nada había cambiado en todos aquellos años- Era de noche- siguió el anciano- ciertas cosas no deben hacerse a la luz del día, el sol asusta a los cobardes pero muchos se crecen en la oscuridad.- Aunque miraba al nieto, el padre sabía que esas palabras iban dirigidas a él, hizo un gran esfuerzo para no abandonar la sala, había perdido la cuenta de las veces que había escuchado aquella historia- Todos dormíamos, los mayores habíamos acompañado a padre al campo, era el tiempo del girasol;  las gemelas descansaban en la cuna, madre finalmente había conseguido que durmieran tras varias horas de llanto. Padre y madre también dormían ajenos a lo que algunos de esos mal llamados amigos pretendían en su contra…

La anciana, el niño, todos escuchaban las palabras del abuelo, la esposa del hijo y mamá de Mauricio, había entrado al oír las primeras frases, no en vano era una apasionada de las viejas historias y nada le dolía más que saberlas perdidas tras la muerte de muchos de sus portadores.

–       … Sonaron golpes en la puerta, cada vez más insistentes conforme pasaban los minutos y nadie acudía a abrir. Padre se puso apresuradamente los pantalones mientras su mujer, que no era madre pero me crió sin hacer distingo de sus propios hijos, rezaba meciendo la cuna de las pequeñas para evitar que el ruido las sacara de aquel sueño al que tanto les había costado entregarse…

Calló el abuelo y respetaron todos su silencio; encendió un cigarrillo y por una vez en los últimos años, su hermana no le instó a apagarlo. Dio dos rápidas y prolongadas caladas antes de expulsar el humo y continuar el relato.

–       … un grupo de hombres esperaban en la calle, algunos cabizbajos no se atrevían a hablar, fue uno que se encontraba en primera fila quien rompió el silencio “Tomás Cobo” dijo para cerciorarse de que se trataba de él ¡qué tontería! pronunció su nombre como si no le conociera cuando llevaban años jugando juntos la partida en la tasca y compartiendo café, chato de vino o un anís castellana… le instaron a acompañarles sin contestar a las preguntas de padre que trataba de averiguar donde le llevaban; madre, envuelta en una toquilla que apenas le cubría el camisón pero fue la primera prenda que encontró a mano, se aferraba a su camisa tratando en vano de hacerle entrar de nuevo en la casa “vuelve dentro mujer- le dijo con el tono autoritario que tan bien conocíamos- regresaré pronto”…- nueva calada al cigarro y nueva espera mientras sacudía con suavidad la ceniza que había caído sobre el pantalón para evitar la mancha- Nunca regresó, nunca- movía la cabeza de derecha a izquierda para dar más peso a la negación de sus palabras- Durante muchos años madre esperó su regreso, pero nunca llegó. Ni el consuelo de un cadáver nos quedaba, ni una tumba donde arrodillarse a llorar o depositar aquellas flores silvestres que tanto le gustaban. De padre sólo quedó el recuerdo de la familia y ahora tú  muchacho, serás el encargado de guárdalo en la memoria y no morirá conmigo.- el pequeño seguía atento las palabras del abuelo, fascinado por aquella historia, en la que el amor, la muerte y la desaparición se convertía en fábula real de su propio pasado- Recuerda chaval  porqué nadie más que tú lo hará. Hoy nadie piensa en los hombres y mujeres que perdieron la vida en una cuneta del camino o junto a la tapia de los cementerios, son muertos anónimos que molestan, que hay que olvidar, porqué créeme muchacho, para fusilados ilustres ya tenemos a Lorca.

–       A ese señor si le conozco,- a Mauricio se le iluminó la cara al escuchar ese nombre- mamá me lee todas las noches antes de dormir un poema suyo. Me gusta tanto el de los lagartos, aunque me da tanta pena que perdieran los anillos…

El anciano buscó con la mirada a su nuera y por primera vez desde que irrumpiera en esa familia para alejar de ellos a su Tomás, le dedicó una sonrisa.

La hermana del abuelo no había osado interrumpir la historia, la habían educado en el respeto a los mayores y la superioridad del hombre sobre la mujer, pero se sintió en la obligación de mostrarle a su sobrino, su esposa y a aquel niño tan encantador, lo que realmente había sucedido. Salió pues de detrás del sillón, Mauricio contemplo asombrado que no es que la mujer fuera una enana, sino que caminaba totalmente encorvada ayudada por sendos bastones para evitar que la inclinación de la parte superior de su cuerpo diera con ella en el suelo. Sorprendentemente consiguió arrastrar una silla hasta ellos y después ofreció una nueva galleta al chico que la cogió sin apartar la vista de aquella extraña mujer.

–       Nos has deleitado con una hermosa historia, pero más falsa que la leyenda del tesoro escondido en la cueva de esta casa. A padre no le fusilaron, no tuvo una muerte tan romántica… no señor. Padre murió en el frente, y yo jovencito- señaló con su torcido dedo a Mauricio que retrocedió sin darse cuenta- te voy a contar la verdad de lo sucedido.

Se midieron con la mirada ambos hermanos, ninguno osó a bajar la vista sabiendo que hacerlo implicaba la derrota en aquella guerra de recuerdos. La anciana mujer tomó de nuevo la palabra. Ella contaría la verdad.

–       Corría el segundo año de guerra, era invierno y hacía frío, mucho frío. Tú muchacho no conoces el invierno castellano, Teruel tiene el mismo clima, el mismo frio seco que se mete en el cuerpo y te impide hasta respirar. Una milicia llegó al pueblo, en mala hora pararon en este lugar, esos mal llamados soldados sólo buscaban  el botín que pudieran acumular en su camino hacia el frente. Llamaron a todas las puertas, se llevaron lo poco de valor que todavía conservábamos, acabaron con nuestra comida y obligaron a enrolarse en sus filas a todo aquel que consideraban podía sostener un fusil. “La quinta del chupete” los llamaron, pues a esas alturas de la guerra solamente niños y algún que otro adulto quedaba en el pueblo; hubo también quien los nombró como “los hombres del saco” porque cuando se fueron nada quedó a su paso…- Tomó asiento con la habilidad de quien lleva años luchando contra las limitaciones del cuerpo y la edad- Caminaban hacía Aragón, ahora las distancias se recorren con rapidez pero en esa época en diciembre y caminando, debió ser fatigoso, les llevó días llegar… Padre, que hasta ese momento había conseguido no luchar ni en un bando ni en otro y cuando no tuvo más remedio que hacerlo, esquivar las balas franquistas, murió al alcanzarle junto con un grupo de soldados una bomba que hizo imposible encontrar restos a los que dar cristiana sepultura.

–       Cree lo que quieras mujer.- dijo el abuelo con ironía- También hay quien cuenta que murió en Extremadura cuando la guerra ya había terminado; regresaba junto a nosotros, lo hacía acompañado de algunos paisanos, vecinos de este pueblo y de otros cercanos. Cuentan que pisó una mina que le hizo estallar por los aires, ninguno de los que le acompañaban pudo hacer nada, ni sus restos pudieron recoger…

–       Calla gañan,- repuso ella iracunda- esos mismos vecinos nos anunciaron su muerte, declararon ante madre que le habían visto morir.

–       Mira chaval- la atención del abuelo recayó de nuevo en Mauricio que asistía entre maravillado y sorprendido al cruce de palabras que mantenían ese abuelo y esa tía abuela recién adquiridos- habladurías las hay en todas partes.

–       Yo también sé lo que sucedió abuelo… – se aventuró a decir sin ser preguntado pensando que con ello ayudaba a que ambos se pusieran de acuerdo- Escuché decir a mi mamá que probablemente la abuela Matilde se cargó al abuelo Tomás y le emparedó en la casa para que nadie descubriera su cadáver, tal vez si picamos las paredes lo encontremos y entonces podrán enterrarle… y rezar junto a su tumba… y llevarle flores…- como nadie le hacía callar el muchacho se envalentonó y siguió con su diatriba- Mamá dice que la abuela Matilde era de armas tomar, que nada le extrañaría menos que descubrir que fue así como sucedieron las cosas, dice que era capaz de eso y mucho más.

Enrojeció la madre al escucharle, cierto que llevaba años gastando esa broma a su esposo; nunca creyó que eso sucediera en realidad, era un comentario para romper el hielo en ciertos momentos y provocar la risa en medio de una situación tensa. Cierto que el niño no había mentido en cuanto a que pensaba que la abuela Matilde era de armas tomar, lo había podido comprobar en los  escasos eventos familiares, incluida su propia boda, en los que habían coincidido.

–       Ja, ja…- la risa del abuelo permitió a la nuera exhalar el aire que llevaba segundos retenido en su interior- Se rumoreó que al finalizar la guerra no quiso regresar al pueblo, por supuesto nunca lo dicen cuando estoy delante, pero no puede evitarse,- se encogió de hombros- al final el interesado se entera de todo. Siempre hay alguien que se encarga de que así sea… ¿Sabes muchacho? dicen que se marchó junto con otros exiliados a ultramar.- la risa le provocó un ataque de tos que obligó a su hermana a quitarle el cigarrillo de la mano y apagarlo con furia contra la estufa de hierro.- Quién sabe, a lo mejor está con Curro en el Caribe.- guiñó el ojo a su nieto haciendo alusión a aquel anuncio que no paraban de repetir a todas horas en televisión.

Silencio; la oscuridad del día lluvioso dejó paso a la noche. El padre abrió con cautela la puerta de la estufa y con habilidad no del todo perdida, introdujo unos troncos de leña en su interior; la sala se iluminó con una gran llamarada que tiñó de rojo el rostro de los presentes. Mauricio se mordía el labio inferior, sus padres sabían lo que eso significaba, el niño trataba de entender y asimilar todo lo que había escuchado. Nadie rompe el silencio pero siente fija sobre él la mirada de todos, la de su madre con amor, la del padre con ternura, la anciana tía abuela con indiferencia y el abuelo expectante porque sabe que a partir de ese momento el muchacho forma parte de su historia, que desde ese día, el niño sentado a sus pies será uno más de sus nuevos recuerdos.

Mauricio deja de morderse el labio y frunce ligeramente el ceño lo que le hace parecer mayor de los siete años que acaba de cumplir, comprende también él, que este es un momento importante, que de las palabras que pronuncie dependerá lo que ese hombre arisco y brusco opine sobre él y no quiere defraudarle, pero el niño duda ¿qué espera que diga, qué quiere escuchar?

–       Pero…- tomó aire antes de continuar- si el abuelo murió en una cuneta; en un lugar llamado Teruel y otro Extrema… Extremadura; si se marchó a otro país y lo enterraron entre las paredes de esta casa ¿dónde está realmente el abuelo?

Callan los mayores, comprenden que le han confundido con tantas historias y si son honestos no conocen cual de todas ellas es la verdadera, quizás ninguna lo sea, simplemente necesitaban aferrarse a una historia con final conocido aunque en su caso no sea un final feliz. Es el padre quien tras meditar como decirle al niño lo que ni siquiera uno conoce, se arriesga a contestar a su pregunta porque ese chico, su hijo, es quien le ha hecho comprender lo que durante tantos años, en su niñez y adolescencia, antes de abandonar el pueblo y a sus padres por un futuro incierto en Madrid, su padre había tratado de explicarle.

–       Verás Mauricio, mi abuelo se encuentra aquí- acaricia la amplia espalda de su padre que a pesar de los años no había perdido corpulencia- en la fortaleza y fuerza de tu propio abuelo. También aquí- su mano se deslizaba ahora por la despejada frente del anciano- en la sabiduría que posee. Y también está aquí- la mano libre reposa sobre el corazón de Mauricio- porque no me cabe duda de serás tan bueno y noble como lo fue él.

–       ¿Y no está contigo papá?

–       Claro que sí hijo.- envolvió con su abrazo a ambos, tres generaciones que por fin se reúnen en torno a un mismo hogar, había tenido que pasar años, pero ahora, se prometió el padre, lo harían más a menudo- Mientras vosotros no me abandonéis, el abuelo Tomás siempre estará conmigo.

Dolores Leis Parra

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